Hoy presencié dos peleas callejeras, a sólo tres cuadras de distancia y con unos quince minutos de mediación entre una y otra. Alguien dirá: “¡Uy! ¡Qué experiencia reveladora!”. A lo que responderé citando de memoria a Homero Simpson: “No soy alguien que se sorprenda fácilmente... ¡Miren! ¡Un auto azul!”.
Las peleas callejeras son más comunes de lo que se supone, pero con suerte uno tendrá una vida larga y feliz sin presenciar ―o meterse en― ninguna. Aunque los nombres de fantasía varían (“trifulca”, “batalla campal”, “golpiza”, etc.), se producen peleas callejeras por razones políticas, religiosas, sindicales, culturales, económicas, geográficas; las personas se golpean en la vía pública porque tienen diferentes camisetas de fútbol o diferentes cortes de cabello, porque escuchan música diferente o porque tienen diferentes colores de piel. Hay peleas en las esquinas de los colegios (“¡te espero a la salida!”) y en las esquinas de los centros nocturnos de esparcimiento (“¡le miraste el culo a mi novia!”), en los cruces de calle, en los paseos de compra y en los estacionamientos de supermercados. Las personas se pelean porque están aburridas, porque están borrachas, para imponer sus puntos de vista, para alcanzar determinados fines, para mantener limpio su honor y, por sobre todas las cosas, porque las personas son muy estúpidas.
Las peleas callejeras ya no son una excepción a la regla del espacio público. Todos hemos leído sobre pibes golpeándose en los alrededores de los boliches, sobre automovilistas que se insultan por malas maniobras hasta que uno le pega un balazo a otro. Basta establecer contacto visual, y eso ya sirve como excusa: “¿Qué mirás, pelotudo?”. Pelearse no es ya una anomalía del entramado público, sino una trivialidad, una noticia de ayer, de hoy y de siempre. Pelearse en la calle con un desconocido es una opción viable. Está dentro de las posibilidades.
Aunque hace ya varios años que no me meto en líos de este tipo, la experiencia de las peleas callejeras no se olvida y, a veces, hasta se puede aprender algo de ella. En la escuela, en el potrero, en centros nocturnos de esparcimiento, en medios de transporte, en avenidas y empalmes de caminos, me he metido en peleas una y otra vez. He golpeado y me han golpeado; he pegado palazos y me han pegado palazos; me han pateado la cabeza estando en el piso y he pateado la cabeza de alguien que estaba en el piso. Tengo puntos en la ceja y en la cabeza; tengo menos muelas de las que debería tener; conozco la sensación del ojo en compota, de los nudillos agrietados, de la sangre en la boca o chorreando por la frente.
No son cosas para enorgullecerse, pero ―si hubo suerte y las acciones estúpidas no terminaron en un callejón sin retorno― tampoco hay que disculparse por haberlas hecho. Es como cuando uno recuerda haberle escrito una apasionada carta de amor a alguna pretérita chica del momento: qué nabo, se dice uno, pero tampoco se hace demasiados dramas. Hubiese preferido no haberlo hecho, pero los daños no fueron tan grandes y en general ni siquiera piensa en ello.
Además, también está la experiencia, ¿no?
Lo que uno aprende en base a esta experiencia es que la única forma de salir airoso de una pelea callejera es evitándola. No hay forma, ninguna, de ganar una pelea callejera. Siempre se pierde. Siempre se trata de cuántos golpes emboca y de cuántos golpes le embocan, y ciertamente no hay nada genial en una cosa ni en la otra: ni en embocar golpes, ni en ser embocado por ellos. Salir airoso de una pelea es encontrar el modo de sortearla. Punto. Ningún romanticismo urbano, ninguna “escuela de la calle”. Cualquier imbécil es capaz de cerrar los ojos, tirar una piña al aire y que de pura casualidad le rompa la nariz al ocasional contrincante. Lo verdaderamente astuto ―la verdadera “sabiduría callejera”, digamos― es aprender a evitar la pelea.
Hay miles de formas de evitar una pelea callejera, y acaso la mejor sea apartarse de las condiciones para generarla. Basta prestar atención, anticiparse, pasar junto a la boca del lobo sin convertirse en presa. Si uno lo piensa con cuidado, meterse en una bronca es más difícil de lo que se cree. Casi nadie quiere meterse en una pelea, y digo “casi” porque los imbéciles están mandados a hacer: las góndolas están llenas de ellos, se los consigue en cantidad y casi siempre a precio de oferta.
Sin embargo, aún cuando las condiciones para la pelea callejera ya estén dadas, existe un método para evitar que pase a mayores y en general se sigue este método. Lo llamaré así: el Método del Vení Que Te Cago A Piñas.
Las dos peleas callejeras que presencié hoy quizás no entren en la definición estricta de “pelea callejera” (en caso de que haya una definición estricta), pues en ninguna hubo golpes. Sólo la posibilidad inmediata de que los hubiese, y acaso también eso pueda considerarse una pelea callejera.
Escuché gritos que venían desde la calle. La ventana da a Estados Unidos y Entre Ríos, así que escucho gritos todo el tiempo. Pero estos eran inconfundibles, así que me asomé. Había dos tipos a punto de trenzarse en una pelea. Estaban frente a frente y se insultaban por no sé qué motivo. Entonces pusieron en práctica el Método del Vení Que Te Cago A Piñas.
