La lucha por el poder hace que los hombres pierdan los papeles. La cabeza también. Y la vida. La historia puede darnos cientos de ejemplos. Cuando el poder se conquista, el hombre se transforma y hasta llega a creerse que es imprescindible, que todo lo hace por la patria. Ellos son la patria. Eso piensa, en su frenético afán por demostrar que son los que mandan…
En Venezuela, el triunfo de los partidarios de los que quieren que Hugo Sánchez se presente a un próximo mandato, intentan poner al presidente, más allá de cualquier poder terrenal y encumbrarlo hasta los altares, en el imaginario popular. Hugo Chávez se cree el salvador de la patria y no ha ahorrado ningún esfuerzo en perseguir el poder con uñas y dientes, saltándose a la torera, las formas democráticas, aquellas que dicen que hay que limitar el poder, por periodos razonables.
Todo lo que no sea así, lleva a la corrupción. No sé quién dijo que el poder corrompe, pero el poder total, corrompe más. Y lleva a la dictadura ¿Qué persigue Hugo Chávez? ¿Acaso piensa que es el único venezolano capaz de llevar adelante lo que él llama la revolución bolivariana?
Algo debe tener el poder que los hombres se vuelven locos por conseguirlo. ¿Sabrá a melcocha? ¿Al dulce sabor del mango? ¿Tal vez al néctar que produce la caña de azúcar? ¿A un simple beso de la mujer amada?
Desde la Roma Imperial, el poder enloquece a los hombres, por muy justos que quieran ser. Para limitar el poder, se levantaron barreras. No se trata de dar clase de democracia, pero los inventores de la democracia, crearon las instituciones para el correcto funcionamiento de la sociedad.
¿Por qué ahora, viene un salvador de almas a vender sus virtudes, como infalibles?
El caso de Hugo Chávez no es único. En México Porfirio Díaz se creyó imprescindible y el hombre más justo para gobernar a su pueblo, convertido después, en masa amorfa, sin criterio, sin poder reclamar derechos, vendido al paternalismo del presidente de la república.
Venezuela ha tenido también su propio dictador, otro que se creyó imprescindible. También la República Dominicana o la Nicaragua de Anastacio Somoza. Guatemala, Perú, el Chile de Pinochet, la de los militares brasileños, la Bordaberri de Uruguay, o la Argentina de Videla. Cuba hizo una revolución y le dio los máximos poderes a Fidel Castro. Más de medio siglo después, la familia Castro dirige los destinos cubanos. ¿No había otras personas también preparadas?
Latinoamérica no es el único lugar del mundo donde algunos hombres se crean imprescindibles. En la Europa de nuestros días, hay países que permiten, por ser democracias parlamentarias. El inefable primer ministro italiano, Silvio Berlusconi se cree imprescindible. Se ha presentado como candidato varias veces y ha conseguido el poder. ¿De dónde sacaba sus fuerzas para reflexionar, pongamos por caso, que él era el hombre que necesitaba la república para generar bienestar al pueblo?
Limitados sus poderes constitucionales, en aras del equilibrio justo, incluso él, tan rico y enérgico, incluso tan fascio, pretendió ejercer todo su poder, ayudado por la Iglesia católica, para saltarse las trancas, para evitar la muerte digna de una joven sin esperanzas, tras casi 20 años vegetando en un lecho de hospital. Por encima de la voluntad de la joven, de su familia y de la ley, el imprescindible gobernante italiano quiso parar el proceso, al límite de entorpecer el libre ejercicio de otros poderes constitucionales. No pudo. Pero él sigue creyendo que es imprescindible para Italia.
En Rusia, Vladimir Putin ejerció su magia y carisma, para seguir en lo alto del poder, aunque le costara un peldaño, ser primer ministro. Eso era mejor que nada. Se creyó imprescindible. No sueltan el poder, ninguno de nuestros ejemplos, tan fácilmente. La Francia democrática, tan loada, propició en determinadas épocas, el incremento de los años de mandato. En Estados Unidos, se gobierna sólo cuatro años, con opción a otros cuatro, si vuelve a ser elegido por el pueblo, que en los últimos años, mostró fallos garrafales en su sistema electoral.
En el lejano Oriente y Asia, también hay muchos ejemplos de gente imprescindible. Ejercen como padre y como madre, ante su pueblo, que se deja querer, porque ése es el otro problema. Los pueblos se equivocan, también. Hitler llegó al poder, después de unas elecciones democráticas. Y ya sabemos cómo acabó aquella experiencia.
El mundo árabe no es la excepción, más bien al contrario, sus líderes están eternamente en el poder, soñando con ser inmortales. Gadafi, en Libia o Buteflika, en Argelina, son buenos ejemplos. ¿Qué le ven al poder, que desgasta tanto?
En México López Obrador, que ejerce como presidente legítimo de México, busca de nuevo ser candidato a presidente. ¡Kafkiano! ¿A qué jugamos? ¿Es o no es presidente? ¿La Constitución que rechazó, y a las instituciones que impugnó, le darán una nueva oportunidad? ¿Se imaginan a Felipe Calderón que un día se creyera imprescindible e intentara modificar la Constitución?
El ejemplo de Hugo Chávez es lamentable. Se hace la ley y se hace la trampa.
Lo dicho, los pueblos también se equivocan.
--¿Qué hora es? preguntará un día Hugo Chávez.
--La que usted quiera –le contestará su asistente.
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