EN CHERNOBIL EL MAYOR DESASTRE NUCLEAR DE LA HISTORIA
En Ucrania, a unos 100 kilómetros al norte de Kiev el 26 de abril de 1986 a la 1:23 hs. de (Moscú) el rector numero 4 de la central nuclear de Chernobyl sufre el mayor accidente nuclear conocido en su tipo hasta el presente.
Solo 90 minutos después de haberse decidido reducir paulatinamente la potencia de generación para iniciar un test en el circuito refrigerador del reactor 4 una suma de circunstancias atribuibles a fallas en los sistemas de control, la riesgosa desactivación del sistema de seguridad que supuestamente requeria el test y la ineficaz actuación de los operadores ante la emergencia desatan la catástrofe.
A solo 2 minutos de haberse iniciado una incontrolada generación de vapor en el núcleo del reactor este queda fuera de control, superando en 100 veces los máximos admitidos; estallan por sobrepresion los conductos de alimentacion y la coraza protectora de grafito del núcleo produciendose un pavoroso incendio, y la expulsión al exterior de 8 toneladas de combustible radiactivo entre ellos radioisotopos de iodo I131 y de cesio, estos ultimos con un periodo de desintegracion promedio de 30 años, tras una doble explosión que destruye una parte del techo de la planta.
Las consecuencias de la catástrofe afectan a un área con casi 5 millones de habitantes, contaminando el 23% de la superficie de la vecina Bielorusia, partes de Rusia y Ucrania y algunas regiones de Polonia, República Checa y Alemania. Las brigadas especializadas enfrentan la heroica tarea de sofocar los incendios y neutralizar el nucleo del reactor arrojando toneladas de quimicos y arena desde los helicopteros. Al menos 30 de sus integrantes mueren por niveles de exposición letal. Durante los siguientes meses otros liquidadores adicionales en un numero que en total se estima en 600.000 entre militares, tecnicos y voluntarios trabajan en la construccion de un sarcofago de concreto para sellar las fugas y reducir la contaminacion en las adyacencias expuestos a altas radiaciones.
ACA UN VIDEITO
AHORA HABLA UN SOBREVIVIENTE DE CHERNOBYL
En mi país ya nadie quiere tener hijos por miedo a cómo puedan nacer. Nos transformamos así en un país que no tiene futuro. Veo lo que pasa en Japón y pienso en lo mismo: el país del futuro se va a detener en el pasado, como nosotros”, se lamenta hoy Ludmila Panasetska (49). El 26 de abril de 1986, ella vivía en la ciudad de Pripyat, en Ucrania, en la frontera con Bielorrusia. Embarazada de ocho meses, se había acostado en el sillón a ver la televisión. Estaba casi dormida cuando a la 1.20, una gran explosión sacudió su casa. Fue la noche en que su vida dejó de ser como hasta entonces. La noche en que explotó Chernobyl.
“No sabíamos bien qué pasaba hasta que a Dimitri, mi marido, que trabajaba en los ferrocarriles estatales, lo convocaron para formar parte de los ‘liquidadores’”, relata la mujer. Con ese nombre escalofriante se bautizó a los miles de hombres que fueron a los pueblos más afectados para enterrar metales y evacuar ancianos.
“Nos daban ropa de tela, como la de los médicos que van a un quirófano. La mayoría de los que participaron de esos grupos terminaron seriamente enfermos. Pero peor la pasaron los bomberos, que a los pocos días estaban muertos”, explica Dimitri.
No sólo los bomberos corrieron una suerte trágica. El padre y la madre de Dimitri, la vecina de al lado, los amigos del barrio. La lista no terminaba y los casos de cáncer se conocían todos los días. Tumores de hígado, en los pulmones, en la cabeza y luego enfermedades sin diagnóstico que también mataban.
Dimitri estaba enfermo de la garganta y le aparecieron unas manchas en la piel. Hasta que un día también le tocó a Ludmila y al hijo que tenían los dos. Ella andaba cansada todo el tiempo, le temblaban las manos y se agitaba. Pasaron los años y los tratamientos, pero sus estados de salud no mejoraban.
“Teníamos que hacer algo y decidimos ir al lugar más lejos que hubiera, donde pudiésemos intentar curarnos. Allá seguíamos en contacto con lugares que tenían radicación. Vinimos hacia Argentina en 1999, vendimos lo poco que teníamos y aterrizamos en Ezeiza. Desde entonces que intentamos ganarnos la vida como podemos. Dimitri trabajó en un restorán y yo, a pesar de estar jubilada por lo que me pasó, trabajo de modista en casa. El cansancio se me fue y todos mejoramos. A Dimitri le daban muy malos pronósticos y acá está mucho mejor que antes”.
