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Estuve un tiempo pensando si posteaba o no este texto. Puede llegar a herir algunas suceptibilidades del público ramonero de esta web.(Me incluyo).Pero es una opinión al fin y se puede o no estar de acuerdo. Posteo finalmente este material para demostrar que el movimiento punk sigue vivo por no ser autocomplaciente y por ser crítico con sus ídolos. No pasa lo mismo con otros movimientos musicales o ideológicos.



The Ramones



Ayer a la noche estaba revolviendo discos mientras maldecía entre dientes. Buscaba Ramones, primer álbum del grupo punk neoyorquino The Ramones, y no lo encontraba. Dado que ordeno cronológicamente, se suponía que ―por ser el primero― debía estar delante de todo en la sección correspondiente. Sin embargo, el disco no aparecía. Empecé a encabronarme. ¿Por qué las cosas no aparecen cuando uno las busca? ¿Por qué aparecen cuando ya no está interesado? Peor con libros, películas o discos: si no aparecen, es porque seguramente están en poder de alguien que no tiene mucho interés en devolverlos.

A la tarde había leído en algún lado que en “I wanna be your boyfriend”, cuarta canción del disco, se escucha un glockenspiel. Nunca me había percatado de eso y quería escuchar el glockenspiel que nunca había escuchado. Me encabroné un poco más, porque el disco no aparecía y porque jamás había prestado atención al glockenspiel (instrumento de percusión de láminas físicamente parecido al xilófono). Recordaba el glockenspiel en “La flauta mágica” de Mozart (aunque a veces se toca con celesta) y también en “Drumming” de Steve Reich, pero no en “I wanna be your boyfriend”. Seguí encabronado.



De pronto miré con atención y entendí por qué no encontraba el disco: porque técnicamente no lo tengo. Pertenezco a la generación que llegó demasiado tarde para el vinilo y demasiado temprano para el disco compacto: la generación del cassette. Cuando se hizo hora de reponer en formato digital las cintas analógicas, opté por los dos volúmenes de All the stuff (And more!), publicados en 1990, que recopilaban los primeros cuatro discos de estudio de Ramones más algunos demos, lados B y versiones en vivo.

Coloqué el disco en el reproductor y escuché el glockenspiel de “I wanna be your friend”. Bellísima canción, pensé, increíble que haya sido compuesta por el baterista.

Cuando la escuché por quinta o sexta vez, ya no estaba encabronado.



En veintidós años de carrera (entre 1974 y 1996), The Ramones grabó 14 discos de estudio. Escucharlos cronológicamente, uno atrás del otro, es una experiencia reveladora: uno puede oír cómo el hastío es capaz de traducirse en sonido, y cómo este sonido es capaz de decir algo sobre la forma en que se produce, distribuye y comercializa el objeto cultural, la obra de arte, la baratija de mercado.

En Infancia en Berlín hacia 1900, escrito en la década de 1930 y publicado de manera póstuma, el filósofo alemán Walter Benjamin escribió: “Así, más de uno soñará en cómo aprendió a caminar. Pero no le sirve de nada. Ahora sabe caminar, pero nunca jamás volverá a aprenderlo”.

Al escuchar los discos de Ramones de manera cronológica, es posible entrever una versión de la expresión de Benjamin: escuchar cómo alguien aprende a caminar, y luego escucharlo caminar sabiendo que jamás volverá a aprender cómo hacerlo.



El primer disco de Ramones es fantástico. Publicado en mayo de 1976, Ramones tiene catorce canciones de apenas un minuto y medio promedio. Estas canciones son sencillas, básicas, pegajosas: verso-estribillo-verso-estribillo-puente-estribillo, la estructura elemental de la canción de rock’n’roll que se podía escuchar en la radio a principios de la década de 1960 y quedársela tarareando durante todo el día camino a la escuela o el trabajo. La batería mantiene un tempo medio, la melodía la lleva la voz, la guitarra es una distorsión monocorde y el bajo parece imitar a la guitarra. Hay algunas exquisiteces, como el glockenspiel de “I wanna be your boyfriend”, pero hay que prestar atención para descubrirlas. La fórmula del disco es conocida y previsible, pero a mediados del decenio de 1970 sonaba como algo totalmente nuevo.

Ramones era una obra autorreferencial, que mostraba en cada momento su carácter de “cosa fabricada”, sus costuras, como en el caso de Tristes trópicos, el libro de 1955 del antropólogo Claude Lévi-Strauss. “Los artificios aparecen puestos en primer plano, señalados, y hasta floreteados”, escribió su colega Clifford Geertz. Años más tarde, su otro colega James Clifford retomó la consigna. “Prefiero cuadros agudamente enfocados, compuestos de manera que se muestren el marco o la lente”. Cuando hablaban de poner los artificios en primer plano, de enfocarlos agudamente, Geertz se refería a la prosa de Lévi-Strauss y Clifford a la propia, pero también pudieron haber estado refiriéndose a la música de Ramones. Al menos, es lo que uno podría imaginarse.

