InicioOfftopic¿Adónde han ido los adultos?


Pasé la última media hora intentando que el autito que me tocó en suerte en mi huevo de Pascuas atravesara el puente (una larga regla de madera) que une las dos montañas de libros. Hasta ahora vengo fracasando, pero luego de un receso haciendo cosas poco importantes (escribir esto, por ejemplo) volveré a intentarlo. Es escandaloso que seamos constantemente vencidos por la fuerza de gravedad, por las absurdas leyes del universo.

Una de las pilas de libros es más alta que la otra. Se supone que eso garantiza la trasparencia del proceso: si estuviesen a la misma altura, habría que empujar (y guiar) el autito un tramo del recorrido, para darle envión, y eso implicaría atentar contra las normas no explicitadas del desafío. Implicaría hacer trampas. Pero se pueden ensayar algunas variantes; por ejemplo, quitar algunos libros de una de las pilas para que el autito vaya más rápido y las chances de caerse por el precipicio sean menores (o así me lo me parece).

En eso estaba, cuando me entretuve hojeando uno de los libros que quité para darle velocidad al autito: Los latidos del mundo, una conversación entre los filósofos Alain Finkielkraut y Peter Sloterdijk, publicada en castellano el año pasado por Amorrortu y que hace unos días apareció en mi buzón de correo (una de las ventajas de ser un tipo exitoso, como yo, es que suelen aparecer libros en tu buzón de correo). A Sloterdijk, dice la contratapa del libro, se lo considera “una de las grandes figuras del pensamiento contemporáneo”, lo cual, debo confesar, no sabía, y estas conversaciones ―debo confesar también― no hacen mucho por convencerme de ello. Voy a esperar a que aparezcan más libros de Sloterdijk en mi buzón de correo y, entretanto, darle el beneficio de la duda.


Finkielkraut, en cambio, sí está en mi panteón personal de los grandes. Y si lo está, en primera instancia, es por uno de sus “libros de juventud”: La aventura a la vuelta de la esquina, escrito en colaboración con su colega Pascal Bruckner y publicado en 1979. Encontré ese libro en la biblioteca de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, cuando tenía 18 ó 19 años y revisaba los ficheros en la “s” de “situacionismo”; y la “d” de “Debord”. Durante los años siguientes quedé obnubilado por su tono y estilo intelectual: trataba una buena parte de los temas que me interesaban (las ciudades, las compras, el turismo, los viajes, el transporte, la inmigración, etc.) combinando un sólido conocimiento empírico y teórico con un lenguaje procaz que a cada rato dejaba mostrar sus costuras, su cinismo, su mueca irónica, sus hilachas. El periodista Dante Panzeri escribió que seriedad no significa acartonamiento, y La aventura a la vuelta de la esquina siempre me pareció el más acabado ejemplo de ello. Todavía hoy sigo riéndome de la pregunta: ¿Es revolucionario vuestro agujero del culo?


Pascal Bruckner, Alain Finkielkraut, ¿es revolucionario vuestro agujero del culo? En caso afirmativo, ¿de qué tendencia? ¿Miterrandista, roccardiano, eurocomunista, lacaniano, disidente? Ay, ay, no, el pequeño esfínter de los heterosexuales no es más que mierdoso pues al ser mayoritarios y normales no tenemos el privilegio de ninguna subversión.

La aventura a la vuelta de la esquina dio una nueva dimensión al pensamiento crítico de izquierda, a las hipótesis imposibles de Guy Debord o Henri Lefebvre, de los situacionistas y los surrealistas, sólo que pasados los años los intelectuales progresistas franceses (tan pacatos y obtusos como nuestros intelectuales progresistas locales) decretaron que eso no era izquierda festiva, sino derecha reaccionaria, y pronto los “nuevos filósofos” pasaron a ser conocidos como “la nueva derecha”. A Finkielkraut, incluso, se lo acusó muchas veces de racista, anti-liberal, anti-conservador y anti-humanista (aparentemente no hay contradicción al acusárselo de tantas cosas diferentes entre sí al mismo tiempo).

