Del cuadro que soy hincha
No es dificil de adivinarlo,
Yo lo hice desde chico
Cuando comenze a amarlo.
No se si por su gente
O tal vez por sus colores,
Solo se que yo lo cuido
Como el mejor de mis amores.
Solo hace falta mirar al cielo
Para darce cuenta de su grandeza,
El celeste inmaculado con el
Blanco de su pureza.
Sentimientos es la palabra
Que muchos quieren expresar.
Sentimiento es lo nuestro
Y nadie lo puede igualar.
Alzen sus copas conmigo,
Quiero brindar y desarles salud,
Y por ultimo decirles amigos,
Que soy hincha fanatico,
Del Glorioso Racing Club.
El cielo y la amargura
Tarde de domingo, nubosa y de pesada humedad. Calles angostas y una multitud caminando rumbo a su propia Meca dominical.
Un colorido espectacular se entremezcla con el gris celestial que impone un horizonte por demás apagado.
Cemento húmedo, viejas escaleras, construcción remodelada a los años cincuenta, increíblemente habilitada para la práctica del deporte pasión de multitudes.
El festejo fue incrementando su poderío en forma proporcional al paso del tiempo, una ciudad vivía la fiesta del clásico barrial.
La presentación de media ciudad en un lado y la otra vereda opuesta, justo enfrente.
Una fiesta total y las luces de la tarde caían junto a la espesa niebla que cubría totalmente el sol.
Gritos y voces por doquier, cánticos, estribillos, gente saltando, torsos desnudos y una infinidad de banderas agitadas al aire, como presagio de lo interminable de la fiesta.
Por momentos, el tiempo estancaba su paso como queriendo quedarse en el lugar elegido. Otras veces, la intensidad de luz apagaba la claridad del día.
En un preciso instante la maravillosa tarde de otoño, una luz roja se esgrimió desde el inmenso cielo enfocando la tribuna de enfrente, esa que quedó otra vez enmudecida.
La leyenda llama a esa impactante luz, amargura y dicha amargura se apoderó de todo un sector.
Mientras la otra falange, esa de la fe estoica en los funestos años de decadencia, esa decadencia que se hace inversamente proporcional al fanatismo, gozaba intacta su magia.
De un lado la leyenda se hacia presente. De enfrente, de este lado, la fiesta.
Y las nubes del cielo habían desaparecido.
Y el cielo, celeste y blanco.
No es dificil de adivinarlo,
Yo lo hice desde chico
Cuando comenze a amarlo.
No se si por su gente
O tal vez por sus colores,
Solo se que yo lo cuido
Como el mejor de mis amores.
Solo hace falta mirar al cielo
Para darce cuenta de su grandeza,
El celeste inmaculado con el
Blanco de su pureza.
Sentimientos es la palabra
Que muchos quieren expresar.
Sentimiento es lo nuestro
Y nadie lo puede igualar.
Alzen sus copas conmigo,
Quiero brindar y desarles salud,
Y por ultimo decirles amigos,
Que soy hincha fanatico,
Del Glorioso Racing Club.
El cielo y la amargura
Tarde de domingo, nubosa y de pesada humedad. Calles angostas y una multitud caminando rumbo a su propia Meca dominical.
Un colorido espectacular se entremezcla con el gris celestial que impone un horizonte por demás apagado.
Cemento húmedo, viejas escaleras, construcción remodelada a los años cincuenta, increíblemente habilitada para la práctica del deporte pasión de multitudes.
El festejo fue incrementando su poderío en forma proporcional al paso del tiempo, una ciudad vivía la fiesta del clásico barrial.
La presentación de media ciudad en un lado y la otra vereda opuesta, justo enfrente.
Una fiesta total y las luces de la tarde caían junto a la espesa niebla que cubría totalmente el sol.
Gritos y voces por doquier, cánticos, estribillos, gente saltando, torsos desnudos y una infinidad de banderas agitadas al aire, como presagio de lo interminable de la fiesta.
Por momentos, el tiempo estancaba su paso como queriendo quedarse en el lugar elegido. Otras veces, la intensidad de luz apagaba la claridad del día.
En un preciso instante la maravillosa tarde de otoño, una luz roja se esgrimió desde el inmenso cielo enfocando la tribuna de enfrente, esa que quedó otra vez enmudecida.
La leyenda llama a esa impactante luz, amargura y dicha amargura se apoderó de todo un sector.
Mientras la otra falange, esa de la fe estoica en los funestos años de decadencia, esa decadencia que se hace inversamente proporcional al fanatismo, gozaba intacta su magia.
De un lado la leyenda se hacia presente. De enfrente, de este lado, la fiesta.
Y las nubes del cielo habían desaparecido.
Y el cielo, celeste y blanco.