La portada de Ramones, el disco que ya no tengo, tiene una foto del grupo. Son cuatro veinteañeros apoyados contra una pared, desafiantes, mirando a cámara, prestos a tomar al mundo por asalto. La primera canción de ese disco es “Blitzkrieg Bop”; la última es “Today your love, tomorrow the world”. Es el sonido de alguien que está aprendiendo a caminar, y que aún así cree que puede patearte el culo. La confianza de ese sonido viene de su inexperiencia, y la inexperiencia funda, en este caso, un desafío: hoy conquistaremos tu amor, mañana conquistaremos el mundo.

Es un artificio, una exageración, y por eso, en el ámbito de la música pop, fue capaz de producir su propio contexto y de legitimar su propio sonido. Durante años muchos críticos, biógrafos, epígonos y mejores amigos escribieron que Ramones había lanzado al mundo una revolución, que habían salvado al rock’n’roll. Estas expresiones siempre me hicieron sonreír, pero al tomarlas como cuadros agudamente enfocados, uno es capaz de seguirles el juego y fantasear con sus posibilidades: si vas a conquistar el mundo, más vale que no abandones a la mitad. Ya dijo Saint-Just qué sucede con aquellos que hacen la revolución a medias, y de una manera prosaica y teatral es posible escucharlo en esos catorce discos: la revolución de Ramones no termina en un trono, sino en la guillotina.

Se alzaron en armas y perdieron.

Cuando los recuerdo a punto de ser fusilados, tal como había profetizado Saint-Just, vuelvo a sonreír. Hasta aquí ha llegado ese gran proyecto de conquistar tu amor, de conquistar el mundo.




En veintidós años de carrera (entre 1974 y 1996), The Ramones grabó 14 discos de estudio. Escucharlos cronológicamente, uno atrás del otro, es una experiencia reveladora: uno puede oír cómo el hastío es capaz de traducirse en sonido, y cómo este sonido es capaz de decir algo sobre la forma en que se produce, distribuye y comercializa el objeto cultural, la obra de arte, la baratija de mercado.

En Infancia en Berlín hacia 1900, escrito en la década de 1930 y publicado de manera póstuma, el filósofo alemán Walter Benjamin escribió: “Así, más de uno soñará en cómo aprendió a caminar. Pero no le sirve de nada. Ahora sabe caminar, pero nunca jamás volverá a aprenderlo”.

Al escuchar los discos de Ramones de manera cronológica, es posible entrever una versión de la expresión de Benjamin: escuchar cómo alguien aprende a caminar, y luego escucharlo caminar sabiendo que jamás volverá a aprender cómo hacerlo.


El primer disco de Ramones es fantástico. Publicado en mayo de 1976, Ramones tiene catorce canciones de apenas un minuto y medio promedio. Estas canciones son sencillas, básicas, pegajosas: verso-estribillo-verso-estribillo-puente-estribillo, la estructura elemental de la canción de rock’n’roll que se podía escuchar en la radio a principios de la década de 1960 y quedársela tarareando durante todo el día camino a la escuela o el trabajo. La batería mantiene un tempo medio, la melodía la lleva la voz, la guitarra es una distorsión monocorde y el bajo parece imitar a la guitarra. Hay algunas exquisiteces, como el glockenspiel de “I wanna be your boyfriend”, pero hay que prestar atención para descubrirlas. La fórmula del disco es conocida y previsible, pero a mediados del decenio de 1970 sonaba como algo totalmente nuevo.

Ramones era una obra autorreferencial, que mostraba en cada momento su carácter de “cosa fabricada”, sus costuras, como en el caso de Tristes trópicos, el libro de 1955 del antropólogo Claude Lévi-Strauss. “Los artificios aparecen puestos en primer plano, señalados, y hasta floreteados”, escribió su colega Clifford Geertz. Años más tarde, su otro colega James Clifford retomó la consigna. “Prefiero cuadros agudamente enfocados, compuestos de manera que se muestren el marco o la lente”. Cuando hablaban de poner los artificios en primer plano, de enfocarlos agudamente, Geertz se refería a la prosa de Lévi-Strauss y Clifford a la propia, pero también pudieron haber estado refiriéndose a la música de Ramones. Al menos, es lo que uno podría imaginarse.

La portada de Ramones, el disco que ya no tengo, tiene una foto del grupo. Son cuatro veinteañeros apoyados contra una pared, desafiantes, mirando a cámara, prestos a tomar al mundo por asalto. La primera canción de ese disco es “Blitzkrieg Bop”; la última es “Today your love, tomorrow the world”. Es el sonido de alguien que está aprendiendo a caminar, y que aún así cree que puede patearte el culo. La confianza de ese sonido viene de su inexperiencia, y la inexperiencia funda, en este caso, un desafío: hoy conquistaremos tu amor, mañana conquistaremos el mundo.

