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Al diablo con los voluntarios y sus buenas intenciones

Offtopic4/22/2009



La palabra “voluntario” es imbatible. Más aún en la forma que adoptó en los últimos años: “voluntariado”, que refiere tanto a la acción como al plural del sujeto. Voluntariado: montones de voluntarios haciendo tareas voluntarias. Se oye fantástico. Exclamar “voluntariado” es casi tan noble como exclamar “ONG”. Ni que hablar si alguien dice: “Soy voluntario de una ONG”. Listo. Le brota una aureola en la cabeza por combustión espontánea.

Como persona básicamente cínica y miserable, impulsada sólo por la ambición y la codicia, nunca me llevé bien con la idea de “voluntariado” (leer despectivamente). Cuando algún docente anunciaba que había que preparar una lección para la próxima clase, y seguía el anuncio con la exultante pregunta: “¿Hay algún voluntario?”, yo no podía creer que existiesen personas tan estúpidas como para levantar la mano. ¡Levantaban la mano! Gritaban: “¡Yo, yo, yo!”. No lo entendía, y sigo sin entenderlo ahora. ¿Por qué alguien se ofrecería de voluntario para tener el doble de tarea? ¿Por qué hacer algo que uno no está obligado a hacer? ¿Por qué molestarse?

La mayor parte de las definiciones de “voluntariado” hablan de personas que trabajan en beneficio de otras personas sin estar motivadas por fines de lucro o intereses materiales. La palabra “altruista” y “humanidad” nunca faltan en estas definiciones. “Voluntarios” se llaman las personas abnegadas que construyen casas para los pobres, que se meten en la selva a curar a los enfermos, que enseñan a leer y escribir a los negritos africanos que tienen la desdicha de no ser comprados por nuestras celebridades de la música pop. Los voluntarios hacen las cosas que nadie más quiere hacer, y lo que es mejor: las hacen con una sonrisa y cobrando poco o nada.

Y encima, luego de ayudar a los desdichados, los voluntarios suelen escribir memorias donde relatan sus profundas vivencias de superación personal. O sea que no sólo dan una luz de esperanza material a los desdichados, sino que también iluminan el camino espiritual de nosotros los privilegiados, lindos y normales.

Al final del día, uno concluye que seguramente Dios no envió a su único hijo a sacrificarse por nosotros; seguro que Jesús se ofreció de voluntario.

DIOS: ¿Quién se ofrece de voluntario para llevar una vida miserable, ser traicionado por sus amigos y crucificado a los 33 años?

JESÚS: ¡Yo, yo, yo!


Hay muchas buenas razones para sostener que la tarea de los voluntarios es encomiable, pero también hay muchas otras buenas razones para sostener que el trabajo voluntario debería erradicarse de una buena vez del mercado laboral contemporáneo, como deberían erradicarse el trabajo esclavo, el trabajo infantil o el trabajo precario.

Esta crítica no es algo que yo me invente. Hace décadas que por cada voluntario hay alguien criticando a los voluntarios. En una conferencia ya clásica de 1968, dictada en México para felices voluntarios norteamericanos, el filósofo austríaco Ivan Illich señaló el aspecto profundamente paternalista y condescendiente del trabajo voluntario.

Hablando a los voluntarios, dijo que le impresionaba su hipocresía: unas vacaciones-misioneras entre los pobres mexicanos, excursiones benevolentes entre la miseria del sur de la frontera combinada con una ceguera de la pobreza de la propia casa.


La existencia de organizaciones como la suya es hoy ofensiva para México. Quiero hacer esta afirmación a fin de explicar por qué me enferma tanto y a fin de advertirles que las buenas intenciones no tienen mucho que ver con lo que estamos discutiendo aquí. ¡Al diablo con las buenas intenciones! Esta es una afirmación teológica. No ayudarán a nadie a causa de sus buenas intenciones. Hay un dicho irlandés que afirma que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones; esto resume la idea teológica misma.

El discurso de Illich, en 1968, no puede separarse de las luchas por la descolonización de la época, donde la “invasión benevolente a México” tiene una inevitable arista anticolonial. “No vengo aquí para debatir ―dijo Illich a los voluntarios norteamericanos―. Estoy acá para decirles, y de ser posible para convencerlos, y con suerte para detenerlos, de imponerse presuntuosamente sobre los mexicanos”.

El altruismo del trabajo voluntario, argumentó Illich, es una extensión de la ideología misionera cristiana, la transformación de la responsabilidad/obligación en una suerte de nobleza obliga que mantiene el status quo: un mundo con asistencialistas y asistidos, con dominantes y dominados que abren las manos a la caridad de los dominadores.


Supongamos que este verano van a un gueto norteamericano y tratan de ayudar a los pobres para que “se ayuden a sí mismos”. Muy pronto, o bien los van a escupir, o bien se les van reír en la cara. Las personas ofendidas por su esnobismo los van a golpear o escupir. Las personas que entienden que es su propia mala conciencia lo que los empuja a este gesto se reirán condescendientemente. Pronto van a advertir su irrelevancia entre los pobres, su estatus de estudiantes universitarios de clase media con una tarea de verano.

El trabajo de los voluntarios es autocomplaciente e irrelevante, les espetó Illich a los voluntarios. “Es increíblemente injusto que se impongan en un pueblo siendo tan sordos y tontos lingüísticamente que ni siquiera pueden entender qué están haciendo, o qué piensa la gente de ustedes. Y es profundamente dañino para ustedes mismos cuando definen algo que quieren hacer como un ‘bien’, un ‘sacrificio’ y una ‘ayuda’”.




Cuarenta años más tarde, las afirmaciones de Illich suenan a la vez extrañas y familiares. Los voluntarios tienen su “día internacional” cortesía de la UNESCO, brotan por doquier las Organizaciones No Gubernamentales que trabajan con “voluntarios”. Ya no sólo hay asociaciones de voluntarios, sino que hay asociaciones que nuclean a las asociaciones de voluntarios. Ser voluntario es más que una actividad que lava conciencias, rescata de la rutina, provee aventuras fundadas en la alteridad y otorga prestigio social; ser voluntario se convirtió en una forma concreta de insertarse en el mercado laboral a través de un empleo muchas veces agotador, sin resguardos legales y casi siempre en los límites (o por fuera) de las disposiciones jurídicas básicas.

“Voluntariado” es, en muchos casos, otra manera de llamar al trabajo en negro y a la explotación laboral de una franja etaria específica, la de los jóvenes. No hace falta ahondar demasiado en el mercado para comprobar cuántos veinteañeros con títulos universitarios, o a punto de conseguirlos, trabajan por $400 ó $500 en jornadas de 10 ó 12 horas, a las que se suman viajes, tareas para el hogar y demás asignaciones administrativas (no crean que ser "voluntario" implica montarse en el primer avión que salga a África; ser "voluntario" significa estar sentado en una oficina tratando de conseguir fondos para mantener esa oficina). No tienen prestaciones médicas, aportes jubilatorios, registros impositivos. Nada. Son “voluntarios”, pero en los papeles no hay mucha diferencia con un trabajador en negro.

El voluntariado se convirtió también en una forma barata, más o menos legal y bien vista de mantener esas verdaderas empresas que son las Asociaciones Civiles y las Organizaciones No Gubernamentales. Un profesional trabajando por $400 ó $500 mensuales es una ganga. Y mucho mejor cuando al voluntario no sólo no hay que pagarle un sueldo, sino que debe pagar por trabajar.

Por ejemplo, en la versión en inglés del sitio web de Responde, asociación que “promueve la recuperación de pueblos que se encuentran en riesgo de desaparición o en graves crisis”, aparecen impunemente las tarifas que los “voluntarios” extranjeros deben abonar para hacer su voluntariado en los pequeños pueblos donde Responde mantiene su monopolio. Señor voluntario: ¿quiere hacer voluntariado durante dos semanas en San Francisco, pueblito de la Provincia de Santa Fe? Son sólo U$S 350. ¿Tres semanas? U$S 475. ¿Un mes? U$S 575. ¿Quiere trabajar para nosotros durante un mes en Ñorquinco, Río Negro? Sólo deberá abonar U$S 725, más U$S 125 por semana adicional. Y la lista sigue. Por un promedio de U$S 600, cualquier chico de veinte años sin más merito que abonar el monto podrá trabajar como voluntario en un pueblito. No hace falta preparación, formación, nada de eso; sólo girar el cheque por adelantado.

Me pregunto por la dimensión ética, por así llamarla. ¿Alcanza con las buenas intenciones? ¿O deberíamos mandar las buenas intenciones al demonio? ¿Es ético que se monten empresas sobre la base de voluntarios que cobran $400 ó $500 mensuales, o que directamente pagan en dólares para trabajar? Supongo que se debe a que soy cínico y miserable, pero la aceptación del voluntariado como elemento estable del mercado laboral supone convertir en norma que unos pibitos de veinte años sin mayores calificaciones profesionales que sus buenas intenciones y sus chequeras universitarias se ocupen de las responsabilidades de bienestar social que deben ser garantizadas por las administraciones centrales. No necesitamos más voluntarios organizados por asociaciones que no rinden cuentas a nadie; necesitamos más profesionales organizados por el poder administrativo central. Magro consuelo que haya voluntarios allí donde hay un Estado ausente. Debemos insistir en que la administración central cumpla sus roles, no aceptar sus falencias y rellenar los huecos con más voluntariado, cada vez menos profesional, cada vez más explotado.

Hace cuarenta años, Illich terminó así su conferencia a los voluntarios extranjeros que esperaban lavar sus conciencias y aumentar sus curriculum en México: “Estoy aquí para implorarles que utilicen su dinero, su estatus y su educación para viajar por América Latina. Vengan a observar, vengan a escalar nuestras montañas, a disfrutar nuestras flores. Vengan a estudiar. Pero no vengan a ayudar”.


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