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Los Pechos de Amanda Holden

Offtopic5/26/2009


Susan Boyle es esa señora gorda, fea y vieja que el mes pasado adquirió repentina notoriedad al presentarse en un programa de talentos de la televisión inglesa. Su video, además de reventar todas las marcas en YouTube, fue reproducido por los medios de todo el planeta con palabras de reconocimiento y gestos de aprobación. El triunfo de Susan Boyle es, en cierto modo, el triunfo del espíritu humano. Tiene tanto del “¡hazlo tú mismo!” del punk como del más puro sueño americano: “Con esfuerzo, trabajo y talento, tú puedes lograrlo. ¡No te rindas!”.

Hoy me entretuve leyendo su biografía en Wikipedia. Es casi tan completa como la de Mijaíl Gorbachov. De hecho, si uno fuese un marciano y tuviese que aprender sobre los usos terrícolas a través de Wikipedia, se convencería de que Susan Boyle es tan importante como Mijaíl Gorbachov. Posiblemente más. Gorbachov hizo cosas extraordinarias, pero uno muy pronto entiende que es un hombre extraordinario (al menos los marcianos entenderían que los terrícolas creen eso). Susan Boyle hizo algo extraordinario, pero su mérito se basa en que es una persona ordinaria. Más que eso: ordinaria y trivial. Un ser humano redundante, cuya vida y muerte pudieron habernos resultado completamente irrelevantes y superfluas, excepto que logró algo extraordinario: cantó una canción ñoña en un programa de talentos televisivo y demostró, una vez más, que si crees en Dios, y en ti mismo, lograrás lo que te propongas.

El video que recorrió el mundo, el que fue visto millones y millones de veces en YouTube, es fabuloso. Susan Boyle está de pie en el escenario. Tiene la gracia de un lavarropas, o un termotanque, o mejor aún: es alguien en quien no repararías a menos que te veas obligado a hacerlo. Entonces Susan Boyle comienza a cantar. La canción es “I dreamed a dream”, una cursilería, una canción tan trivial como Susan Boyle, una canción en la que sólo pondrías atención porque viene del musical Los miserables y porque te permitiría imaginar a Victor Hugo revolcándose en su tumba del Panteón de París, pegándole codazos a Alejandro Dumas y Émile Zola.

Pero en ese contexto, el televisivo, Susan Boyle no es sólo una persona trivial y redundante; el escenario la convierte en un espantajo, un hazmerreir, el Quasimodo con un peinado horrible. La reacción del público es inmediata, no pasan más de dos segundos y el aplauso resulta ensordecedor. La mezcla musical del aplauso es óptima: funciona como instrumento, como otro aporte sonoro a la canción. Es fácil evocar el griterío frente al escenario de The Beatles, cuando las adolescentes pegaban alaridos histéricos y uno se preguntaba cómo escuchaban la canción si estaban gritando. En la escena montada en el programa británico de talentos, el público está de pie aplaudiendo, dos orates hacen comentarios desde bambalinas, el jurado manifiesta su emoción y sorpresa. Lo que uno oye, más que la canción, más que la interpretación de esa canción, es el reconocimiento de la interpretación de esa canción. Lo que oye no es música, sino el modo en que se reconoce la interpretación de esa música.


Hay que mirar al jurado. Son tres personas, dos hombres y una mujer. Hay que mirar a la mujer. Hay que mirar su expresión. Se llama Amanda Holden, una actriz británica de telenovelas nacida en 1971. Holden tiene los brazos sobre la cabeza, esperando un desastre o algo peor, pero cuando Susan Boyle comienza a cantar, abre la boca y mira hacia los lados. La sorpresa es exagerada y sobreactuada, y durante los dos minutos que dure la canción la veremos emocionarse, ponerse de pie, aplaudir, admirarse.

En un sentido absoluto, Amanda Holden es el opuesto televisivo de Susan Boyle, y es el opuesto de lo que un hombre ―en tanto hombre― puede desear mirando televisión. De 38 años, las lolas firmes, el vestido turquesa ceñido, el cuerpo de mujer en su punto justo (no es “una chica”, sino “una mujer” y está en el momento más alto de su cuerpo, en la plenitud de su madurez sexual, en el sitio exacto antes de que el carrito de la montaña rusa empiece a caer a toda velocidad), Holden representa todo aquello que Susan Boyle es incapaz de representar. Mientras que Susan Boyle ―las cejas gruesas, el peinado absurdo, los movimientos torpes, la papada chocando contra el cuello― es alguien en quien no repararías en la calle, y quien te resultaría abominable en la pantalla de televisión, Amanda Holden es la mujer que voltearías a ver en la calle, y a la que quisieras llevarte a la cama viéndola por televisión. La figura de Holden está moldeada en base a todas las gramáticas de construcción del cuerpo televisivo femenino, mientras que Susan Boyle ―un lavarropas, un termotanque, el Quasimodo― es alguien a quién no quisieras tocar ni con un palo de escoba.

Al exagerar el reconocimiento de su talento para el canto, Holden está diciendo: sos gorda, vieja y fea, pero tu talento para el canto te ha redimido y, al aplaudirte, al exagerar mi reconocimiento, te concedo una dispensa.

En el momento mismo en que la mujer de tetas firmes y vestido ceñido reconoce el talento ―y en cierta manera, la existencia― de la mujer gorda, vieja y fea, está hipostasiando la idea opuesta a la que se supone que está escenificando: que los gordos, viejos y feos pueden hacer algo con sus vidas a pesar de ser gordos, viejos y feos. Que también ellos pueden tener talento, pueden servir para algo, pueden hacer sus sueños realidad.



En los días y las semanas posteriores, Susan Boyle se convierte en lo único en que puede convertirse a partir del momento en que la mujer de buenas tetas y vestido ceñido le otorga la dispensa: en un tema de interés. Un tópico.

Sabremos que Susan Boyle estaba desempleada, que cantaba en un coro, que nunca fue besada; luego sabremos que lanzaron muñecas con su rostro, que le ofrecieron un millón de dólares por actuar en una porno, que cantará en el musical Evita, que rechazó presentarse frente al Presidente Barak Obama porque se pondría muy nerviosa, que harán un bioepic cinematográfico con su vida (Catherine Zeta-Jones manifestó sus deseos de interpretarla), que se preparan múltiples libros con su biografía, que grabará discos, que saldrá de gira por el mundo.

Pero la línea principal es la autocrítica, y al representarlo en un programa televisivo de talentos adquiere una forma rotunda, perfecta, acabada (Amanda Holden baja la vista, actúa de mujer pensante, conmovida, que acaba de aprender una lección y que incluso devolvería sus tetas perfectas al cirujano que allí las colocó: “Todos hemos sido muy cínicos ―dice, cabizbaja, culposa―, y esta es la mayor llamada de atención”). Susan Boyle es patética antes que ser simpática, y aún así uno experimenta una inevitable empatía, pues las personas encargadas de recordarle que es sólo un lavarropas, un termotanque, el Quasimodo, no sólo son unos badulaques, sino unos badulaques que muy pronto recibirán una lección. Las mismas personas que hacen arcadas cuando la gorda se contonea, cuando la fea dice que quiere ser como Elaine Page (conocida cantante y actriz inglesa de obras musicales), cuando la vieja dice que quiere ser cantante profesional, unos segundos después, cuando el termotanque empiece a cantar, se pondrán de pie y la aclamarán, la convertirán en un concepto (“Susan Boyle”), una lección que aprender y una anécdota que enseñar. “Todos hemos sido muy cínicos”, se lamenta Amanda Holden, y el tipo que maneja la cámara tiene el acierto de hacer un plano donde no se ven sus tetas.

Si la escena solo existiese en ese instante, si no rebasase los límites de la pantalla, si de alguna manera fuese sólo la burda puesta en escena televisiva de algún cuento infantil como “La cenicienta” o “El patito feo”, sería simplemente perfecta. Pero la escena, en cuanto tal, está diseñada para exceder su contexto, para convertirse en moraleja, lección, ejemplo social: todos hemos sido muy cínicos.

En los días siguientes, Susan Boyle, el concepto, dirá al Washington Post: “La sociedad moderna es rápida para juzgar a las personas por su apariencia. No hay mucho que puedas hacer al respecto. Es la manera en que piensan; es la manera en que son. Pero quizás esto les enseñe una lección, o establezca un ejemplo”.

Y entonces Susan Boyle vuelve a ser lo que siempre fue: una mujer gorda, vieja y fea. Cuando Holden baja la vista y dice que se trata de una llamada de atención, está arrojando un guante; Susan Boyle, al obtener la dispensa, lo recoge.

La lección que uno tiene que aprender es demasiado sombría para ser dramatizada en un estudio de televisión, pues lo que esta lección dice no es que una persona de 47 años no es vieja, ni que alguien con unos cuantos kilos de más no es gorda, ni siquiera que la belleza es algo relativo y que incluso Susan Boyle puede resultar una mujer atractiva para alguien. No. La lección está diciendo que, efectivamente, esa mujer es gorda, vieja y fea, que no quisieras tocarla ni con un palo de escoba, que lo que prima es la apariencia y que esa es la manera en que las cosas son.

Y que a veces, por alguna anomalía inexplicable, por algún accidente televisivo, estos seres superfluos y redundantes obtienen la oportunidad de hacerse oír y, gracias a la magia de la industria del entretenimiento, pueden demostrar que no son completamente inútiles. También ellos, los seres superfluos, pueden entretenernos.

La autocrítica de Amanda Holden y la moraleja de Susan Boyle están diciendo que esas personas superfluas y redundantes ―clavadas frente a su pantalla de televisión, viendo cómo otras personas tienen vidas más interesantes que la propia― también pueden tener un talento, y que un talento, en la sociedad contemporánea, se define según las reglas de la industria cultural: un talento es cantar una canción ñoña en una competencia televisiva. Pues, de otra manera, la brecha ―la brecha que separa a Amanda Holden y sus tetas de Susan Boyle y su peinado ridículo― es insalvable. Susan Boyle pudo haberse pasado la vida ayudando a los leprosos, y aún así, seguiría siendo alguien a quien no quisieras mirar dos veces.

La Princesa Fiona, en la saga de Shrek, sigue teniendo la voz de Cameron Díaz. Al final de la jornada, es siempre Cameron Díaz quien otorga una dispensa a la Princesa Fiona: quien dice que incluso los viejos, gordos y feos pueden hacer sus sueños realidad.

La moraleja es inquietante y fascinante al mismo tiempo. Dice, palabras más o menos: las cosas son como son. Susan Boyle es Susan Boyle y nada cambiará eso. Nadie cambiará lo que pensamos de Susan Boyle. Nadie dirá: queremos cambiar nuestros valores estéticos, queremos cambiar nuestros preceptos acerca de lo que es lindo, joven y esbelto, y por ende feo, viejo y gordo.

La moraleja dice, simplemente: te concedo una dispensa.



Luego, volvemos a mirar las tetas de Amanda Holden.



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