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Parte 3
Conclusión
Queremos destacar que los temas desplegados en este trabajo pueden ser abordados desde distintas posiciones sin que ninguna de ellas pueda posicionarse como la única completamente legítima.
Particularmente, consideramos que los autores seleccionados y utilizados en el presente trabajo para explicar y describir nuestra idea, han sido capaces de comprender algunas situaciones de la realidad política cotidiana –por ejemplo, el caso de los cambios bruscos en las épocas preelectorales–, las cuales hubieran sido poco entendibles si excluyéramos de su análisis la relación entre medios de comunicación–opinión pública–política.
Sin embargo, creemos pertinente esbozar lo planteado por Paul Lazarsfeld, un reconocido autor que se distancia de lo planteado en el presente trabajo. El propósito de su inclusión tiene que ver con nuestra necesidad de no ser deterministas en cuanto al fenómeno bosquejado anteriormente. Y, sobre todo, porque consideramos que la incorporación de variables y consideraciones diferentes enriquece el análisis y revitaliza la defensa de nuestra modesta tesis.
Lazarsfeld propone que, en realidad, durante el acto electoral los llamados "líderes de opinión" ejercen una influencia personal sobre muchos otros hombres y que los votantes se ajustan en su decisión al ambiente social creado por estos líderes, más que a lo que las imágenes o discursos de los mass–media les ofrecen. En esa misma línea, el autor intenta demostrar la existencia de un liderazgo horizontal de la opinión pública, quitándole mérito a los medios de comunicación. Al mismo tiempo, advierte que existen algunos individuos que son menos influenciables que otros. Si bien le concedemos este último punto a Lazersfeld, también es cierto que algunos ciudadanos –definidos, durante la campaña electoral, como los ‘indecisos’– están más abiertos al poder manipulador de los medios masivos. Por tal motivo, estamos convencidos de que los medios de comunicación son los principales encargados –aunque de ninguna manera los únicos– de construir aquello que se conoce como ‘opinión pública’.
Nuestra postura al respecto del fenómeno tratado se inclina hacia esta última posición. En la actualidad y como consecuencia del proceso de globalización cultural, los medios de comunicación a pasado de manos del Estado a ser propiedad de grandes grupos económicos. El interés de estos grupos en moldear la realidad social y la consiguiente opinión pública está ligado a la obtención de sus propios beneficios. En este sentido, estos grupos terminan influenciando, indirectamente, no sólo la agenda de los políticos que están en campaña sino también la de las actividades del Estado. Si adoptáramos la postura de Manuel Castells tendríamos que bajar los brazos y esperar, como dice él, a que los Estados Nacionales pierdan, por completo, la posibilidad de poder controlar, en cierta medida, a estos holdings comunicacionales . Es cierto que, al ser entidades privadas, estos grupos no son controlados por órganos gubernamentales –con la excepción del débil " control" que ejerce el COMFER– ni poseen restricciones al momento de expresar ciertas ideas con respecto a determinados temas (obviamente sin tener en cuenta las consecuencias que dichas posturas pueden llegar a potenciar.)
Sin embargo, (y más cercanos a la postura de David Held quien considera que la pelea entre la globalización informativa y los Estados Nacionales aún no está perdida) consideramos que, es necesario implementar cierta regulación estatal sobre estos grupos sin caer, obviamente, en la burda y facilista crypto que puede seguramente derivará en una grave amenaza a la práctica democrática
Es por esta razón que consideramos necesario (y ciertamente posible) implementar cuidadosas regulaciones estatales. Aunque no profundizaremos sobre el contenido de dichas regulaciones, sí diremos que en ellas se priorizará el objetivo de poner coto al poder de los medios de comunicación para manipular indirectamente, y a través de la opinión pública, a los funcionarios públicos y sus respectivas actividades. De ninguna manera, quisiéramos que estas regulaciones se tradujeran como una neo–censura a la libertad de prensa, sino nos referimos a una serie de normas que establezcan ciertos límites a la hora de la puesta en marcha de la maquinaria mediática. Si bien esto puede parecer descabellado, nuestra idea se asemeja, salvando las distancias, a un planteo que ya ha sido debatido en el ámbito público y que se ha convertido en ley. El antecedente al que nos remitimos es la prohibición a los medios de comunicación de dar a conocer anticipadamente los resultados de las elecciones, basándose en el sondeo " a boca de urna", antes de que se terminen de escrutar todas las mesas electorales. Se observa, de este modo, que la influencia de los medios en la opinión pública ha sido, incluso, objeto de discusión parlamentaria.
Sin embargo, a la par de lo anterior, también creemos importante que los ciudadanos reflexionen sobre el papel que están jugando en la relación analizada en el trabajo y tomen conciencia de que, en variadas ocasiones, el escenario social que se les muestra desde los mass–media no se corresponde con la realidad. En ese sentido, es necesario que las personas comiencen a conocer lo que verdaderamente está sucediendo en nuestro país –más allá de lo que difunden los medios, entendiendo por esto la posibilidad de participar en ONG’s, asambleas barriales, redes ciudadanas, centros culturales, etc.– y construyan nuevas demandas sociales más auténticas, que se correspondan con lo que ellos y su entorno social realmente necesitan, y que no vengan impuestas desde los medios masivos de comunicación.


Bibliografía citada
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