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Habanos - Un poco de Historia

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Historia
El tabaco es una planta originaria de América del Sur, y aunque no es posible precisar con total exactitud el momento en que llegó a la mayor de las Antillas, sí puede afirmarse que esto ocurrió entre dos mil o tres mil años antes de Nuestra Era.
Para los aborígenes constituía una medicina milagrosa, el elemento imprescindible de las ceremonias religiosas, políticas y sociales, formaba parte de su agricultura, en fin, era su compañero inseparable.
El encuentro de las dos culturas descubrió al mundo esta planta que proporciona una forma superior de placer físico y espiritual. Muy temprano, en el viejo continente se desencadenó una verdadera pasión por la solanácea y, como era de esperar, fue en España donde ganó más adeptos la costumbre de fumar... y fueron también los españoles los primeros en sufrir terribles castigos por tal causa.
La furia se extendió luego a Persia, Japón, Turquía y Rusia, donde se establecieron las más crueles puniciones. Curiosamente, a la par de su prohibición ganaba terreno su empleo con fines medicinales.
El 11 de abril de 1717 el rey Felipe V dispuso el monopolio real del tabaco cultivado en Cuba, decisión que ha pasado a la historia con el nombre de "Estanco del Tabaco", a causa del cual murieron honestos vegueros, que se opusieron a tan onerosa ley.
Este período restringido duró hasta el 23 de junio de 1817, cuando por Real Decreto se derogó el estanco, medida que permitió el libre comercio entre la Isla y el mundo conocido, siempre a través de puertos españoles.
Su cultivo era ocupación exclusiva de hombres libres. La rudeza de la producción azucarera se avenía con la labor esclava, pero a la planta del tabaco, según dijo José Martí, hay que tratarla como si fuera una delicada dama. Esto fue posible gracias a los inmigrantes de las Islas Canarias, que dieron origen al campesinado cubano.
El siglo XIX señaló la reafirmación final de la producción tabacalera en la Antilla mayor. Baste decir que en 1859 había cerca de 10 000 vegas, y en la capital unas 1 300 fábricas. Cuba inició el siglo XX en condiciones muy precarias, como consecuencia de las recientes guerras por la independencia.

Cultivo
El archipiélago cubano está muy cerca del Trópico de Cáncer. Con una humedad relativa del 79% y una temperatura media anual de 25 grados Centígrados, recibe un régimen de lluvias que favorece particularmente a las regiones occidentales, donde se encuentra la cuna del mejor tabaco del mundo.
Pero a ese clima tan especial hay que añadir las insuperables características del suelo de Cuba: composición química y propiedades agrícolas distinguen muy bien a las zonas tabacaleras por excelencia. Sin embargo, estas bondades naturales no son suficientes: la experiencia y el cuidado de sus trabajadores en cada uno de los muchos pasos que contempla la creación de un Habano, son también las claves de su éxito.
El proceso del cultivo comienza en el semillero, área donde se depositan las semillas con las condiciones óptimas para su germinación y posterior desarrollo hasta que estén en posibilidad de ser trasladadas al campo. Allí permanecen alrededor de 40 días. A partir de octubre se realiza, por etapas, la siembra de las posturas. La recolección abarca un período que se extiende desde los 45 hasta los 80 días a partir de la fecha de plantación.
Luego, el tabaco se traslada a los lugares de ensarte para el posterior proceso de desecación y fermentación. En las escogidas -centros de gran importancia económica y social- hábiles manos, generalmente femeninas, con suavidad y delicadeza seleccionan,
clasifican y benefician cada hoja recolectada en el campo.

Produccion
En la fábrica se despegan y rocían con agua las hojas destinadas a la capa que durante su procesamiento han perdido humedad y se han tornado frágiles. Posteriormente, los rezagadores de capas realizan su clasificación por tamaño y color.
Con las manos mojadas frotan, estiran, planchan y examinan cada una. A continuación seleccionan entre 18y 20 clases de hojas de tabacos, destinadas a la preciosa envoltura del Habano.
El oficio culminante es el de torcedor. Sobre su mesa o tabla coloca media hoja de capote. Después toma entre sus manos diferentes tipos de hojas y las envuelve. Para revestir el tabaco alisa la capa, corta las orillas con la chaveta y procede a envolverlo.
El Habano, ya casi terminado, es acariciado por delicadas manos. Pasa el plano de la chaveta para lograr un acabado perfecto, y coloca la perilla en el extremo que irá a los labios del fumador.
Seguidamente, sitúa el tabaco en una pequeña guillotina horizontal y lo corta por el extremo opuesto a la boquilla, según la longitud deseada.
Una vez comprobada la forma y el tamaño idóneos, los Habanos se amarran suavemente con una cinta en grupos de 50, y así pasan a la cámara de fumigación al vacío donde son inmunizados contra plagas.
Entonces se les coloca en escaparates o armarios especiales durante tres semanas, hasta perder el exceso de humedad. Con posterioridad pasan al departamento de clasificación y envase, también conocido popularmente como escogida. Por último se procede al anillado.
El grupo encargado del control de la calidad selecciona muestras de la tarea de cada torcedor, con el fin de chequear tamaño, figura, apariencia, textura y grosor. Si los Habanos no cumplen las estrictas normas establecidas son rechazados. Esto es algo muy serio para los torcedores, a quienes se les remunera según su productividad.

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