Es un artificio, una exageración, y por eso, en el ámbito de la música pop, fue capaz de producir su propio contexto y de legitimar su propio sonido. Durante años muchos críticos, biógrafos, epígonos y mejores amigos escribieron que Ramones había lanzado al mundo una revolución, que habían salvado al rock’n’roll. Estas expresiones siempre me hicieron sonreír, pero al tomarlas como cuadros agudamente enfocados, uno es capaz de seguirles el juego y fantasear con sus posibilidades: si vas a conquistar el mundo, más vale que no abandones a la mitad. Ya dijo Saint-Just qué sucede con aquellos que hacen la revolución a medias, y de una manera prosaica y teatral es posible escucharlo en esos catorce discos: la revolución de Ramones no termina en un trono, sino en la guillotina.

Se alzaron en armas y perdieron.

Cuando los recuerdo a punto de ser fusilados, tal como había profetizado Saint-Just, vuelvo a sonreír. Hasta aquí ha llegado ese gran proyecto de conquistar tu amor, de conquistar el mundo.


El último disco de estudio de Ramones, ¡Adiós amigos!, se publicó en 1995. Hay canciones preciosas, como "Life is a gas" o “She talks to rainbows” (años más tarde reversionada por Ronnie Spector bajo la producción de Joey Ramone), pero en general es un disco chato, sin ideas, sin brillo, con retazos de canciones tomadas de aquí y de allá: hay canciones que ya habían sido grabadas en discos solistas de antiguos miembros y versiones de éxitos ajenos. El corte de difusión, por ejemplo, era “I don’t want to grow up” de Tom Waits, que, interpretada por tipos de 45 años, sonaba lamentable. Ese disco apagado, moribundo, era la antítesis de Ramones: habían aprendido a andar hacía mucho tiempo y los pasos parecían cada vez más uniformes y más hastiados.

La iconografía ayudaba. La contratapa de ese disco mostraba a los cuatro músicos de espaldas, vendados, las manos atadas, mirando hacia la pared, a punto de ser fusilados en algún perdido paraje mexicano (siempre me pregunté por qué vendarlos si estaban de espaldas). Hasta ahí habían llegado. Por años habían afirmado que lanzaron una revolución al mundo, y al verlos ante el paredón de fusilamiento uno volvía a recordar a Saint-Just, volvía a preguntarse: ¿habían hecho la revolución a medias?

Se trata sólo de una ocurrencia, una frase ingeniosa de ayer y de siempre, pero los términos medios no existen en el mundo del pop, donde toda mercancía adquiere un carácter absoluto. ¿Qué quedaba ahora? La consagración, acaso. Los músicos empezarían a morirse uno por uno y entonces llegarían los homenajes y los duelos.

Que fue, por supuesto, lo que ocurrió.



En 1998 me encontré con el baterista Marky Ramone. Era el primer Ramone que veía después de la separación del grupo (a excepción del bajista, Dee Dee Ramone, que era mi vecino). El baterista estaba ataviado en su “uniforme Ramone”: campera de cuero con pins; zapatillas Converse; remera de película clase B; blue jeans cuidadosamente cortados a la altura de las rodillas; gafas oscuras. Noté que el "uniforme" se había acentuado, que cada uno de sus elementos parecía más enfatizado, como si de un modo tosco estuviese diciendo: “Oigan, sigo siendo un Ramone, compren mis discos y tickets para conciertos”. Si uno hubiese querido colocar un ejemplo gráfico de “verosímil” para la próxima edición comentada de un texto de Semiología Básica, no hubiese tenido más que tomarle una fotografía.

“Los Ramones terminaron con toda la mierda de las estrellas de rock”, me dijo, y entonces pensé que nada había cambiado. Si por años sus miembros habían alegado no sólo haber iniciado una revolución musical, sino haber salvado al rock’n’roll (cualquier cosa que ello significara), una vez disuelto el grupo sus reclamos por un lugar en la historia se hicieron más intensos.

Bien, podíamos escuchar sus argumentos. Ramones, el disco, había sido algo nuevo. No era “algo nuevo” en el sentido de “una obra jamás escuchada en el mundo entero” (sus condiciones de producción se sacan con facilidad). Nada de eso. Pero sí era algo nuevo en relación a lo que el “género rock” presuponía a mediados del decenio de 1970; era “algo nuevo” en términos de verosímil, teniendo en cuenta que, cuando se habla de lo verosímil, lo “completamente”, ese adverbio que uno podría ubicar entre “algo” y “nuevo”, debe ser puesto entre comillas.

En términos de verosímil, ese primer disco constituía el instante en que el artefacto cultural escapa a las convenciones de su producción y consumo, y crea algo nuevo, un nuevo contexto, una nueva manera de andar. Para su segundo disco, Leave home (1977), la fórmula ya había sido asimilada y todos sabían qué esperar. Veinte años después, Ramones era un chiste de sí mismo..., y eso también era parte de su verosímil. Veinte años después de aquella apuesta entre el mínimo y el máximo, los miembros de Ramones se pararon frente al paredón de fusilamiento y no quedaron dudas sobre quién era el vencedor.

¿De qué servía soñar con el momento en que uno aprendió a caminar?

El sable bajó, los fusiles abrieron fuego.



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