Michael Jackson volvió a los primeros planos, signifique lo que signifique la expresión “volver a los primeros planos”. Se oyen sus canciones, se emiten sus videos, se recuerdan sus hazañas, se reproducen sus imágenes en las portadas de diarios y revistas. Volvió al centro de la vida cultural de buena parte del planeta. Y todo cuanto tuvo que hacer fue morirse. En los términos de la industria cultural, parece un trato justo. El éxito, signifique lo que signifique la expresión “el éxito”, también puede ser post mortem.
¿No es escalofriante?
Ayer transmitieron su oficio fúnebre en vivo. “El último show de Michael Jackson”, dijo la periodista de TN. “Escuchemos un poco al coro”. Escuchamos un poco al coro, en el último show de Michael Jackson (primeros planos del cajón, que al menos se mantuvo cerrado), y luego comenzaron a repetir las cifras: 17.000 personas en el estadio, entre 600.000 y 700.000 en los alrededores, 2.500 millones siguiendo la transmisión en vivo. La sobreimpresión de pantalla decía que el cajón, de oro, había costado 25.000 dólares.
En Rastros de carmín, su libro de 1989, el ensayista Greil Marcus recordaba que en la cúspide del “año de Michael Jackson”, el año que empezó el 16 de mayo de 1983, con la transmisión televisiva del especial por el vigésimo quinto aniversario de Motown Records, “un año tan largo, tan largo que, mientras transcurría, se llegó a creer que jamás acabaría”, que en la cima de la cima de su cima, Jackson anunció que su mayor logro había sido entrar al Libro Guinness de los Records al haber generado, con Thriller, más singles entre los diez más vendidos que ningún otro disco.
En la cima de su éxito, signifique lo que signifique “cima de su éxito”, Jackson no afirmó que se alegraba por haber probado que la música es un lenguaje universal, o que si te esfuerzas lo suficiente puedes lograrlo, o que le había dado a la gente una nueva manera de hablar y andar. “Decir tales cosas ―escribió Marcus― hubiese sugerido que en una explosión pop lo que está en juego son los valores, que un acontecimiento así ofrece, como estética y regalo social más intensos, la ineludible sensación de que el destino del mundo depende de cómo resulta un determinado concierto. Y esto no era lo que estaba ocurriendo”.
Una explosión en la industria cultural (en la industria del entretenimiento, la industria de la “música juvenil”, la fábrica de símbolos y baratijas, predominante en Occidente desde la posguerra) pone en contacto a personas que de otra manera estarían separadas por las clases sociales, el dinero, la religión, el color, la educación. Pero a su vez también las separa.
“Confrontados con cantantes tan atractivos y perturbadores como Elvis Presley, The Beatles o Sex Pistols, con personas que mostraban la posibilidad de vivir de una manera nueva, algunos responden y otros no, y tal cosa, aunque sea por un instante, se convierte en hecho social primordial. Quedó claro que la explosión de Michael Jackson era de nuevo cuño”. Por primera vez en la historia de la música de posguerra, una explosión pop no iba a evaluarse por la cualidad subjetiva de la respuesta, sino por el número de acuerdos comerciales objetivos que generaba.
Y en ese sentido Jackson salió victorioso.
Unos pocos días después de su fallecimiento, los medios de todo el planeta informaron que la muerte de Michael Jackson había aumentado las ventas de discos mucho más de lo que lo habían hecho las respectivas muertes de Elvis Presley y John Lennon. El valor de la explosión pop seguía midiéndose según la cantidad de acuerdos comerciales objetivos que producía.
Michael Jackson, de ultratumba, lo había hecho de nuevo.
¿No es escalofriante?
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