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La pelota sí se mancha

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Argentina es uno de los países más reconocidos en materia futbolística. Esto es debido a la gran producción de jugadores que se destacan en el plano nacional e internacional. Pero lamentablemente, desde mediados de los ’80 nuestro país es también célebre en el exterior por una serie de grupos violentos y organizados que, surgidos del fútbol, han extendido su red de acción a otros ámbitos de la sociedad.
Son las llamadas Barras bravas, o por pedido de un juez federal desde fines de los ’90, “hinchas caracterizados”.

Pero, ¿qué es realmente una barrabrava?
En sus inicios, la barrabrava se ocupaba de organizar los cantos y el aliento del equipo en la tribuna, llevar las banderas, mantener el orden y proteger al hincha común de algún punga de ocasión. Eran fácilmente identificables ya que se ubicaban en el medio de la popular y desde ahí, mediante gritos y bombos, hacían funcionar el coro; y en casos extremos; si había que aguantar, aguantaban (en la jerga futbolística, “aguantar” es sinónimo de “confrontar” o “pelear”).


A partir de qué momento los barras dejan de ser hinchas pintorescos para convertirse en algo más siniestro, dudo que alguien pueda decirlo con certeza. Puedo suponer que algún dirigente del pasado, con más ambiciones que escrúpulos, en algún momento advirtió la cohesión y organización de estos grupos, y mediante favores y privilegios comenzó a utilizarlos para su provecho.
Es así que sin previo aviso, en los últimos 20 años nació y creció el monstruo que es en la actualidad el talón de Aquiles del fútbol argentino.

En el año 2007 de nuestro señor, las barras son célebres protagonistas de la actualidad nacional y noticia en la mayoría de los fines de semana. Sus actos ya no se producen sólo en los estadios de fútbol, si no que participan activamente en disturbios políticos o sindicales. Y responden a intereses mucho más complejos que el simple amor por los colores.
Sus enfrentamientos han pasado de ser batallas pugilísticas para convertirse en guerras con palos, piedras, cuchillos y aunque parezca mentira, hasta armas de guerra.


Hacen y reciben favores de encumbrados dirigentes, viajan al exterior con todo pago, respaldan o voltean por encargo técnicos y jugadores, dirimen elecciones, extorsionan, trafican, destruyen, roban y matan. Todo por dinero, por poder, o por ambas cosas.
Sus jefes han dejado de ser personajes ligados a la clandestinidad para convertirse en famosos casi farandulescos. Ocupan cargos políticos y puestos de confianza, son invitados a fiestas top y eventos de caridad y se desenvuelven con naturalidad en ámbitos negados a cualquier muchacho de barrio.

Hoy sabemos más de la vida de Rafael Di Zeo, Adrián Rousseau o los hermanos Schlenker que del pobre René Favaloro. Mientras en la tribuna firman autógrafos y se sacan fotos con los chicos como si fueran jugadores, en privado organizan los tours y la reventa de entradas, amenazan y extorsionan dirigentes y jugadores, presionan y contratan sicarios para quitar del medio los escollos que puedan amenazar sus intereses.


Manejar una barrabrava es un gran negocio; y es por eso que en su seno se producen luchas cada vez más feroces por el poder. Se puede decir que el sistema de gobierno es tipo monárquico; a rey muerto, rey puesto. El ascenso de un nuevo jefe se produce luego del derrocamiento, encarcelamiento, o alejamiento “voluntario” del anterior. Y el cargo generalmente es tomado por algún lugarteniente que tras arduos años de trabajo y subordinación, ha minado la resistencia e imagen del “jefe” entre sus semejantes para poder dar el zarpazo con seguridad. Porque un intento fallido de amotinamiento se paga con el destierro, o en peores casos, con la vida.