Olga Sakovich (48) toca el piano y escucha el violín de uno de sus alumnos. Dice que estos días fueron muy especiales para ella. Las imágenes de la gente corriendo con barbijos y recibiendo agua en botellas le hicieron acordar mucho a la “crisis de abril”. Ella es otra de las ucranianas que vivían cerca de la central nuclear y que ahora está en la Argentina. “Convivimos con un enorme monstruo que no se escucha ni se ve pero que de a poco se siente en el cuerpo”, relata.
Cuenta que su padre era un ingeniero comunista que a los tres meses de la explosión fue conminado a ir a construir el “sarcófago” que tapó la fuga de la planta de Chernobyl. Todos los días iba y venía de la zona con más radiación y, según explica Olga, por eso él y muchos de sus familiares se enfermaron y murieron.
Olga tiene dos hijas, que también nacieron con síntomas provocados por la radiación. Vera la más chica, no tenía flora intestinal, por lo tanto creció comiendo manzana rallada, té, arroz y tomando medicamentos. Recién en Buenos Aires, a los meses de llegar, su cuadro cambió: “Un día vino Vera y me dijo: ‘Mamá, me comí una banana y no me duele la panza’. Fuimos al médico y nos dijo que se había curado, que su intestino estaba bien”.
El día que pasó la nube y la lluvia todo cambió. Las enfermedades llegaron y no se fueron más. A 60 kilómetros de Kiev, la capital de Ucrania, Tatyana Kachanova (57) caminaba por las calles bajo ese agua, cuando sintió que las heridas que tenía en la cara y las manos le ardían. “Volví a casa y me miré en un espejo. Tenía en las heridas un color como el de la remolacha. Yo había dejado todo desenchufado y el monitor de la computadora y la televisión estaban como encendidos. Fue cuando entendí que vivíamos en medio de la radiación”.
El esposo de Tatyana había trabajado con energía nuclear en excavaciones de petróleo y guardaba un medidor de radiación. “Ese aparato nos salvó la vida. Se lo pasábamos a la comida, la ropa, el agua y hasta los lugares donde íbamos. Así logramos atenuar los efectos”, explica junto a sus dos hijos y su marido en su casa de Longchamps.
[size=24]La mayor catástrofe nuclear civil de la historia fue ocultada por el gobierno soviético[/size]
En Ucrania, a unos 100 kilómetros al norte de Kiev el 26 de abril de 1986 a la 1:23 hs. de (Moscú) el rector numero 4 de la central nuclear de Chernobyl sufre el mayor accidente nuclear conocido en su tipo hasta el presente.
Solo 90 minutos después de haberse decidido reducir paulatinamente la potencia de generación para iniciar un test en el circuito refrigerador del reactor 4 una suma de circunstancias atribuibles a fallas en los sistemas de control, la riesgosa desactivación del sistema de seguridad que supuestamente requeria el test y la ineficaz actuación de los operadores ante la emergencia desatan la catástrofe.
A solo 2 minutos de haberse iniciado una incontrolada generación de vapor en el núcleo del reactor este queda fuera de control, superando en 100 veces los máximos admitidos; estallan por sobrepresion los conductos de alimentacion y la coraza protectora de grafito del núcleo produciendose un pavoroso incendio, y la expulsión al exterior de 8 toneladas de combustible radiactivo entre ellos radioisotopos de iodo I131 y de cesio, estos ultimos con un periodo de desintegracion promedio de 30 años, tras una doble explosión que destruye una parte del techo de la planta.
Las consecuencias de la catástrofe afectan a un área con casi 5 millones de habitantes, contaminando el 23% de la superficie de la vecina Bielorusia, partes de Rusia y Ucrania y algunas regiones de Polonia, República Checa y Alemania. Las brigadas especializadas enfrentan la heroica tarea de sofocar los incendios y neutralizar el nucleo del reactor arrojando toneladas de quimicos y arena desde los helicopteros. Al menos 30 de sus integrantes mueren por niveles de exposición letal. Durante los siguientes meses otros liquidadores adicionales en un numero que en total se estima en 600.000 entre militares, tecnicos y voluntarios trabajan en la construccion de un sarcofago de concreto para sellar las fugas y reducir la contaminacion en las adyacencias expuestos a altas radiaciones.
