taringueros, les dejo, unas ilustraciones, explicadas, de las necesidades que tenemos y que suelen ser rechazadas socialmente, tomarlo con humor...y la mas común y dificil al final... saludos!
ESPIAR A LA VECINA
Ilustración: María José Puyol
Texto: Isidora Cousiño
Gabino vivía solo, muy solo. El departamento le daba una escasa panorámica: su ventana daba a otra, de momento deshabitada; pasaron seis meses antes de que ella, esa colorina de corte revoltoso, llegara. Cada mañana la veía paseándose en toalla luego de su ducha. No podía quitarle los ojos de encima. La veía cuando se cambiaba de ropa, cuando cantaba. Adoraba verla mirarse al espejo con actitud resignada, y su día se iluminaba al imaginar conversaciones en su habitación. Quería invitarla a salir. Quería conocerla, verla hacer todo eso frente a él. Pero no pasó mucho tiempo hasta que llevó compañía. A Gabino no le quedó más que cerrar su cortina; no quería mirarla. Lamentablemente no pudo dejar de escucharla.
COMER CON LA BOCA ABIERTA
Ilustración: Alfredo Cáceres
Texto: Francisco Ibáñez
Nunca entendió que comer con la boca abierta fuese mal visto. ¿Qué diferencia había entre la comida en el plato y en la boca? ¿Por qué podían los alimentos estar a la vista de todo el mundo en el uno, pero debían permanecer ocultos en la otra? De trabajo en trabajo, errante laboralmente, en todas partes fue mal mirado. Pero cuando se atragantó, ese fatídico día en el casino de la empresa, la falta de oxígeno lo iluminó. Mientras perdía el conocimiento, Jorge tuvo claro que el problema no era la comida. Lo criticaban por envidia. Masticando con la boca abierta, su premolar izquierdo de oro brillaba ante los demás. Fue lo último que pensó antes de morir asfixiado.
LEER EL DIARIO AJENO
Ilustración: Alfredo Cáceres
Texto: Francisca Morales
Nicasio no sabe cuánto cuesta el diario. Jamás ha pagado un centavo por comprarse el periódico, aunque tenga fotografías de chiquillas ligeras de ropa, o regale cupones de descuento para comida rápida. Reconoce que esto de vender helados en el transporte público le permite mantenerse al día con la actualidad nacional e internacional. Cuando las noticias son interesantes, prefiere no bajarse hasta terminar, e incluso ha dado vuelta la página del diario ajeno para terminar de leer. Evidentemente esto implica que su negocio de helados no es todo lo rentable que debería. Sin embargo, al final del día, se jacta de ser el hombre más informado del mundo
COMER EN EL SUPERMERCADO
lustración: Hernán Kirsten
Texto: Francisca Morales
La primera vez fue a sus tiernos cuatro años. Luego de una pataleta de proporciones, su madre le dio lo primero que encontró: unas galletas Museo que estaban en una góndola del pasillo 7B; las abrió y dejó que se las comiera. El envoltorio vacío quedaría luego entre las latas de conserva del 13C. Hoy, a sus 30 años, Violeta sabe que la única manera de disfrutar las galletas, chocolates y suflitos es comiéndoselos, a escondidas, en un supermercado. Lo mismo que el jamón serrano al vacío, el flan de chocolate, las almendras saladas y las castañas en almíbar. Siempre termina con el enjuague bucal, eso sí. La higiene es lo más importante.
ESCUCHAR CONVERSACIONES AJENAS
Ilustración: María José Puyol
Texto: Francisco Ibáñez
Jamás lo ha podido evitar. En su casa ya están acostumbrados, pero en hogares ajenos aún es incomprendida. Porque levantar por equivocación el auricular es una cosa, pero hacerlo deliberadamente, como Eduviges, es otra muy distinta. Eso es al menos lo que todos le dicen. Aún recuerda su primera vez: pasó a su madre un llamado de un amigo, y mantuvo –ya no recuerda si casual o intencionadamente– el teléfono descolgado. Cuando, desde la otra habitación, escuchó en silencio las indecorosas propuestas para esa noche, supo que nunca podría dejar de escuchar conversaciones ajenas. Respirar silenciosamente y no interrumpir, pese a las ganas, fue lo más difícil de lograr. Ahora que lo domina, el resto es sólo disfrute.
Y LA MADRE DE TODAS:
SACARSE LOS MOCOS
Ilustración: Alberto Montt
Texto: Francisco Ibáñez
Los primeros recuerdos de niñez son de su madre, gritándole: “sácate ese dedo de la nariz”. Pero Eulogio no podía. Nunca pudo. Estaba el tema de su patológica aversión a los pañuelos, claro, pero esto iba más allá. Escarbarse la nariz, sacarse los mocos, derechamente le daba placer. Las burlas de los demás niños –recuerdo imborrable de su infancia– no surtieron efecto. Nunca le incomodó ser llamado “Eulogio el mocoso”. Tampoco funcionaron los años de terapia; los incontables mocos pegados aún bajo el diván de su psiquiatra así lo demuestran. Hoy, con buena parte de su vida recorrida, al fin lo aceptó: lo suyo es pura y simple vocación.
