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Delfos, El ombligo del Mundo. (Mitología Griega) Megapost

Delfos, El ombligo del Mundo. (Mitología Griega) Megapost


Atención: Parece mucho texto pero se va rápido, es muy interesante

Durante varios siglos, un recóndito enclave de la geografía griega consiguió atraer las miradas de todo el mundo conocido. Desde allí, el dios Apolo respondía a las preguntas de los fieles que consultaban su oráculo, a través de un misterioso ritual que cambió, literalmente, el curso de la Historia.

La visita al santuario de Delfos es, en la actualidad, un trámite casi obligatorio para el turista que llega a territorio griego, ávido por “devorar” miles de años de historia en sólo unos días. Ubicado a unas tres horas por carretera de la frenética y bulliciosa actividad de Atenas, Delfos contrasta con la asfixiante capital gracias al sobrecogedor espectáculo natural que constituye la ladera del monte Parnaso en la que se levanta. Cada día, miles de turistas de distintas nacionalidades, llegados en decenas de autobuses, inundan sus ruinas mientras los guías van desgranando las distintas vicisitudes históricas del lugar. Ante semejante trasiego humano podría pensarse que el recóndito y montañoso paraje, que pasó varios siglos en el olvido, vive su mayor época de esplendor.

Sin embargo, el santuario de Delfos, pese a su fama internacional, es hoy un pálido reflejo de un enclave que, en la Antigüedad, se convirtió por pleno derecho en centro religioso, cultural y político de la antigua Grecia, símbolo de identidad de todos los griegos, llegando incluso a atraer la atención de no pocas potencias extranjeras.

Aquel interés inusitado tenía su origen en el templo de Apolo, tras cuyos muros se ocultaban los secretos del oráculo del dios. Este lugar, en el que la Pitonisa era poseída por la inspiración de Apolo, emitiendo sus célebres vaticinios, fue durante siglos responsable del devenir histórico de toda Grecia y parte del mundo conocido, inspirando colonizaciones, guerras y decisiones políticas. Fue, en definitiva, el auténtico centro del mundo, tal y como aseguraba un mito de época clásica.

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El Oráculo de la Diosa

Cuenta el mito que, hace mucho tiempo, en algún momento que se pierde en la memoria de los dioses, Zeus y Atenea se enzarzaron en una discusión sobre cuál era el auténtico centro del mundo. Atenea aseguraba que estaba en Atenas, su ciudad favorita, pero Zeus no estaba conforme, así que para zanjar la discusión decidió soltar dos águilas, cada una de ellas desde uno de los confines de la tierra. Tras un largo vuelo, las aves se cruzaron sobre la ladera del monte Parnaso, justo donde hoy se encuentra Delfos. Allí, en el interior del templo de Apolo, se custodió durante siglos una piedra cónica –un omphalos u “ombligo”–, que marcaba el centro del mundo y que para algunos autores pudo haber tenido un origen meteorítico, lo que explicaría que se considerara una pieza sobrenatural desde tiempos prehistóricos. Hoy el ónfalos original se ha perdido, pero en el museo del santuario se conserva una copia de época helenística.

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Pese a la importancia que pudo tener para el santuario aquel relato mitológico sobre el centro del mundo, hubo otro más significativo, y que explica con mayor detalle el origen y características del santuario: el relativo al nacimiento de Apolo y el establecimiento de su oráculo en Delfos.

En la noche de los tiempos, Zeus, en uno de sus habituales arrebatos amorosos, sedujo a la titán Leto, dejándola embarazada. Temiendo la rabia de Hera, la celosa esposa de Zeus, Leto huyó hasta la isla Ortigia donde, tras nueve días y nueve noches, dio a luz a la diosa Artemisa y a su gemelo Apolo. En aquel instante, en el séptimo día del mes Bysios (febrero-marzo), una fecha que sería clave en las celebraciones adivinatorias de Delfos, una bandada de siete cisnes volaron alrededor de la isla, que fue agraciada con un nuevo nombre –Delos, “la brillante”–, en honor al dios recién nacido. Aquel fue el enclave del primer santuario del dios, en el que también se estableció un oráculo, al menos desde el siglo IX a.C.

Pero Apolo no se quedó allí, sino que decidió volar por el orbe en su carro tirado por cisnes, estableciendo nuevos santuarios a su paso. Fue así como llegó hasta Delfos, el que sería su enclave más importante. El santuario, sin embargo, estaba ya ocupado. Desde el principio de los tiempos había allí un oráculo de Gea –la Tierra–, a cargo de su hija, una temible serpiente de nombre Pitón. La lucha entre ambos fue terrible pero finalmente, Apolo logró matar a la serpiente, convirtiéndose en dios de la profecía y la adivinación, tal y como se detalla en el Himno homérico a Apolo Pítico. Sin embargo, antes de refundar allí su oráculo, Apolo se vio obligado a purificarse por haber matado a Pitón.

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Con el paso de los años, la arqueología ha venido a confirmar algunos de los elementos descritos en el mito. Hoy, los investigadores saben que Delfos albergó un oráculo desde al menos el periodo micénico, en el que se rendía culto a la diosa tierra. Este detalle, avalado por hallazgos arqueológicos en forma de figurillas femeninas, viene a evidenciar el hecho de que el culto a Apolo en el lugar, que comenzó en torno al siglo VIII a.C., suplantó un antiguo culto matriarcal. Este hecho es evidente a través de diversos elementos contenidos en el mito. Por un lado, el propio nombre del santuario, Delfos, parece tener su origen en la raíz “delphys”, que significa “útero”, una clara alusión a lo subterráneo, lo femenino y lo terrenal. Por otro lado, Apolo, que se erige en vencedor, era un dios celeste, frente a Pitón, la serpiente, un animal de carácter telúrico, habitual en los cultos vinculados a la diosa madre o a la tierra.

En cualquier caso, aquella suplantación del culto matriarcal –quizá de la Gran Madre micénica y minóica–, representada por la muerte de la serpiente a manos de Apolo, no fue total. La prueba se encuentra, de nuevo, en el mito, así como las características del culto en el posterior santuario del dios. Tras matar a la serpiente, Apolo tuvo que limpiar el crimen con una purificación. Pero, además, una vez establecido el nuevo oráculo en su honor, la sacerdotisa que ejercería de transmisor de los vaticinios del dios no sólo será siempre una mujer, sino que además recibirá el nombre de Pitia (o Pitonisa), en recuerdo a la serpiente Pitón. Por otra parte, Apolo se vio obligado a compartir su culto con otras divinidades femeninas –como Atenea–, o relacionadas con el mundo telúrico originario del lugar.

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El ombligo del mundo

Antes de llegar a la situación actual, en la que cientos de miles de turistas visitan el santuario, Delfos vivió en el olvido durante siglos. Tras la clausura del recinto sagrado y de su oráculo por orden del emperador cristiano Teodosio en el año 385 d.C., el lugar perdió el uso que había desempeñado durante generaciones, y en su ubicación se levantaron distintas aldeas e iglesias cristianas que fueron desdibujando poco a poco su antiguo y esplendoroso pasado, hasta que finalmente la labor de la Pitia fue poco más que recuerdo brumoso. Sin embargo, todo cambió en el siglo XVII, cuando dos viajeros llegados desde la otra punta de Europa, el francés Jacques Spon y el británico George Wheler, localizaron las ruinas de Delfos de forma casi casual. Tras el hallazgo, y con el paso de los años, otros viajeros europeos, entre los que se cuenta el célebre Lord Byron, llegaron hasta el enclave sagrado.

No obstante, no fue hasta 1860 cuando comenzaron las primeras excavaciones, primero a cargo de arqueólogos alemanes y más tarde, ya a finales del siglo XIX con los trabajos de la Escuela Francesa de Atenas.

Gracias a estos trabajos, y en especial a los realizados en el siglo XX, ya con criterios arqueológicos modernos, fueron saliendo a la luz todos los secretos del santuario, hasta ahora sólo conocidos parcialmente conocidos a través de las fuentes literarias clásicas.

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Así, las excavaciones han permitido determinar que el culto a Apolo en el lugar –la dedicación a una deidad femenina habría sido muy anterior– surgió como muy tarde en el siglo VIII a.C. Desde aquella época, el recinto estuvo controlado por un colegio sacerdotal, con la Pitia al frente, hasta el que acudían peregrinos de toda Grecia con la intención de recibir los vaticinios de la sacerdotisa de Apolo. Poco a poco, y con el paso de los años, el santuario fue aumentando su importancia e influencia, hasta convertirse, entre los siglos VI y IV a.C. –su mayor época de esplendor–, en el auténtico centro del mundo para los antiguos griegos, tal y como reflejaba el mito protagonizado por Zeus y Atenea. Este apogeo se produjo tras la Primera Guerra Sagrada, cuando la Anfictionía –una liga de varias ciudades griegas–, se hizo con el control del santuario. Esta importancia del enclave, que se convirtió en todo un símbolo cultural para los griegos, no se debió únicamente a motivos religiosos, sino también políticos y estratégicos.

