Hacia comienzos del siglo XIX, en el condado inglés de Speenhamland, situado en zona industrial donde el liberalismo manchesteriano producía sus efectos más crueles, los bajos salarios pagados a los proletarios amenazaron con matarlos de hambre: la paga diaria no les alcanzaba, a veces, ni para comprar pan para sí y sus familias.
Los cristianos concejales de Speenhamland, movidos por sentimientos de solidaridad y caridad, dictaron la siguiente resolución: “cada vez que el salario diario no alcance a un obrero para sustentarse, el municipio le otorgará un subsidio en la cantidad necesaria para que pueda comprar alimento para su familia”. Los empresarios creyeron estar escuchando música celestial: ¡nada podía haber sonado mejor en sus oídos! Acto seguido, procedieron a bajar todavía más los salarios que pagaban, confortados con la seguridad de que el municipio proveería para que sus obreros no se murieran de hambre y hubiera suficiente mano de obra vigorosa para trabajar.
Comenzó el municipio a pagar los subsidios, pero como éstos eran cada vez mayores y más numerosos, tuvo que alzar grandemente los impuestos cobrados a los empresarios. Lo cual trajo por consecuencia que muchos de éstos quebraran y pasaran a engrosar el número de los que necesitaban subsidio municipal. Al cabo de poco tiempo, la situación de la economía en Speenhamland era desastrosa: enormes masas de cesantes que, habiendo tenido que desalojar sus casas por arriendos impagos, fueron albergados en inmensos barracones donde comenzaron a llevar una vida de promiscuidad y de ocio, en espera de la comida municipal cotidiana; fábricas arruinadas; escasez.
Los liberales ingleses que contemplaban este espectáculo estaban atónitos por su buena suerte: he aquí que se les presentaba, gratis, un magnífico ejemplo de que, cada vez que en nombre de la moral cristiana se interfiere con la economía, ésta se venga ferozmente creando situaciones mucho peores que las primeras de que se partió. La moraleja, que los liberales ya conocían de memoria, recibió una nueva, aleccionadora y espléndida confirmación: “no meta su cristiana y solidaria mano en la economía, porque no hará sino empeorar infinitamente las cosas”. Y los teóricos adujeron, con nuevo vigor, que la economía se autorregula; que la moral, por tanto, no necesita -ni debe- regularla desde afuera; que cuando esto último pasa, queda asegurada la ruina de ambas.
El problema es que en Speenhamland los concejales actuaron movidos por motivos correctos, pero con la mayor impericia económica y legislativa. Fueron laicos muy cristianos y muy buenos, pero necios, incompetentes y torpes: lo que debieran haber hecho fue dictar una ley prudente, bien pensada, que no pudiera ser burlada y que produjera el efecto deseado y no otro.
Surgen estos recuerdos y reflexiones a propósito del tema de la subcontratación. Algunos quisieran ver a la Iglesia y la moral cristianas mudas y marginadas del tema: “la economía - dicen- o se autorregula o se arruina”.
Pretenden lo que los liberales han pretendido siempre: excluir la moral cristiana de las relaciones económicas (ojalá de toda la vida humana).
La solución no consiste en silenciar en este terreno el mensaje evangélico, que se refiere a toda la vida del hombre, incluida su vida económica, ni pretender que la Iglesia enmudezca frente a la injusticia; la solución está en que los laicos católicos sean inteligentes, imaginativos y prudentes en la aplicación de las normas de la moral. La Iglesia debe proclamar los principios; los laicos deben aplicarlos a las situaciones concretas según su competencia profesional y su inteligencia adecuadamente entrenada.
Gracias Por La Atencion.