Luana se dividía entre Pituca y Matías. La primera, una perra vagabunda que recibía atenciones de hija, era su locura: dormía en la cama, comía en la mesa, tenía su duchita de mano para ella sola. Matías, el novio, la odiaba. Los fines de semana, en el departamento de Matías, a Luana se le oprimía el corazón pensando en la perra de la casa. -Si te vas a poner así, es mejor que te vayas-, decía él. Un día, creyendo que había encontrado la solución, Luana compró un frasco de veneno y ella misma le aplicó la inyección a Pituca. La pobre murió sin chistar. Enseguida fue a la casa de Matías y derramó la otra mitad del frasco en el jugo de naranja. El tampoco se dio cuenta de que estaba muerto. Al volver a casa estacionó el auto en medio de un viaducto y se tiró de lo alto. Ahora estaremos juntos –pensó-. Pero desgraciadamente ni la muerte los reunió, porque el paraíso de los animales es uno, el de los novios que mueren asesinados es otro y el paraíso de los que no pueden unir dos amores diferentes es un tercero, bien cerca del infierno. Ivana Arruda Leite, de la serie de microrrelatos Broches Fuente: "Transcripción del libro Terriblemente Felices".
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