Lo que me llamó la atención de Latidos del mundo es el modo en que Finkielkraut mira su propio pasado (textual, si se quiere), cómo descubre una diferencia entre sus primeros libros (como La aventura…) y la producción que le siguió: “A partir de El judío imaginario, publicado en 1980, cambié de tono, me convertí en un escritor serio. Al tratar de hallar una expresión convincente para calificar la etapa anterior, sin duda quise enfatizar que no la desaprobaba en absoluto, que no la consideraba fútil, que seguía siendo solidario con ella aunque mi humor se hubiera vuelto más melancólico o más grave”.

Es interesante pensar qué quiere decir que, en determinado momento, el propio humor se vuelva más melancólico o más grave. En la historia textual que Finkielkraut está siguiendo, que está legitimando, en 1980, a los 31 años, cambió su tono: se volvió, dice, más melancólico. Más grave.



La afirmación de Finkielkraut puede tomarse literalmente, pero también puede considerarse como un movimiento más profundo que un simple cambio de formas: el paso textual (y retrospectivo) desde la juventud hacia la adultez.

Unos capítulos más adelante, en un apartado titulado “¿Adónde han ido los adultos?”, Finkielkraut le dice a Sloterdijk:


No detesto mi juventud, pero no sería mi conciencia adolescente, por cierto, aquello a lo que recurriría para hacer frente a las exigencias del ahora. El adolescente es el ser de la mirada clara, de la voz vibrante, del rostro grave, que sólo ve escándalos allí donde hay problemas o dilemas, y líneas rectas allí donde hay encrucijadas. Para él, a quien el egoísmo lo asquea, la política se confunde con la moral, y la propia moral se reduce a un combate con el Dragón. Sin embargo, las situaciones reales surgen más a menudo de la alternativa corneliana que de la venganza del conde de Montecristo, y la moral no es difícil porque opone al Bien y a la Bestia, sino que consiste, como dice Renaud Camus, en elegir o intentar una improbable síntesis entre un bien y otro bien. La democratización del lujo es un bien, pero al mismo tiempo lo es la preservación del mundo. La familia es un bien, así como la emancipación de las mujeres. El Estado benefactor y la cohesión nacional son bienes, pero la hospitalidad nos requiere igualmente… ¿A qué santo encomendarse? ¿Qué hacer cuando el deber da órdenes contradictorias o surge de varios lados a la vez? La adolescencia huye de ese rompecabezas ético en la abstracción exaltada de un universo de reemplazo, donde todo el sufrimiento de los hombres es producto de la política de los malvados. Salir de la adolescencia es, pues, ya no tener la necesidad de un sinvergüenza para encarnar la parte mala de la Historia: la gravedad juvenil deja lugar no a la frivolidad o al magisterio, por cierto, sino a la dificultad y a la pasión por comprender.

Ayer leía en el diario Perfil, bajo el título “El 76% de los argentinos va poco o nada a los cultos de su religión”, que si bien se respeta la tradición de la reunión familiar por las Pascuas, no ocurre lo mismo con la liturgia. El artículo decía que ―según una investigación del Conicet― la mayoría de los jóvenes ya no siguen la tradición, que aprovechan los días feriados para salir con sus amigos, comer huevos de chocolate, ir a la playa; que ya queda poco y nada del ritual de la abstinencia de carne, de la meditación, de la misa del domingo para celebrar la resurrección de Cristo. “Cuando hacemos entrevistas y grupos con jóvenes observamos, en relación a los festejos tradicionales, que existe una minoría de jóvenes que son creyentes y practicantes de la religión”, decía la directora de una “consultora especializada en investigación e innovación de tendencias”. Y otra directora de la misma consultora agregaba: “Comprobamos que los jóvenes tienen entre sus valores a la autenticidad y la experimentación, por lo que no festejar algo en lo que no creen es un signo de honestidad, de no falsedad, de respetar su ‘no creencia’ en una religión formal”.