Así, junto a los miles de peregrinos que acudían de forma privada para consultar al oráculo sobre cuestiones personales, hasta Delfos llegaban a menudo delegaciones enviadas desde las ciudades-estado. Estas embajadas sagradas, llamadas theoríai, buscaban un vaticinio que les permitiera tomar importantes decisiones de índole política, que en la mayoría de las ocasiones tuvieron una gran trascendencia histórica. Así, tras un vaticinio del oráculo, se llegó a modificar la Constitución ateniense, se estableció la Ley básica de Esparta o se llevaron a cabo fundaciones de colonias como Sicilia.

En otros casos, las consultas eran de carácter estratégico y militar, hasta el punto de que no se iniciaba una guerra sin antes consultar al oráculo de Delfos. Curiosamente, la Primera Guerra Sagrada, que tuvo como consecuencia el apogeo de Delfos, se declaró con la excusa de un vaticinio. Otro evento bélico, la conquista de Salamina en el siglo VI a.C., fue también inspirado por el santuario, y hechos trascendentes como las Guerras Médicas o la Guerra del Peloponeso, se vieron notablemente influidos, en todos los bandos, por las revelaciones arrojadas por la Pitia en sus trances extáticos desde el santuario de Apolo.

Esta circunstancia tuvo, en no pocas ocasiones, un resultado catastrófico, pues los oráculos emitidos por la Pitonisa eran célebres por su ambigüedad, lo que llevó a tomar decisiones equivocadas. En este sentido, es famoso el caso de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, quien perdió la vida tras interpretar erróneamente un oráculo originado en Delfos.

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Un viaje iniciático

La consulta de los fieles al oráculo no era un acto sencillo, sino que suponía un complejo proceso ritual de carácter iniciático. De este modo, para conseguir la ansiada respuesta a sus preguntas, los fieles debían seguir una serie de pasos claramente establecidos que, de no realizarse correctamente, impedían llevar a cabo la consulta con éxito. Normalmente, el proceso se iniciaba con el propio viaje, que la mayoría de los fieles realizaban a través de la llamada Vía Pítica, y que recorría distintas etapas que pasaban por Beocia y Fócide. En definitiva, se trataba de un auténtico camino de peregrinación que podría compararse, salvando las distancias, al que recorren hoy en día los peregrinos que se dirigen a Compostela. El carácter iniciático del viaje quedaba remarcado por el hecho de que los viajeros se dirigían al lugar donde se hallaba el omphalos, el “ombligo del mundo”.

Una vez llegados a las puertas del santuario, lo primero que veían los peregrinos era el recinto sagrado de Marmaria, donde se encontraba el templo de Atenea pronaia, del que hoy apenas quedan unas ruinas, entre las que destacan las hermosas columnas del tholos o templo circular. Después se accedía a la fuente Castalia, con cuyas aguas era preciso purificarse antes de consultar al oráculo, cosa que hacían no sólo los fieles, sino también los sacerdotes y la propia Pitia.

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Tras la limpieza ritual se accedía al santuario propiamente dicho, y se recorría la vía pítica, salpicada por los distintos tesoros de Delfos, ofrecidos por atenienses, sifnio o sicionios en honor a Apolo. A continuación, y como paso previo a la consulta, se procedía al sacrificio de un cordero. Éste era rociado con agua fría, y si temblaba de pies a cabeza se interpretaba que el dios accedía al sacrificio. A continuación llegaba el momento de pagar la tarifa correspondiente, una cifra que variaba en función de si la consulta la realizaba un único individuo o la embajada de una ciudad.

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La éxtasis de la Pitia

El momento cumbre del proceso, la consulta al oráculo, tenía lugar en el interior del templo de Apolo, el lugar más sagrado e imponente del santuario, del que hoy sólo quedan ruinas. En su interior, en un misterioso recinto denominado adyton –del que apenas se poseen datos–, se refugiaba la Pitia para entrar en trance y hablar en nombre del dios. En aquel recinto, auténtico sancta sanctorum del templo, se custodiaban hojas de laurel, la piedra sagrada u omphalos que marcaba el centro del mundo, y el trípode o trono sobre el que se sentaba la sacerdotisa para realizar el vaticinio. Aunque el consultante accedía al adyton, en ningún momento podía ver a la Pitonisa, oculta tras algún tipo de estructura, y tampoco podía plantear su pregunta directamente, sino que debía plantearla a través de los sacerdotes o prophetai. A continuación, y de una forma todavía no aclarada –ver recuadro–, la sacerdotisa entraba en trance, recibiendo la “inspiración” de Apolo y recitando unas palabras apenas inteligibles que debían ser interpretadas por los sacerdotes. La respuesta, siempre ambigua –lo que permitía acertar más fácilmente– era anotada en el libro de los oráculos, y entregada al consultante.