Gracias por los comentarios
Otros Post:
ESPIAR A LA VECINA
Ilustración: María José Puyol
Texto: Isidora Cousiño
Gabino vivía solo, muy solo. El departamento le daba una escasa panorámica: su ventana daba a otra, de momento deshabitada; pasaron seis meses antes de que ella, esa colorina de corte revoltoso, llegara. Cada mañana la veía paseándose en toalla luego de su ducha. No podía quitarle los ojos de encima. La veía cuando se cambiaba de ropa, cuando cantaba. Adoraba verla mirarse al espejo con actitud resignada, y su día se iluminaba al imaginar conversaciones en su habitación. Quería invitarla a salir. Quería conocerla, verla hacer todo eso frente a él. Pero no pasó mucho tiempo hasta que llevó compañía. A Gabino no le quedó más que cerrar su cortina; no quería mirarla. Lamentablemente no pudo dejar de escucharla.
COMER CON LA BOCA ABIERTA
Ilustración: Alfredo Cáceres
Texto: Francisco Ibáñez
Nunca entendió que comer con la boca abierta fuese mal visto. ¿Qué diferencia había entre la comida en el plato y en la boca? ¿Por qué podían los alimentos estar a la vista de todo el mundo en el uno, pero debían permanecer ocultos en la otra? De trabajo en trabajo, errante laboralmente, en todas partes fue mal mirado. Pero cuando se atragantó, ese fatídico día en el casino de la empresa, la falta de oxígeno lo iluminó. Mientras perdía el conocimiento, Jorge tuvo claro que el problema no era la comida. Lo criticaban por envidia. Masticando con la boca abierta, su premolar izquierdo de oro brillaba ante los demás. Fue lo último que pensó antes de morir asfixiado.
LEER EL DIARIO AJENO
Ilustración: Alfredo Cáceres
Texto: Francisca Morales
Nicasio no sabe cuánto cuesta el diario. Jamás ha pagado un centavo por comprarse el periódico, aunque tenga fotografías de chiquillas ligeras de ropa, o regale cupones de descuento para comida rápida. Reconoce que esto de vender helados en el transporte público le permite mantenerse al día con la actualidad nacional e internacional. Cuando las noticias son interesantes, prefiere no bajarse hasta terminar, e incluso ha dado vuelta la página del diario ajeno para terminar de leer. Evidentemente esto implica que su negocio de helados no es todo lo rentable que debería. Sin embargo, al final del día, se jacta de ser el hombre más informado del mundo
COMER EN EL SUPERMERCADO
lustración: Hernán Kirsten
Texto: Francisca Morales
La primera vez fue a sus tiernos cuatro años. Luego de una pataleta de proporciones, su madre le dio lo primero que encontró: unas galletas Museo que estaban en una góndola del pasillo 7B; las abrió y dejó que se las comiera. El envoltorio vacío quedaría luego entre las latas de conserva del 13C. Hoy, a sus 30 años, Violeta sabe que la única manera de disfrutar las galletas, chocolates y suflitos es comiéndoselos, a escondidas, en un supermercado. Lo mismo que el jamón serrano al vacío, el flan de chocolate, las almendras saladas y las castañas en almíbar. Siempre termina con el enjuague bucal, eso sí. La higiene es lo más importante.
ESCUCHAR CONVERSACIONES AJENAS
Ilustración: María José Puyol
Texto: Francisco Ibáñez
Jamás lo ha podido evitar. En su casa ya están acostumbrados, pero en hogares ajenos aún es incomprendida. Porque levantar por equivocación el auricular es una cosa, pero hacerlo deliberadamente, como Eduviges, es otra muy distinta. Eso es al menos lo que todos le dicen. Aún recuerda su primera vez: pasó a su madre un llamado de un amigo, y mantuvo –ya no recuerda si casual o intencionadamente– el teléfono descolgado. Cuando, desde la otra habitación, escuchó en silencio las indecorosas propuestas para esa noche, supo que nunca podría dejar de escuchar conversaciones ajenas. Respirar silenciosamente y no interrumpir, pese a las ganas, fue lo más difícil de lograr. Ahora que lo domina, el resto es sólo disfrute.
Y LA MADRE DE TODAS:
SACARSE LOS MOCOS
Ilustración: Alberto Montt
Texto: Francisco Ibáñez
Los primeros recuerdos de niñez son de su madre, gritándole: “sácate ese dedo de la nariz”. Pero Eulogio no podía. Nunca pudo. Estaba el tema de su patológica aversión a los pañuelos, claro, pero esto iba más allá. Escarbarse la nariz, sacarse los mocos, derechamente le daba placer. Las burlas de los demás niños –recuerdo imborrable de su infancia– no surtieron efecto. Nunca le incomodó ser llamado “Eulogio el mocoso”. Tampoco funcionaron los años de terapia; los incontables mocos pegados aún bajo el diván de su psiquiatra así lo demuestran. Hoy, con buena parte de su vida recorrida, al fin lo aceptó: lo suyo es pura y simple vocación.
Gracias por los comentarios
Otros Post: