Aclarémoslo de una vez y para siempre: ese George Lucas es un delincuente. Las seis películas que componen la saga de La guerra de las galaxias (Star wars) son deprimentes: personajes sosos, diálogos llanos, climas tediosos, situaciones de cartón pintado. Una porquería, en serio. Hecho que no sería tan molesto si no fuese por el fervor obligado que acompañó a cada uno de los últimos tres estrenos, en 1999, 2002 y 2005.
Porquerías de películas las hay a montones, y algunas son tan malas que acaban siendo genialidades involuntarias, clásicos secretos o no tan secretos. Por ejemplo, The stuff (1985) de Larry Cohen, la dinamarquesa Reptilicus (1961) de Poul Bang y Sidney W. Pink, o la ya legendaria Plan 9 from outer space (1959) de Ed Wood. El problema no es que la saga de Star wars sea una bazofia; el problema es esa suerte de contrato tácito entre cientos de millones de personas para ignorar que esas películas son una bazofia. Supongo que sólo por haber conseguido semejante efecto, Lucas se merece cada uno de los billetes que estos filmes badulaques le hicieron ganar.
La sexta entrega de la serie y tercera en la cronología más bien dislocada del relato, Episodio III – La venganza de los Sith (Episode III - Revenge of the Sith), recaudó en su noche de estreno en Estados Unidos un poco más de 108 millones de dólares. Se vio a gente grande haciendo largas colas caracterizada como Darth Vader, peleando con sus espaditas-linterna de plástico brillante. Que el lado oscuro no nos tiente, exclamaban; que la fuerza te acompañe, agregaban. La noche del estreno ―dijo el comediante Jimmy Fallon en la ceremonia de los MTV Awards 2005― Internet se quedó sin usuarios porque todos los nerds se habían ido al cine. Y ninguno olvidó sus espaditas-linterna.
El inconveniente con Star wars está fundado en un malentendido: hacerle decir al texto cosas que en realidad no dice. La promulgación simbólica del derecho a ejercer este malentendido data de 1962, año en que el semiólogo italiano Umberto Eco publicó su libro Obra abierta, mucho antes de darle letra a un Sean Connery en sotana y ser número fijo en las listas de best-sellers. La idea era que toda obra está sometida a interpretación, que no es un documento cerrado sino un discurso abierto, que usted lo puede leer de una forma y yo de otra, que no hay significados literales, usos sociales acotados, desciframientos finales, verdades absolutas.
La recepción de libro fue desastrosa. Décadas después su autor continuaba lamentándose: a su obra abierta se la tomó como más abierta de lo que en realidad era. Los lectores se centraron en el aspecto “abierto” de la cosa, protestó Eco, olvidaron que el criterio de pertinencia es el texto y no las lecturas posibles del texto. Uno puede interpretar “El jardín de las delicias” de El Bosco como una alegoría de los tormentos humanos en plan proto-surrealista, y otro como una transgresión estética a la pintura renacentista mediante un revival medieval, pero difícilmente pueda interpretárselo como la receta para asar un pollo o como el plano para construir la cucha del perro. Y si sucede, siempre estará el texto para desmentir las interpretaciones inadmisibles.
Una obra puede decir muchas cosas, infinitas cosas, pero hay cosas que sencillamente no dice.
El mayor problema con la saga de Star wars es que cualquier explicación extra-fílmica está fuera de lugar. Siempre hay algún exacerbado dispuesto a ofrecernos enormes peroratas sobre “el mensaje” de la película, “el mensaje” que por más empeño que uno ponga apenas podrá encontrar en el producto (en caso de no morir de aburrimiento en el intento). La saga ha sido considerada una alegoría de los grandes mitos religiosos, una representación de la eterna lucha del bien contra el mal, una búsqueda mística en formato western-medieval-galáctico. A este mejunje krishna-budista-pop-new-age se sumó además, cuando George W. Bush estaba en pleno mandato, una lectura política: la ambición convierte repúblicas en imperios, democracias en dictaduras.
Está bien. Uno puede forzar el texto y hacerle decir todo eso. La cuestión reside en establecer si necesitamos el esfuerzo, si vale la pena ser partícipes de la voluntad colectiva de convertir estos productos tilingos en eventos culturales de época, sucesos periodizadores del que sólo los enajenados no quieren formar parte. Lo digo en serio. En la vorágine publicitaria del estreno del último film de la saga, hace ya cuatro años, fue casi heroico no sucumbir ante la tentación, no salir corriendo a las boleterías para aumentar la cuenta bancaria de Lucas.
Frente al bombardeo iconográfico uno se sentía un caballero quijotesco haciendo frente a los molinos de viento de la industria cinematográfica. Es decir, ¿uno se sentía un chiflado, un loco de remate, un desequilibrado incapaz de distinguir –diría el neurólogo Oliver Sacks– a su mujer de un sombrero?
Diablos, no.
Que por algo existen las obras abiertas.
En 2005 se conmemoró el IV centenario de la edición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, la obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra y ―reza la convención inapelable― de la lengua española. El revuelo publicitario fue tan grande como el de La guerra de las galaxias, y al parecer funcionó: una novela de 400 años se inmiscuyó entre los best-sellers, codo a codo con las aventuras del niño mago de J. K. Rowling y las intrigas religiosas de Dan Brown.
Las ventas de ediciones de todo tipo ―ilustradas, anotadas, abreviadas, aumentadas― se pusieron a la orden del día, pero Don Quijote continuó siendo sólo el tipo flacucho de espíritu indoblegable que arremete contra los molinos de viento.
El escritor Mario Vargas Llosa dijo que es un precursor del liberalismo; su colega José Saramago vio en él la imagen difusa del Che Guevara. Y la pregunta sería: ¿cómo llegaron a semejantes conclusiones? ¿En verdad leyeron el libro o sólo lo usaron para la pata coja del sillón?
Por más que uno lo lea del derecho o del revés, por arriba o por abajo, jamás encuentra semejante noción. El texto arremete contra sus intérpretes: Alonso Quijano es un demente, un loco, un pirado que despierta risa y no admiración. Podría correr el riesgo de transformarse en Robert De Niro en Taxi driver (1976), pero no, jamás pasa de Jim Carrey en Tonto y retonto (Dumb & dumber, 1994) o de Peter Sellers haciendo del inspector Jacques Clouseau. El pobre hombre no arremete contra los molinos de viento por su valentía, porque su alma heroica soslaya el resultado de una batalla perdida de antemano, porque son sus ideales los que guían la lanza de la justicia contra los gigantes de la iniquidad. Nada de eso. Arremete porque está más loco que una cabra y ve colosos donde hay molinos. Eso, les guste o no, es lo que dice el texto.
Las dos partes de Don Quijote son grandes libros (el primero se publicó en 1605, el segundo en 1615). Tienen todo lo que La guerra de las galaxias no tiene: diferentes registros literarios, una variada gama de voces, contrapuntos, versiones y reversiones de géneros, una clase magistral ―y por qué no, inaugural― de metadiscurso. Si los fanáticos de Star wars deben agregar contenido “desde afuera” para que su objeto de culto no se vea como la porquería que de hecho es, los cuatro siglos transcurridos desde su publicación muchas veces quitan protagonismo al libro de Cervantes. Los estudios podrían llenar bibliotecas enteras, los institutos cervantistas se multiplican, hay soberbia erudita, homenajes populares, fiebre quijotesca. Pero cuando todo lo demás falle, o cuando se vaya por las ramas interpretativas, el libro seguirá allí como mojón.
Hasta la publicación del libro de Cervantes, quijote (quixote) no era más que una pieza de la armadura destinada a cubrir el muslo de los caballeros (la primera referencia documentada es de 1593, pero ya se sabe con cuanto delay funcionan los diccionarios). Venía de cuxot, tomado del catalán cuixot, derivado de cuixa: ‘muslo’.
En el siglo XVII, luego de la publicación de la novela, decir “un Quijote” implicaba decir “un grandísimo loco”. En el capítulo II de la Segunda Parte, Don Quijote le pide a Sancho que le cuente qué dice la gente sobre él y sus aventuras.
“Dime, Sancho amigo, ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar, en qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se plática del asumpto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?”.
Sancho se ataja ante cualquier enojo y luego le suelta que sus aventuras ya están impresas en un libro, que el vulgo ―dice el escudero― “lo tiene a su merced por grandísimo loco y a mí por no menos mentecato”.
Para esos lectores ―los que leían el texto, los que leían el texto dentro del texto― estaba claro que la novela era una parodia de las novelas de caballería. Hacia fines del siglo XVIII esta lectura menguaba. La “parodia” dejó sitio a la “actualización de género” y el hidalgo pasó de loco rematado a héroe romántico. Aunque no fue un tránsito tan veloz como se supone. Los diccionarios del siglo XIX no mencionan ningún atributo heroico en el adjetivo “quijotesco”. El significado que se otorga en volúmenes como la 9º edición del Diccionario de la Lengua Castellana de la Real Academia Española, de 1843, o el Diccionario General Etimológico de la Lengua Española, de 1882, hablan de “acciones ridículamente serias”, de hombres “ridículamente serios y graves” (la palabra “ridículo” se repite), de defensores de “cosas que no le atañen”. Pero ya en el siglo XX ningún diccionario omitía que un quijote es “el hombre que pugna con las opiniones y los usos corrientes por excesivo amor a lo ideal” y que “hacer el quijote” es “luchar por ideales o causas que se tienen por nobles o justas”. Del pobre tipo chiflado como una cabra del que habla el libro de Cervantes ni noticias.
Teniendo un precedente tan ilustrativo, no sería extraño que en cuatrocientos años encontremos religiones enteras hablando sobre el lado oscuro de la fuerza, formando legiones de hombres creciditos con espadas de plástico brillante en mano. Las grandes religiones, al igual que las grandes tradiciones literarias o estéticas o políticas, comienzan y se sostienen de la misma manera: haciéndole decir al texto lo que uno quiere que diga.
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