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En las primeras etapas del santuario, las consultas al oráculo de Apolo se realizaban siempre el séptimo día del mes de Bysios –cumpleaños del dios–, pero con el paso del tiempo y el aumento de popularidad, se ampliaron a todos los días siete de cada mes, con excepción de los tres meses de invierno. Esta última circunstancia se debía a que, según el mito, en ese tiempo Apolo abandonaba el santuario, que quedaba bajo la custodia de Dionisio, cuya tumba estaba supuestamente en Delfos.

Otro de los puntos oscuros sobre el santuario se refiere a las propias adivinas. Entre los pocos detalles que se poseen sobre ellas destaca el hecho de que fueran generalmente mujeres de unos cincuenta años, simples campesinas que hasta el momento de ser escogidas para tan importante papel habían desarrollado una vida normal, incluso contando con una familia. Sin embargo, todo cambiaba una vez que resultaba elegida por Apolo para servir de instrumento a sus profecías. Entonces debía abandonar a esposo e hijos y recluirse para siempre en una vivienda situada en el interior del santuario. Por otra parte, los historiadores han logrado determinar que en el momento de su mayor apogeo, Delfos contó con tres sacerdotisas que ejercían la labor de forma simultánea.

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El Ocaso de Apolo

Con el final de las Guerras Médicas llegó también el fin de la independencia política del santuario, que a partir de entonces pasó de forma sucesiva a estar controlado por distintas ciudades-estado y, finalmente, de Roma. Aquel fue el comienzo de la decadencia de un enclave sagrado que había atraído durante siglos la atención de reyes y mandatarios, tanto griegos como extranjeros, que acudían al oráculo en busca de respuestas a cuestiones trascendentes. Ya en el siglo II d.C., con el emperador Adriano en el poder de Roma se produjo un último intento por revitalizar el oráculo de Delfos. Pero aquel esfuerzo fue poco más que un espejismo. A finales del siglo IV otro emperador romano, el cristiano Teodosio, ordenó clausurar las celebraciones paganas en torno al antaño glorioso templo de Apolo. Terminaban así más de mil años de esplendor, durante los cuales aquel rincón recóndito e imponente de Grecia había sido el auténtico centro del mundo clásico, inspirando a fieles, políticos, reyes y emperadores respecto a cuestiones que cambiaron para siempre el rumbo de la Historia.

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Las otras voces del Dios

Los relatos mitológicos sobre Apolo recogían no sólo las vicisitudes del nacimiento del dios, sino que también intentaban explicar a través del mito la aparición de los distintos santuarios consagrados a él. En muchos de ellos existieron también distintos oráculos a los que acudían los fieles en busca de respuestas divinas, aunque en ningún caso alcanzaron la fama e importancia del existente en la ladera del monte Parnaso.

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El primero de ellos, y uno de los más destacados, se encontraba en la isla de Delos, lugar de nacimiento de Apolo según la tradición. Allí, la actividad del oráculo se desarrollaba en los meses de verano. En Patara (Licia) el santuario del dios contaba también con un oráculo y, al igual que en Delfos, era una mujer quien emitía los vaticinios tras entrar en un trance extático. La lista se completaba con otros enclaves, como los de Corinto, Tasos, Abas, Gortina o Claro, entre otros. En todos ellos, de un modo u otro, la “voz” de Apolo se dejaba “oír” a aquellos que deseaban conocer el porvenir.

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El orígen de la Éxtasis

Desde hace siglos –incluso con el oráculo aún en funcionamiento–, se ha intentado ofrecer respuestas al misterioso origen de los trances de la Pitia, quien supuestamente revelaba el conocimiento futuro de Apolo. Para algunos autores, el trance adivinatorio de la sacerdotisa tenía su origen en la ingesta de ciertas sustancias alucinógenas: quizá una mezcla de laurel y miel tóxica masticada antes de la ceremonia, o bien aguas subterráneas contaminadas que se filtraban hasta el adyton. Por otra parte, otros autores han apuntado a la inhalación de ciertos gases tóxicos.

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Ya en época clásica, Diodoro de Sicilia y Plutarco mencionaron que la pitonisa entraba en éxtasis a causa de unos vapores que emanaban por una grieta existente en el interior del templo. Esta hipótesis fue descartada durante mucho tiempo, hasta que en 1981 unas prospecciones geológicas descubrieron en Delfos una falla tectónica de la que podía surgir etileno. Más recientemente, en 2006, un científico italiano del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Roma, Giusseppe Etiope, rechazaba la posibilidad del etileno, señalando como culpable del trance a una mezcla de dióxido de carbono y metano, que tendría igualmente efectos alucinógenos en la Pitia.

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