Hablar bien no cuesta...
Durante el IV Congreso Internacional de la Lengua en Cartagena de Indias, Colombia, Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, afirmó: “En este congreso ha quedado claro que los latinoamericanos se han apropiado por primera vez del español”. Y sí, viejo, ¡¡ganamos por mayoría!!
Para meternos en tema, en esta tercera y última parte (Ver “Hablar bien...” 1ª y 2ª parte), vamos a compartir algunos datos que ilustran la cuestión: en el mundo hay unos 400 millones de hispanohablantes, nueve de cada diez son latinoamericanos, y se prevé que en el 2030 lleguen a 535 millones. Son 83.500 palabras las que constituyen el español y el 4,6 % de las páginas de Internet están en este idioma. Además, la RAE recibe alrededor de 200 consultas diarias.
Estos datos fueron publicados por el diario El País, en su edición on line del 21 de marzo de 2007, y nos invitan a la primera reflexión: ¿es posible mantener un idioma puro, tal y como fue concebido en su origen, cuando son 400 millones de personas, desperdigadas en 22 regiones, con usos y costumbres diferentes, quienes hablan ese idioma? Trataremos de dilucidar esta cuestión.
En primer lugar veamos qué dice la voz oficial. “El romance es la base, pero en cuanto la lengua empieza a andar incorpora elementos de otras hablas y se va enriqueciendo. Todas las lenguas son consecuencia de mestizajes. Y la mestiza por excelencia es el español”. Las palabras pertenecen nuevamente al director de la RAE, que fue consultado por este tema poco antes del comienzo del IV Congreso de la Lengua. Esta declaración, sin dudas, significa un guiño a favor de la heterogeneidad en nuestro lenguaje, y como se dijo al comienzo de este texto, de la Concha parece tener bastante clara la importante influencia de Latinoamérica en este sentido.
Como usted, querido lector, ya habrá notado leyendo las ediciones anteriores de esta trilogía, a mí me divierte mucho experimentar con el idioma. Y en esta oportunidad el ejercicio consiste en tratar de ver si sería posible ir de paseo por cualquiera de las 22 regiones de habla hispana –Latinoamérica, España, Filipinas y Estados Unidos,- y comunicarnos efectivamente. Es decir, hablando un perfecto argentino, ¿me podría hacer entender en cualquier parte? ¿Alcanzaría mi dominio del argentino para entender a todos mis hermanos iberoamericanos?
Si quienes buscaban cambiar la historia se hubiesen revelado
Para empezar este divertido ejercicio, me remití a la fuente, el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), y busqué unos cuantos términos cuyas definiciones copio a continuación:
bicho-bicho. m. Filip. Dulce hecho con masa frita bañado en almíbar y azúcar.
cachito. m. Ven. Panecillo salado en forma de cuerno o medialuna, relleno de jamón o queso.
cajeta. f. Am. Cen. y Mex. Dulce de leche de cabra, sumamente espeso.
f.C. Rica y Guat. Especie de turrón que puede tener diferentes formas y tamaños.
chacho. m. Col. Persona hábil, que sabe desenvolverse en ciertas situaciones.
endrogarse. prnl. Can. y Méx. Endeudarse (contraer deudas).
fifar. intr. coloq. Ven. Dicho de una cosa o de una persona: Dejar de funcionar.
ganga. f. P. Rico. Pandilla callejera de mala reputación.
pajero, ra. adj. El Salv. Mentiroso (que tiene costumbre de mentir).
pedorro, rra. f. coloq. Hond. Ametralladora (arma automática).
pifiar. tr. Bol., Chile, Ec. y Perú. Reprobar mediante silbidos.
pituto. m. coloq. Chile, Trabajo ocasional, económicamente conveniente, que se simultanea con uno estable y que carece de contrato oficial.
salado, da. adj. Am. Cen., Ant., Ec., Perú y Ven. Desafortunado (sin fortuna).
soquete. m. Chile y Guat. Portalámpara.
Y ahora lo mejor. Partimos en viaje imaginario por Latinoamérica y somos testigos de diálogos como estos:
-¡Me muero de ganas de comer cajeta!
-No seas pajero, si a ti no te gusta la cajeta. A ti te encanta el bicho-bicho.
-Álvarez, usted que es chacho, ¿por qué no se dedica a la política?
-Mire, lo he pensado, pero prefiero abstenerme. Para mí los políticos son una ganga.
-Señor García Belchunche, le hemos conseguido un pituto. Ya no deberá endrogarse más.
-Gracias, se lo agradezco. En estas condiciones ya no podía comprarme ni un cachito.
-El arquero de nuestro equipo es realmente salado.
-Es cierto, la afición no estuvo bien en pifiarlo.
-En mi casa estoy casi a oscuras, la lámpara de la sala ha fifado.