Este método consiste en ir alejándose de la otra persona entre insultos, amenazas y una exigencia: vení, que te cago a piñas.
Fue genial observarlo desde arriba, desde el balcón, pues desde esa perspectiva parecía una afinada puesta teatral, una suma de movimientos perfectamente coordinados y ensayados. Ambos daban un pasito en dirección contraria a su virtual oponente, se detenían, puteaban, daban otro pasito, volvían a putear, y así hasta alcanzar una distancia prudente (uno en una vereda, el otro en la contraria).
―¡Cagón de mierda, te voy a llenar la cara de dedos!
Y un pasito.
―¡Puto de mierda, la concha de tu madre, te voy a reventar los dientes!
Y otro pasito.
La clave está en alejarse, en cacarear y exigirle al virtual contrincante que vaya hacia donde se encuentra uno. Hay que ir poniendo distancia mientras se le demanda al otro que venga, y nunca, bajo ningún punto de vista, ir, pegar el primer golpe o empujón. Cualquier ocasional espectador sabe que ni uno ni otro quieren golpearse, que sólo quieren irse por su lado maldiciendo entre dientes, y la puesta en escena sirve para saldar la deuda social: ratificar en voz alta que uno no es un cobarde, que puede romperle la cara a sopapos al bobo ése, pero que si no lo hace es porque el otro “no viene”.
Uno lo está llamando, lo está increpando, le está diciendo que venga (otro pasito en la dirección contraria), y el otro no viene. Vaya marica. Ambos pueden contar la misma historia: acusar al otro de cagón e irse sabiendo que cacareó todo lo que debía cacarear.
Se trata de un ritual efectivo, normalizado (puteada, pasito, puteada, pasito, puteada…), para evitar el choque físico en una discusión generada en la vía pública. Es una práctica con un fuerte tono simbólico (que dice: ninguno quiso evitar la pelea, ambos tienen las pelotas bien puestas), convenientemente reglamentada: puteada, paso, puteada, paso, puteada, paso…, final agónico de múltiples puteadas cuando la distancia ya es considerable, cuando la voluntad de golpearse se ha disipado.
Un rato después salgo a la calle. A un par de cuadras, una nueva pelea. También habrá una versión del Método del Vení Que Te Cago A Piñas, sólo que esta pelea es menos simpática.
Siempre es menos simpática cuando un tipo armado dice que va a cagar a tiros a otro. Y peor aún, cuando el tipo armado que amenaza con cagar a tiros al otro ni siquiera se molesta en quitarse su uniforme de policía.
Camino unas cuadras, en Estados Unidos y Rincón hay dos automovilistas insultándose. Parece ser que uno le pegaba bocinazos al otro, y al otro no le gustó. Están uno a la par del otro, gritándose por la ventana y amenazándose. Uno de los conductores insiste en que va a cagar a tiros al otro, y de repente acelera y le cruza el auto. Muy de película, de operativo policial. Ambos se bajan del auto al mismo tiempo y todos los presentes (incluyendo al contendiente emboscado) se quedan atónitos al ver el uniforme de agente de la Policía Federal de unos de los peleadores.
Ahora que lo escribo, la escena provocaba cierta fascinación. Ese hombre, el que está amenazando con balear al otro, está armado. Tiene una pistola. Nadie la ve, pues debe estar bajo su camperón oficial de la Policía Federal, pero sabemos que la tiene. Sabemos que existe. Y nadie se va. Todos nos quedamos observando, queremos ver cómo termina.
El policía se pone las manos atrás y, violando todas las reglas del Método del Vení Que Te Cago A Piñas, se le planta adelante al otro tipo. Le grita en voz alta que es un pelotudo. El otro tipo se amilanó, y está claro que el uniforme tiene algo que ver. Al final el policía ensaya una última puteada y se sube al auto. En ese momento, cuando aparentemente pasó el peligro (ahora que lo escribo, el policía podría haber estado cargando su arma en el auto), el otro conductor se le pone detrás del vehículo y empieza a gritar que es una vergüenza, que cómo viste ese uniforme, que va a hacer la denuncia en la comisaría. El policía le grita que vaya y la haga, y el otro tipo empieza a señalar la patente del auto y a repetirla en voz alta.
―¿Todos la ven? ¿Todos la están viendo?
Grita, hacia nosotros, su público. Repite el número una y otra vez. Cacarea. Es la única versión del Método del Vení Que Te Cago A Piñas que es capaz de interpretar, teniendo en cuenta que su potencial adversario tiene chapa y arma de fuego.
El policía arranca abruptamente (nueva acelerada de película, nueva acelerada dramática de operativo policial) y el gentío se desparrama. Empiezo a caminar mientras repito el número de patente en mi cabeza, cargando una creciente impotencia. A menos de cien metros me doy cuenta de que no puedo recordarlo.
Serán los viejos golpes en la cabeza, me digo.
O acaso sólo cacareo y prefiero evitar una pelea justa.
Fuente:
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=hXT8ugrVrzY
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