
¿Alguien más notó cuán torpe se volvió la gente por la calle? No estoy descubriendo la pólvora ni mucho menos, ya sé. Torpeza, como tal, hubo siempre. Aquí, allá, de una forma u otra, la torpeza ocupa un lugar de privilegio en la historia del hombre. Los votantes del kirchnerismo, el éxito de los reality shows, los libros de autoayuda, el psicoanálisis, la ecología, las corrientes orientalistas, la pasión por defender los derechos humanos de quienes no han hecho otra cosa que negarlos: índices irrefutables de torpeza. De Torpeza, así, con T mayúscula.
Estoy pensando en un tipo más empírico de torpeza, en el tipo de torpeza que prorrumpe tras una dislocación social provocada por el advenimiento de una nueva tecnología: el teléfono celular como principal causa de tropezones en la vía pública. Ya es imposible salir a dar un paseo sin cruzarse con algún orate que da un traspié por andar ensimismado con estos aparatitos. La mayoría de las veces acaban desparramados en el pavimento, o siendo auspiciosos, dando volteretas estrambóticas para evitar terminar con los dientes contra el suelo. El corolario suele ser un golpe o al menos el ridículo.
Este tipo de torpeza puede sorprender a los más desprevenidos, pero para algunos no es tan extraordinario. Sólo ha cambiado su raíz, la causa, el detonante.
He visto a gente tropezándose frente a mí toda la vida. Las personas que vienen en dirección contraria simplemente se tropiezan. No es un fenómeno particular, pero a la vez lo es. Un periodista amigo, FB, tiene una buena hipótesis: el aspecto. Hace unos años, en un escrito más o menos inédito, lo contaba así:
Cuando voy caminando por la calle, la gente que viene en sentido contrario suele tropezarse con algo real o imaginario y perder pie. Esto no lo noté ayer: lo vengo percibiendo desde hace más de veinte años, es un hecho comprobado. Con testigos inclusive. Es curioso, pero a un amigo le sucede igual, al menos así me lo dijo. Parece que somos varios con el mismo problema. O poder, según se lo mire. Pero no creo que se trate de un don sobrenatural ni mucho menos de habilidades telekinéticas, no. El tema es, en mi modesta opinión, el aspecto. Cuando era joven y tenía 19 años, el pelo largo y una campera de cuero negra que junto a otra ropa no menos negra y amenazante cubría mi metro ochenta, podía entender que la gente se inquietara o me arrojara galletitas en el afán de que no la mordiera. Hoy ya no me visto así y sin embargo el sorprendente fenómeno del tropezón sigue sucediendo, posiblemente por lo ridículo que luzco; en ambos casos, por miedo o asombro, la gente no mira donde pisa y se tropieza. Hoy me siento como un freak cuando pasa eso. ¿Fealdad o poder mental? Your choice.
A los 19 años yo también tenía pelo largo y campera de cuero negra junto a otra ropa no menos negra; agreguemos que superaba con comodidad el metro ochenta y sumaba todos los clichés de la imaginería punk antes de que fueran moneda corriente entre modelos y futbolistas millonarios. Hoy conservo la campera negra (sólo que en vez de cuero es de Zara), los borceguíes y poco más. El cabello, ya corto, sigue aguantando, aunque eventualmente una gorra ocupe las zonas que en algún futuro cercano ocuparán un peluquín, un implante o un pedazo de alfombra. Si tuviese que elegir la causa de los tropezones actuales, pongo las fichas en los casilleros de ridiculez o fealdad más que en cualquier otro. Sin embargo, el fenómeno de los celulares es diferente. Aquí no cuentan la ridiculez o la fealdad. Lo que cuenta es el despiste.
Algún filósofo de ésos que tienen mucho prestigio académico diría que la tecnología está empujando al ser hacia los límites de la existencia. No. Siguiendo la costumbre filosófica de darle aires importantes a sus conceptos sosos, lo escribiría en mayúsculas: la Tecnología empuja al Ser hacia los límites de la Existencia. Mejor aún, lo diría con alarmismo: ¡la Tecnología empuja al Ser hacia los límites de la Existencia! En cualquier barrio lo expresarían más claro: ¡despistados! Uno ya no puede pasar por ridículo frente al transeúnte con que se cruza, pues la atención del paseante está puesta por entero en su aparatito. Para él, uno es apenas un objeto más entre los árboles y los semáforos, parte del paisaje, aquello que se mira sin ver.
Hay estadísticas precisas en circulación (en este mundo tan moderno circulan estadísticas precisas sobre todo), pero el número de personas con teléfonos celulares es monstruoso. En Argentina, hay más celulares que personas. En cualquier sitio suena un celular: bares, salas de espera, aulas, teatros, trenes. En cualquier sitio hay algún salame con la vista perdida en su chirimbolito, enviando o recibiendo mensajes de texto, cambiando la melodía, sacándose fotos, apretando botones como si estuviera jugando al Atari 2600, observando su teléfono satisfecho de ser observado mientras observa ("Ay, ¿te gusta mi Blackberry? Esperá que me saco una foto y la pongo en Facebook" ) .
Retrofuturismo básico: más comunicación y menos contacto. En la calle todos hablan, pero pocos lo hacen entre sí, el teléfono celular domina la vida urbana y los tropezones son moneda corriente. Preguntas de comienzo de siglo: ¿Adónde iremos a parar? ¿Al piso?
Puede que sí, y de todas maneras no sería un problema. Sí es un problema cuando uno viaja en colectivo y observa al chofer hablando lo más pancho por teléfono; sí es un problema el alarmante aumento de accidentes automovilísticos a causa de conductores distraídos con la oreja pegada a su celular. Pero cuando se trata de un paseante que se tropieza con algo real o imaginario por andar absorto en su conversación telefónica, basta con exclamar un solidario “¡a joderse!”.
La preocupación por el bienestar del prójimo siempre tiene un límite. Si alguien se tropieza y se rompe los dientes por andar mirando lo que no debe, o por andar hablando sandeces donde no debe, la respuesta más pertinente es el democrático “¡a joderse!”. Es duro, como el piso, pero es así.
Los teléfonos celulares traen de todo. Pero hasta donde sé, no vienen con dentaduras postizas. Ya saben. Esas limitaciones de la tecnología.
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