-Pues fíjate, quizás se haya roto el soquete.
-El otro día asaltaron la casa de mi vecino.
-¡Oh, qué desgracia! ¿Los malandrines estaban armados?
-Sí, uno llevaba pedorra.
El lector atento me podrá criticar la poca verosimilitud de los diálogos, sobre todo si se tiene en cuenta que para que estos fuesen posibles, los interlocutores deberían dominar la jerga de todas las regiones hispanohablantes. Sin embargo, yo me la he pasado de mil maravillas en este viaje y he llegado a la conclusión de que no basta con dominar bien el español argentino. ¡Nuestro idioma es bien chévere!
No es lo mismo dos tazas de té, que dos té tazas
Si quienes buscaban cambiar la historia se hubiesen revelado -en vez de rebelarse-, seríamos más místicos, o tendríamos muchas fotos pero pocos cambios. Si alguien tiene una taza de interés alta, será porque seguramente guarda su recipiente favorito para tomar la chocolatada en el estante más alto de su alacena. En cambio, si tiene una tasa de interés alta, probablemente se le complique pagar el crédito.
¿Qué pasaría si escribiéramos todo como se nos diera la gana? ¿Creen ustedes que sería efectiva la comunicación escrita? A mí me quedan grandes dudas. Sin embargo, uno de los más célebres escritores de nuestro tiempo, ganador incluso del premio Nobel de Literatura, se animó a objetar la necesidad de respetar las reglas ortográficas a rajatabla. Se trata del genial Gabriel García Márquez, que en la apertura del primer Congreso Internacional de la Lengua Española, en Zacatecas, México, propuso “jubilar la ortografía”.
“Me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”.
Si echamos un vistazo nuevamente a la voz oficial, nos encontramos con esta curiosa declaración del director de la RAE respecto de aquel episodio: “Lo de García Márquez fue un exabrupto. Pero tiene raíz pasional. Él dice que siempre tuvo problemas con la ortografía. Soy un testigo privilegiado de que es un escrupuloso y obsesivo corrector de cuanto escribe. ¡Un punto mal puesto le saca de quicio!”.
A la vista de estos testimonios, mi espíritu de experimentador me llevó a hacer otra prueba. Consiste en utilizar, en dos textos diferentes, las mismas letras, en el mismo orden, pero cambiando en uno y otro caso comas, puntos, signos, tildes y alguna que otra ese por ce. Y resultó lo siguiente:
“Portal italiano, a la izquierda, segunda escalera. Ahí es mi empleo. Trabajo derecho. Polvo me hace la espalda y las manos quedan a la miseria. A la moda no estoy, seguro. Pero me pagan bien. Planeo irme de casa, si no, se arma. A mamá la quiero, pero necesito intimidad. Un día disparo y chau. Me muero de ganas de decirles esta decisión difícil, espero poder. No es fácil. Ella me sigue cociendo la papa.”
“Por tal y tal, ¿y ano? Alá, izquierda, según da, es calera (Nota del Autor: cantera de donde se extrae piedra caliza). Ahí es mi empleo: traba. Joder, echo polvo. Me hace la espalda, ¿y las manos? ¿Qué dan a la miseria? ¿Álamo da? No estoy seguro. Pero me pagan, ¡bien! Planeo irme de caza, sí. No sé, armá a mamá. La quiero pero necesito intimidad. Un día disparó y chau, me muero. Dé ganas de decirles, ¿está? Decisión difícil: esperó poder. No, es fácil ella. ¡Me sigue cosiéndola, papá!”
Este divertido experimento, en suma con el anterior y las partes predecesoras de esta trilogía, me llevó a varias conclusiones. Una coma mal puesta, una tilde de más o de menos, una ese en el lugar de una ce, pueden modificar por completo el sentido de un texto. A muchos podrá parecerles engorroso esto de regirse por normas ortográficas, pero si buscan que su comunicación escrita sea efectiva, que quien lee interprete lo mismo que ustedes buscaron escribir, lo más aconsejable es estar atento a esas normas.
Por otro lado, en este recorrido por los distintos aspectos de nuestro lenguaje hemos visto que desde su origen ha ido evolucionado y enriqueciéndose, aunque en muchos casos, a costa de perversiones. Mi invitación, entonces, es a seguir cuidando el idioma, a aportarle cosas nuevas, sin degenerar las que ya existen, a disfrutar del español que, pese a las diferencias, nos conecta con 400 millones de personas.
Para terminar, me quedo con un chiste que siempre me hacían en España, que resume lo divertido que puede resultar desconocer la jerga propia de cada región. Allí se llama “salidos” a quienes están muy excitados sexualmente, lo que acá solemos llamar “alzados”. Y cada vez que yo preguntaba en algún sitio por la salida, me decían: “La gorda de al lado de la puerta”.
Durante el IV Congreso Internacional de la Lengua en Cartagena de Indias, Colombia, Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, afirmó: “En este congreso ha quedado claro que los latinoamericanos se han apropiado por primera vez del español”. Y sí, viejo, ¡¡ganamos por mayoría!!
Para meternos en tema, en esta tercera y última parte (Ver “Hablar bien...” 1ª y 2ª parte), vamos a compartir algunos datos que ilustran la cuestión: en el mundo hay unos 400 millones de hispanohablantes, nueve de cada diez son latinoamericanos, y se prevé que en el 2030 lleguen a 535 millones. Son 83.500 palabras las que constituyen el español y el 4,6 % de las páginas de Internet están en este idioma. Además, la RAE recibe alrededor de 200 consultas diarias.
Estos datos fueron publicados por el diario El País, en su edición on line del 21 de marzo de 2007, y nos invitan a la primera reflexión: ¿es posible mantener un idioma puro, tal y como fue concebido en su origen, cuando son 400 millones de personas, desperdigadas en 22 regiones, con usos y costumbres diferentes, quienes hablan ese idioma? Trataremos de dilucidar esta cuestión.
En primer lugar veamos qué dice la voz oficial. “El romance es la base, pero en cuanto la lengua empieza a andar incorpora elementos de otras hablas y se va enriqueciendo. Todas las lenguas son consecuencia de mestizajes. Y la mestiza por excelencia es el español”. Las palabras pertenecen nuevamente al director de la RAE, que fue consultado por este tema poco antes del comienzo del IV Congreso de la Lengua. Esta declaración, sin dudas, significa un guiño a favor de la heterogeneidad en nuestro lenguaje, y como se dijo al comienzo de este texto, de la Concha parece tener bastante clara la importante influencia de Latinoamérica en este sentido.
Como usted, querido lector, ya habrá notado leyendo las ediciones anteriores de esta trilogía, a mí me divierte mucho experimentar con el idioma. Y en esta oportunidad el ejercicio consiste en tratar de ver si sería posible ir de paseo por cualquiera de las 22 regiones de habla hispana –Latinoamérica, España, Filipinas y Estados Unidos,- y comunicarnos efectivamente. Es decir, hablando un perfecto argentino, ¿me podría hacer entender en cualquier parte? ¿Alcanzaría mi dominio del argentino para entender a todos mis hermanos iberoamericanos?
Si quienes buscaban cambiar la historia se hubiesen revelado
Para empezar este divertido ejercicio, me remití a la fuente, el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), y busqué unos cuantos términos cuyas definiciones copio a continuación:
bicho-bicho. m. Filip. Dulce hecho con masa frita bañado en almíbar y azúcar.
cachito. m. Ven. Panecillo salado en forma de cuerno o medialuna, relleno de jamón o queso.
cajeta. f. Am. Cen. y Mex. Dulce de leche de cabra, sumamente espeso.
f.C. Rica y Guat. Especie de turrón que puede tener diferentes formas y tamaños.
chacho. m. Col. Persona hábil, que sabe desenvolverse en ciertas situaciones.
endrogarse. prnl. Can. y Méx. Endeudarse (contraer deudas).
fifar. intr. coloq. Ven. Dicho de una cosa o de una persona: Dejar de funcionar.
ganga. f. P. Rico. Pandilla callejera de mala reputación.
pajero, ra. adj. El Salv. Mentiroso (que tiene costumbre de mentir).
pedorro, rra. f. coloq. Hond. Ametralladora (arma automática).
pifiar. tr. Bol., Chile, Ec. y Perú. Reprobar mediante silbidos.
pituto. m. coloq. Chile, Trabajo ocasional, económicamente conveniente, que se simultanea con uno estable y que carece de contrato oficial.
salado, da. adj. Am. Cen., Ant., Ec., Perú y Ven. Desafortunado (sin fortuna).
soquete. m. Chile y Guat. Portalámpara.
Y ahora lo mejor. Partimos en viaje imaginario por Latinoamérica y somos testigos de diálogos como estos:
-¡Me muero de ganas de comer cajeta!
-No seas pajero, si a ti no te gusta la cajeta. A ti te encanta el bicho-bicho.
-Álvarez, usted que es chacho, ¿por qué no se dedica a la política?
-Mire, lo he pensado, pero prefiero abstenerme. Para mí los políticos son una ganga.
-Señor García Belchunche, le hemos conseguido un pituto. Ya no deberá endrogarse más.
-Gracias, se lo agradezco. En estas condiciones ya no podía comprarme ni un cachito.
-El arquero de nuestro equipo es realmente salado.
-Es cierto, la afición no estuvo bien en pifiarlo.
-En mi casa estoy casi a oscuras, la lámpara de la sala ha fifado.