La gravedad de la juventud ―están diciendo Finkielkraut y las directoras de la consultora de tendencias― convierte la encrucijada en línea recta, la autenticidad y la experimentación en moral, en una lucha entre buenos y malos, entre honestos y sinvergüenzas. Convierte el rompecabezas ético en abstracción exaltada.

“La época de la razón ―le dice Sloterdijk a Finkielkraut― sería finalmente la época de la complejidad. Complejidad tal vez sea el nombre epistemológico de lo trágico. Si usted habla del éxtasis de lo binario, esto designa el delirio creado por la simplificación abusiva”.

Hace ya muchos años, cuando pensaba que no festejar algo en lo que no creía era un signo de honestidad, estaba encantado de comer hamburguesas en los días de abstinencia, de denunciar a esa malvada institución que encarnaba la parte mala de la historia: “la Iglesia”, convertida en concepto, en abstracción, en mero género. Repetía las mismas sandeces que hoy asocio con la facilidad, con la falta de pasión por comprender: que el Papa vive en un palacio dorado, que las religiones son el opio de los pueblos, que por qué seguir tradiciones vetustas impartidas por poderosos, pederastas y villanos… Ahora, francamente, me parece que las cosas no son tan simples. Los problemas y los dilemas ya no me parecen escándalos. Ya no tengo esa mirada clara, ese rostro grave, esa voz vibrante. Es una parte importante, supongo, de convertirse en adulto.

Ese humor más melancólico, más grave, viene también de la distancia que uno establece con su propia juventud. Ya no me imagino comiendo hamburguesas en un día de ayuno sólo por mosquear a alguien; por el contrario, trataría (y trato) de respetar las creencias, convicciones o meras tradiciones de alguien más. No es que uno de repente se trague todo el discursillo de la tolerancia, la diversidad, los pajaritos y las florcitas, sino que entiende cuánto mejor puede ser buscar una síntesis entre un bien y otro bien, antes que especular con un mundo dividido entre amigos y enemigos, entre compañeros y traidores. Entiende cuánto más puede ganar. En lugar de la protesta fácil, la protesta adolescente (“¡ay, las Pascuas son una festividad mercantilizada que sólo sirve para vender huevos de chocolate!”), sencillamente puede sentarse en la mesa familiar, sonreír, masticar con la boca cerrada y disfrutarlo mientras lo tenga. Acaso ese humor melancólico, más grave, viene además de entender que ―como dice una canción punk― uno tiene algo que perder; que, cuando creía que ya había terminado de pagar sus deudas, mira al cielo, pregunta qué ha hecho y reza para que no sea demasiado tarde.

Claro que esto podría ser de otra manera y uno no debería prestarle demasiada atención a alguien que pasa el rato jugando con el autito de su huevo de Pascuas. Acaso haya que pasarse la vida refunfuñando y denunciando que el Papa vive en un castillo de oro mientras los negritos de África se mueren de hambre. Acaso esa apuesta juvenil sea lo correcto y no dar un paso atrás, mirar al cielo y rezar para que no sea demasiado tarde.

Afirmó Finkielkraut en la conversación con Sloterdijk: “Nuestro libro terminaba con una promesa cuyo tono casi escatológico ahora me avergüenza: ‘En verdad, todavía no hemos visto nada’. A edad me curó de la ontología lírica del aún-no-ser. La edad, es decir, no el endurecimiento del alma, sino su ampliación merced a los libros. Es la lectura la que me ha hecho envejecer, y el aprendiz de filósofo que sigo siendo le debe a los grandes novelistas la concepción de fenómeno humano no tanto como un problema que queda por resolver, sino como un enigma al que nunca dejamos de interrogar”.

La cuestión humana como enigma por interrogar antes que problema por resolver.

En verdad, todavía no hemos visto nada.


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