mi tostadora me quiere matar
La actitud de la gente hacia la tecnología es paradójica, e injusta. Si no se piensa en ella, parece un regalo del cielo, un componente indispensable de la calidad de vida (la luz eléctrica, automóviles, las PCs). Pero al darle un espacio en nuestra mente la demonizamos. Le atribuimos una especie de vida paralela, generalmente encarnada en una máquina malévola que sonríe en la oscuridad.
Stanley Kubrik (1928-1999) entendió muy bien este mito en 2001: una odisea espacial y dotó a HAL 9000, la computadora reflexiva y asesina, de un salón donde los pensamientos eran luces rojas que se encendía y apagaban. Cuando se le asocia una voluntad propia, la ciencia aplicada termina siendo un villano (usted sabe, en vez de la vacuna contra el Polio, Frankenstein). A lo mejor es una forma atávica de cómo el humano se sueña poderoso.
Mas en el fondo, esta tendencia revela que la tecnología es expresión directa de la voluntad del ser humano. Es una extensión de sus propias capacidades físicas y mentales, que evolucionan fuera del cuerpo.
El murciélago tiene un radar en su minúsculo cerebro, el ser humano lo construye y lanza satélites que hacen rebotar las ondas por todo el planeta. Al murciélago le toma millones de años, el humano no tiene más remedio (guerras mundiales, ambición económica) que construirlo en apenas un siglo.
De acuerdo con esta lógica, un cerebro del tamaño de una patilla ("sandía" en otros países) podría esperarse dentro de cientos o miles de años, pero actualmente no hay tiempo que esperar y por eso hemos llegado a las computadoras: a los circuitos integrados actuales más los programas y las redes, que procesan millardos de datos en segundos y generan documentos, sostienen fotografías, sacan cuentas, se comunican al otro lado del globo, buscan en diccionarios... mientras nosotros podemos estar incluso en otros asuntos.
Internet potencia las capacidades de acceso y transmisión de datos (por no decir información) y extiende así capacidades comunicacionales que, junto al teléfono, estaban reservadas a los medios masivos.
A esto se suma otro impacto: nuestro propio hogar. Incluso la humilde tostadora tendrá el día de mañana un microchip, e igual así la nevera o el aparato que sustituirá el televisor actual. Al tener esos pequeños circuitos de silicio, los electrodomésticos se pueden conectar a una computadora, a una red local o a Internet, a través de protocolos y tecnologías.
¿Para qué? Bueno, en principio para saber -al pasar frente al automercado- si nos falta queso o refrescos en la nevera. Llamamos por teléfono móvil al artefacto y recibimos un informe de inventario. O para que un aire acondicionado se encienda quince minutos antes que lleguemos.
Los profetas de la "domótica" (automatización doméstica) predicen lavadoras o aspiradoras que llamarán a sus servicios técnicos en caso de mal funcionamiento y se repararán desde lejos o con personal que va al lugar con la información precisa de qué hacer (y los repuestos). Otros, claro, no son tan optimistas y ven en estos avances oportunidades para la invasión de la privacida, el control gubernamental y la dependencia excesiva en lo automatizado.
Las implicaciones, pues, son muy amplias: el hogar de los Supersónicos, pero también el Hermano Mayor de George Orwell y, tal vez, toda la imaginería maquiavélica de la ficción científica, Fritz Lang incluido. Por los momentos, no pierda el sueño, que lo máximo que puede hacer su tostadora es quemarle el pan.