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Dios es solo un cuento chino


Dios no existe?




El doctor Hawking, catedrático emérito de matemáticas de la Universidad de Cambridge, bien conocido por su tarea divulgadora sobre todo a partir de su obra Una breve historia del tiempo, lanza un nuevo libro escrito con el físico Leonard Mlodinow, El gran diseño, que verá la luz la próxima semana en el Reino Unido.

El planteamiento promocional ha sido lanzado a bombo y platillo, centrado en una cuestión que siempre generará interés y polémica: La existencia de Dios. Debo decir que no tengo ni idea del contenido, limitación que pienso corregir cuando la obra esté disponible, y por consiguiente esta reflexión se limita a lo aparecido en los medios de comunicación.

Según el scope del editorial, el eje del libro radica no tanto en negar la existencia de Dios como en declarar su no necesidad. Hay que decir que los razonamientos que aporta son de lo más trillado y superficial. Conociendo la obra de Hawking seguro que su texto es mucho más rico en contenido y matices que lo escrito y divulgado ahora para vender libros, utilizando la siempre rentable vía de la polémica sobre grandes cuestiones.



El planteamiento de fondo que se hace es que la existencia de determinadas cualidades por parte del universo, el de la gravitación es citada explícitamente, permite la creación desde la nada. Ésta es una cuestión que utilizando el lenguaje corriente conduce a un callejón sin salida, porque uno no entiende si no es a través de un acto de fe que de la 'nada' pueda salir algo.

Pero la cuestión es más compleja y puede tener más sentido cuando es expresada en formalizaciones de carácter matemático, incomprensibles para la casi totalidad de la población del mundo. Que pueda expresarse en estos términos no significa que deban ser ciertas, simplemente que requieren un lenguaje específico basado en un hipótesis indemostrable hoy. Todo esto ya introduce una primera consideración que, con independencia de la mayor o menor fortuna del contenido del libro, sí creo que puedo formular.

Nos encontraríamos ante un planteamiento cuyo contenido lingüístico, en aquellos términos matemáticos, sólo estaría al alcance de unos pocos. Además, de estos pocos sólo tendría sentido para aquellos que aceptasen determinadas hipótesis, por consiguiente, aceptarlo exigiría una fe ciega por parte de los excluidos de aquella capacidad de conocimiento. Es decir la casi totalidad de las gentes. Se formaría así una 'religión' de creyentes con una fe absolutamente cerrada a cualquier otra experiencia que no sea la palabra de alguno de estos nuevos 'profetas'. Un ateo puede argumentar que esto es exactamente lo que sucede con la religión, la católica, pongamos por caso. Hay que decir que quien así piensa se encuentra bajo un grave error.

El hecho religioso significa la posibilidad directa, personal, intransferible en muchos casos, de la experiencia de Dios, de la percepción de un ser inefable pero al que podemos llegar por una vía y vida interior. El grado superior de esta experiencia son los grandes místicos. Pero, a una escala menor, es experimentada y vivida por millones de personas.

La religión es una fuente de conocimiento de la realidad en todas sus dimensiones que no pasa por la adquisición de grandes conocimientos reglados. No es necesario ser especialista, ni tan siquiera titulado en nada. Es una posibilidad tan democrática que está al alcance de necios y 'borderline'. Ahí está Dios también para ellos. Es otra forma de percibir la realidad. De aquí que todo un amplio sector del mundo científico, como Francisco de Ayala, planteen que la ciencia y Dios pertenecen a dos planos distintos, que no quiere decir independientes, pero que poseen normas de conocimiento, de acceso, distintas. Sería lo mismo que intentar describir la emoción que uno puede sentir ante una poesía, contemplando la belleza de una puesta de sol extraordinaria, o describiendo las sensaciones que uno percibe en términos de variación de la frecuencia de onda. Nos parecería un absurdo, y lo sería.


El hecho religioso, en especial la experiencia cristiana, aunque no únicamente ella, es radicalmente democrático porque permite la participación de cada individuo concreto en esta realidad trascendente que llamamos Dios. En la cosmogonía de Hawking o de Richard Dawkins tal posibilidad no existe. Solamente hay una súper elite, unos grandes sumos sacerdotes, que utilizan un lenguaje incomprensible y que transmiten la verdad al pueblo llano que no tiene ninguna posibilidad real de verificarla a través de su experiencia. Cambian los contenidos, pero el método a pesar que se presente revestido de ciencia -que pierde su sentido cuando pasa de referirse a los medios para tratar de los fines- nos devuelve a los tiempos más oscuros y mágicos de las supersticiones religiosas. La pretensión científica puede resultar terriblemente oscura para el ser humano cuando su naturaleza es desvirtuada y trata de convertirse en religión (o en ética) explicando el origen y fin del ser humano.
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