Estoy pensando en la actriz Charlize Theron. Nació en Sudáfrica y su lengua materna es el afrikáans. Vive en Los Ángeles, pero nadie la colocaría como ejemplo gráfico de “afroamericana” y ni siquiera de “africana”. Cuando se habla de “cultura africana” o “cultura afroamericana”, nadie voltea en dirección de Charlize Theron. Saco la conclusión de que cualquier afro-cosa debe venir en negro. Lo que cuenta no es la formación cultural, la historia, los procesos de socialización, sino el color. La Ciudad de Buenos Aires está asistiendo a un increíble proceso de afro-conversión, a la transformación de los negros en afro-personas. No importa si vienen de Ghana, Argelia, Uganda o Parque Patricios. Lo que importa es que son negros, “afrodescendientes”, y eso significa que no puede llamárselos negros y que cualquier aprehensión deberá definirse por su condición.
“Afro” y “condición” son las palabras claves.
Responsabilícese a la corrección política, al sistema educativo universitario, a las críticas acríticas de los medios masivos de comunicación y a las personas biempensantes: a menos de que uno sea un imbécil cultural, a menos de que en lugar de procesos mentales tenga la conclusión de un informe del INADI, ya no se puede pensar en los negros. Cuando uno va caminando por la calle y se topa con un negro, las vocecitas traidoras de su cabeza comienzan a discutir entre sí para determinar la manera adecuada de pensar (de aprehender, de volver inteligible) a ese negro.
No se crean que exagero o que me hago el piola. Muy pronto ya no habrá negros, sino personas con capacidades dermatológicas diferentes. De veras.
Buenos Aires se ha llenado de negros. Esto es un dato empírico, observable. Pero las vocecitas traidoras dicen que quizás no haya que hacer semejante afirmación, pues destacar la repentina visibilidad de los negros en las calles de Buenos Aires significa negar su existencia previa. Es como si uno dijera: “Argentina es un país de inmigrantes”. Al afirmar la herencia europea, se niega la herencia americana. Al afirmar la herencia del italiano trabajador en el conventillo, se niega la herencia del indio hippie ecologista en su tolderío. Afirmar una herencia implica rechazar otra.
Por lo menos, ésa es la conclusión académica.
Los santurrones académicos suelen insistir en que tal y cual minoría no está lo suficientemente visible. Dan ganas de sopapearlos: ¡Claro que no están lo suficientemente visibles, imbécil, por eso son minorías!
Y ahora están yendo por los negros. ¿El plan? Convertir la “negritud” en una “condición” y, después, salir a boicotear el lenguaje bajo la premisa de que las palabras desmañadas nos hacen mejores seres humanos: más abiertos, más tolerantes, más receptivos hacia las diferencias.
Recuerden mis profecías, que tienen la sabiduría del cinismo y el desencanto, la tranquilidad de saberse heterosexual, blanco, laico y normal: dentro de muy poco tiempo, los nuevos discriminados top de Buenos Aires serán los negros. Los indios pasaron de moda, los travestis se volvieron una trivialidad, ya nadie se cree que las mujeres sean una minoría discriminada. Pero los negros de Buenos Aires son todavía un territorio inexplorado. Si quieren invertir en alguna ONG y hacerse unos pesos, hoy deben apostar por los negros.
La mejor inversión en buena consciencia social es, hoy, la negritud porteña.
Hay cifras oficiales con sellos ministeriales. Se puede saber cuántos nuevos negros entraron al país, de dónde vienen, a qué se dedican y dónde viven; también se puede estimar de cuántos negros no se tienen muchas noticias, quiénes son los que ocupan la categoría de “problema”: quienes serán asociados con la explotación, el trabajo esclavo, las casas tomadas, la ilegalidad.
Cualquiera que conozca la ciudad de Buenos Aires y sus suburbios lo sabe: hasta hace unas décadas, la posibilidad de toparse con un negro por la calle era remotísima. Piensen en los actos patrios escolares, en los malabares que había que hacer para sacar de la galera a los negros del 25 de Mayo. La condición de existencia del negro del acto escolar estaba dada por la existencia de uno de los mayores inventos del sistema educativo: el corcho quemado.
Pero los negros se volvieron súbitamente visibles, no importa que un alto porcentaje de la población tenga alguna lejana ascendencia africana. En cualquier estación de ferrocarril hay un negro vendiendo relojes, anillos, colgantes dorados. Están en las empresas informáticas, en los prostíbulos, en las obras en construcción. El barrio donde vivo, San Cristóbal, está lleno de negros. Esto quiere decir que cada dos por tres mi sistema cognitivo está agarrándose a las trompadas para encontrar la categoría de adscripción social correcta. ¿Cómo comportarse? Está claro que los negros saltan a la vista entre la multitud. Quiero decir: un negro en Buenos Aires llama la atención, al menos, por ser negro. ¿Entonces qué? Si uno lo mira, lo está encasillando y discriminando. Si no lo mira, está negando su existencia y discriminándolo.
También el debate lingüístico es fenomenal. Tiene un perfil metonímico inevitable: del sujeto social a su cultura, ida y vuelta. “Cultura afroargentina”. “Cultura afroporteña”. “Cultura afrorríoplatense”. Esto se aplica a los sujetos, quienes, tras la delimitación social, sólo pueden una cosa: afro-algo.
Así que a veces, cuando salgo a pasear por mi barrio, trato de pensar en términos de “afroporteños”. Hay dos afroporteñas con las que hablo cada tanto, porque viven en mi edificio y me las encuentro en el ascensor. Sólo que estas dos afroporteñas son de República Dominicana.
Es un tema espinoso. ¿Definimos a los afroporteños por su color de piel o por su pasaporte? ¿Cómo se ponen los límites históricos y estéticos de la “cultura afroporteña”? Si el negro es de La Pampa, ¿deberíamos llamarlo afropampeano? ¿Hay también afrosantafesinos, afrochaqueños, afrorrosarinos y afroushuaienses? Me pregunto si habrá alguna categoría de adscripción social para los argentinos que viven en ciudades y países africanos. ¿Porteñosudafricanos? ¿Argentinomarroquíes?
“Afro” siempre viene en negro. Y “condición” siempre viene del llanto académico. Sumen “afro” y “condición”, y el próximo paso será que empezarán a ver minorías discriminadas allí donde hay personas haciendo sus vidas.
El panorama no es tan negro como algunos pocos interesados lo pintan.
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