Quien ocupe la cima de la pirámide debe reunir una serie de cualidades que lo conviertan en un elemento importante y peligroso para amigos y enemigos.
Haber demostrado su valía y ferocidad en las tribunas y en los enfrentamientos contra rivales y policías para ganarse el respeto de los demás miembros.
Ser generoso en el reparto de los beneficios entre sus subordinados, para evitar ataques de avaricia; respetando los escalafones y delegando los negocios menores. Es sabido que el que parte y reparte…


Formar alianzas y pactos con dirigentes, políticos, policías y hasta barras rivales para engrosar sus ingresos, cubrir sus espaldas, y evitar enfrentamientos innecesarios que puedan minar su poder e influencia.
En otras palabras, un líder debe ser inteligente, ambicioso, inescrupuloso, generoso, violento y muy hábil para mantenerse por un largo periodo al frente de la barrabrava.
En la actualidad, las barras actúan con impunidad ante la mirada atónita de la sociedad, contando con la pasividad de la policía y la justicia, la complicidad del mundo del fútbol y la protección de los políticos.


Es absurdo pensar que cualquier tipo que concurre asiduamente a una cancha pueda identificar sin dudar a la mayoría de los integrantes de la barra de su equipo; y que la justicia malgaste dinero, tecnología y recursos para llegar al mismo resultado.
Resulta increíble ver que toda persona que arriva a un estadio debe pasar por tres o cuatro controles policiales, descartar encendedores, botellas de gaseosa, o cualquier pertenencia que pueda ser considerada objeto contundente, soportar demoras, empujones y maltratos mientras la barra entra en tropel, sin entradas y atropellando policías, molinetes, controles del club y todo aquello que ose cruzarse en su camino.


Es gracioso saber que el comité de seguridad redujo la capacidad de las tribunas visitantes a la mitad con la excusa de evitar enfrentamientos, cuando es obvio que los que se quedan afuera son las personas normales que le tienen miedo a la violencia y que no pueden conseguir las entradas por derecha. Porque 2.500 visitantes son menos que 5000; pero 25.000 locales siguen siendo 25.000.

Es triste, lamentable y patético ver como nuestro fútbol, espectáculo único en el mundo por el que los turistas pagan fortunas para participar, discrimina domingo a domingo cada vez más al hincha de esencia, el que le da su equipo en cada partido más de lo que su equipo le da a él, con medidas imposibles y estúpidas obliga a la persona de bien a quedarse en su casa y escuchar el partido por radio, o los que pueden pagar el codificado, otro gran negocio del momento.


El fútbol como espectáculo está pasando por su hora más crítica. Aunque desde la AFA con su cultura del “todo pasa” quieran hacernos creer que toman medidas ejemplificadoras para modificar esta terrible actualidad, la realidad dista y mucho de ser alentadora.


Creo que ninguna de las posibles soluciones que se ofrecen desde los distintos ámbitos es viable, ni definitiva. Supongo que un proyecto serio a largo plazo y una concientización general pueden hacer que en el futuro nuestros nietos puedan ir con sus nietos a la cancha sin miedo. Como persona, domingo a domingo me veo obligado a elegir entre mi seguridad y las ganas de ver en la cancha a mi equipo, y esto cercena mi libertad.


Tal vez es el momento de que nosotros, quienes amamos el fútbol y su folklore, quienes más sufrimos y gozamos por una camiseta, tomemos conciencia de que esto así no puede seguir. No sé si la solución es dejar de ir a la cancha, porque sin gente el fútbol se muere y se termina el negocio, o esperar algo trascendental de las autoridades. Por lo pronto estaría bueno empezar por tratar de no seguir el juego de las barras, de no cantar lo que piden ni de contagiarse con su porquería, de no apoyar sus actos vandálicos ni contribuir en sus negocios. Todos estamos involucrados y todos tenemos una parte de culpa. Y asumirla ya es un paso. Porque el fútbol está enfermo; y a pesar de lo que diga Maradona, la pelota ya esta manchada; y de sangre.



No quiero forobardo pero no se como bloquear los comentarios , que alguno diga o lo haga
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