ACA UN VIDEITO
AHORA HABLA UN SOBREVIVIENTE DE CHERNOBYL
En mi país ya nadie quiere tener hijos por miedo a cómo puedan nacer. Nos transformamos así en un país que no tiene futuro. Veo lo que pasa en Japón y pienso en lo mismo: el país del futuro se va a detener en el pasado, como nosotros”, se lamenta hoy Ludmila Panasetska (49). El 26 de abril de 1986, ella vivía en la ciudad de Pripyat, en Ucrania, en la frontera con Bielorrusia. Embarazada de ocho meses, se había acostado en el sillón a ver la televisión. Estaba casi dormida cuando a la 1.20, una gran explosión sacudió su casa. Fue la noche en que su vida dejó de ser como hasta entonces. La noche en que explotó Chernobyl.
“No sabíamos bien qué pasaba hasta que a Dimitri, mi marido, que trabajaba en los ferrocarriles estatales, lo convocaron para formar parte de los ‘liquidadores’”, relata la mujer. Con ese nombre escalofriante se bautizó a los miles de hombres que fueron a los pueblos más afectados para enterrar metales y evacuar ancianos.
“Nos daban ropa de tela, como la de los médicos que van a un quirófano. La mayoría de los que participaron de esos grupos terminaron seriamente enfermos. Pero peor la pasaron los bomberos, que a los pocos días estaban muertos”, explica Dimitri.
No sólo los bomberos corrieron una suerte trágica. El padre y la madre de Dimitri, la vecina de al lado, los amigos del barrio. La lista no terminaba y los casos de cáncer se conocían todos los días. Tumores de hígado, en los pulmones, en la cabeza y luego enfermedades sin diagnóstico que también mataban.
Dimitri estaba enfermo de la garganta y le aparecieron unas manchas en la piel. Hasta que un día también le tocó a Ludmila y al hijo que tenían los dos. Ella andaba cansada todo el tiempo, le temblaban las manos y se agitaba. Pasaron los años y los tratamientos, pero sus estados de salud no mejoraban.
“Teníamos que hacer algo y decidimos ir al lugar más lejos que hubiera, donde pudiésemos intentar curarnos. Allá seguíamos en contacto con lugares que tenían radicación. Vinimos hacia Argentina en 1999, vendimos lo poco que teníamos y aterrizamos en Ezeiza. Desde entonces que intentamos ganarnos la vida como podemos. Dimitri trabajó en un restorán y yo, a pesar de estar jubilada por lo que me pasó, trabajo de modista en casa. El cansancio se me fue y todos mejoramos. A Dimitri le daban muy malos pronósticos y acá está mucho mejor que antes”.
Olga Sakovich (48) toca el piano y escucha el violín de uno de sus alumnos. Dice que estos días fueron muy especiales para ella. Las imágenes de la gente corriendo con barbijos y recibiendo agua en botellas le hicieron acordar mucho a la “crisis de abril”. Ella es otra de las ucranianas que vivían cerca de la central nuclear y que ahora está en la Argentina. “Convivimos con un enorme monstruo que no se escucha ni se ve pero que de a poco se siente en el cuerpo”, relata.
Cuenta que su padre era un ingeniero comunista que a los tres meses de la explosión fue conminado a ir a construir el “sarcófago” que tapó la fuga de la planta de Chernobyl. Todos los días iba y venía de la zona con más radiación y, según explica Olga, por eso él y muchos de sus familiares se enfermaron y murieron.
Olga tiene dos hijas, que también nacieron con síntomas provocados por la radiación. Vera la más chica, no tenía flora intestinal, por lo tanto creció comiendo manzana rallada, té, arroz y tomando medicamentos. Recién en Buenos Aires, a los meses de llegar, su cuadro cambió: “Un día vino Vera y me dijo: ‘Mamá, me comí una banana y no me duele la panza’. Fuimos al médico y nos dijo que se había curado, que su intestino estaba bien”.
El día que pasó la nube y la lluvia todo cambió. Las enfermedades llegaron y no se fueron más. A 60 kilómetros de Kiev, la capital de Ucrania, Tatyana Kachanova (57) caminaba por las calles bajo ese agua, cuando sintió que las heridas que tenía en la cara y las manos le ardían. “Volví a casa y me miré en un espejo. Tenía en las heridas un color como el de la remolacha. Yo había dejado todo desenchufado y el monitor de la computadora y la televisión estaban como encendidos. Fue cuando entendí que vivíamos en medio de la radiación”.
El esposo de Tatyana había trabajado con energía nuclear en excavaciones de petróleo y guardaba un medidor de radiación. “Ese aparato nos salvó la vida. Se lo pasábamos a la comida, la ropa, el agua y hasta los lugares donde íbamos. Así logramos atenuar los efectos”, explica junto a sus dos hijos y su marido en su casa de Longchamps.
[size=24]La mayor catástrofe nuclear civil de la historia fue ocultada por el gobierno soviético[/size]