Hipótesis que supone la existencia de un daimon o genio -entidad superior a los hombres- cuya finalidad es la de provocar el extravío y el engaño de éstos. Esta hipótesis no implica, en absoluto, la creencia en la existencia de tal entidad, sino que solamente se postula como medio para, llevando la suposición hasta el límite, extraer las consecuencias que se derivarían de ella. Descartes, en el proceso de su rigurosa duda metódica formula esta hipótesis para llegar a determinar qué puede creerse con certeza absoluta, incluso en el caso de que existiese realmente el hipotético genio maligno.
En este proceso, Descartes, para intentar hallar dicha verdad absolutamente indudable, duda metódica y sistemáticamente no sólo del conocimiento a veces engañoso de los sentidos, de los razonamientos, que a veces no son más que paralogismos o razonamientos aparentes de hecho falsos, de los enunciados analíticos, como son los de las matemáticas, que podemos hacer tanto despiertos como en sueños, sino también de la misma sensación de certeza, de la sensatez de la razón y hasta de la misma evidencia, esto es, de la propia conciencia: por ello sostiene que no es imposible que Dios le haya creado de modo que se equivoque cuando cree estar cierto, esto es que Dios sea «perverso»; o por lo menos es posible que exista un «genio maligno», artero, engañador, poderoso y astutísimo, que le obliga a tener por verdadero lo falso. El final del proceso se culmina con el descubrimiento de la certeza absoluta e indudable, según Descartes, que es la que se expone en su concepción del cogito: pienso, luego existo.
Les dejo un par de textos, son cortos, de Descartes sobre el tema, fuente de inspiración de los creadores de la saga Matrix
René Descartes: el «genio maligno»
Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios -que es fuente suprema de verdad-, sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mi mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre, sin sentido alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese pensamiento, y si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada.
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Meditaciones metafísicas, con objeciones y respuestas, Meditación primera (Alfaguara, Madrid 1977, p. 21).
René Descartes: superación de la «duda hiperbólica»
"Así, pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo. Pero, ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo, pues, ¿qué se sigue de eso? ¿soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra ni espíritu, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su astucia para burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu."
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Meditaciones metafísicas, con objeciones y respuestas, Meditación segunda (Alfaguara, Madrid 1977, p. 23-24).