-Pues fíjate, quizás se haya roto el soquete.
-El otro día asaltaron la casa de mi vecino.
-¡Oh, qué desgracia! ¿Los malandrines estaban armados?
-Sí, uno llevaba pedorra.
El lector atento me podrá criticar la poca verosimilitud de los diálogos, sobre todo si se tiene en cuenta que para que estos fuesen posibles, los interlocutores deberían dominar la jerga de todas las regiones hispanohablantes. Sin embargo, yo me la he pasado de mil maravillas en este viaje y he llegado a la conclusión de que no basta con dominar bien el español argentino. ¡Nuestro idioma es bien chévere!
No es lo mismo dos tazas de té, que dos té tazas
Si quienes buscaban cambiar la historia se hubiesen revelado -en vez de rebelarse-, seríamos más místicos, o tendríamos muchas fotos pero pocos cambios. Si alguien tiene una taza de interés alta, será porque seguramente guarda su recipiente favorito para tomar la chocolatada en el estante más alto de su alacena. En cambio, si tiene una tasa de interés alta, probablemente se le complique pagar el crédito.
¿Qué pasaría si escribiéramos todo como se nos diera la gana? ¿Creen ustedes que sería efectiva la comunicación escrita? A mí me quedan grandes dudas. Sin embargo, uno de los más célebres escritores de nuestro tiempo, ganador incluso del premio Nobel de Literatura, se animó a objetar la necesidad de respetar las reglas ortográficas a rajatabla. Se trata del genial Gabriel García Márquez, que en la apertura del primer Congreso Internacional de la Lengua Española, en Zacatecas, México, propuso “jubilar la ortografía”.
“Me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”.
Si echamos un vistazo nuevamente a la voz oficial, nos encontramos con esta curiosa declaración del director de la RAE respecto de aquel episodio: “Lo de García Márquez fue un exabrupto. Pero tiene raíz pasional. Él dice que siempre tuvo problemas con la ortografía. Soy un testigo privilegiado de que es un escrupuloso y obsesivo corrector de cuanto escribe. ¡Un punto mal puesto le saca de quicio!”.
A la vista de estos testimonios, mi espíritu de experimentador me llevó a hacer otra prueba. Consiste en utilizar, en dos textos diferentes, las mismas letras, en el mismo orden, pero cambiando en uno y otro caso comas, puntos, signos, tildes y alguna que otra ese por ce. Y resultó lo siguiente:
“Portal italiano, a la izquierda, segunda escalera. Ahí es mi empleo. Trabajo derecho. Polvo me hace la espalda y las manos quedan a la miseria. A la moda no estoy, seguro. Pero me pagan bien. Planeo irme de casa, si no, se arma. A mamá la quiero, pero necesito intimidad. Un día disparo y chau. Me muero de ganas de decirles esta decisión difícil, espero poder. No es fácil. Ella me sigue cociendo la papa.”
“Por tal y tal, ¿y ano? Alá, izquierda, según da, es calera (Nota del Autor: cantera de donde se extrae piedra caliza). Ahí es mi empleo: traba. Joder, echo polvo. Me hace la espalda, ¿y las manos? ¿Qué dan a la miseria? ¿Álamo da? No estoy seguro. Pero me pagan, ¡bien! Planeo irme de caza, sí. No sé, armá a mamá. La quiero pero necesito intimidad. Un día disparó y chau, me muero. Dé ganas de decirles, ¿está? Decisión difícil: esperó poder. No, es fácil ella. ¡Me sigue cosiéndola, papá!”
Este divertido experimento, en suma con el anterior y las partes predecesoras de esta trilogía, me llevó a varias conclusiones. Una coma mal puesta, una tilde de más o de menos, una ese en el lugar de una ce, pueden modificar por completo el sentido de un texto. A muchos podrá parecerles engorroso esto de regirse por normas ortográficas, pero si buscan que su comunicación escrita sea efectiva, que quien lee interprete lo mismo que ustedes buscaron escribir, lo más aconsejable es estar atento a esas normas.
Por otro lado, en este recorrido por los distintos aspectos de nuestro lenguaje hemos visto que desde su origen ha ido evolucionado y enriqueciéndose, aunque en muchos casos, a costa de perversiones. Mi invitación, entonces, es a seguir cuidando el idioma, a aportarle cosas nuevas, sin degenerar las que ya existen, a disfrutar del español que, pese a las diferencias, nos conecta con 400 millones de personas.
Para terminar, me quedo con un chiste que siempre me hacían en España, que resume lo divertido que puede resultar desconocer la jerga propia de cada región. Allí se llama “salidos” a quienes están muy excitados sexualmente, lo que acá solemos llamar “alzados”. Y cada vez que yo preguntaba en algún sitio por la salida, me decían: “La gorda de al lado de la puerta”.