Tomás, el piano, la escalera
Como el piano se encontraba en ese rincón oscuro del teatro, allí se encontraba Tomás. Ese piano desafinado y polvoriento del estilo de los que se encontraban en las viejas cantinas, cuadrado, hacia arriba y con teclas de marfíl del mas desafortunado elefante, que no habían sido tocadas desde la primer y única obra con música allá por el principio de los años 40, hasta la trágica muerte del pianista cayendo esos largos 10 metros en espiral por la escalera que llevan al teatro. Tomás preparado para tocar prelude in C minor BWV 999 - además de pronunciarlo en un torpe francés no tenia idea del significado de BWV y tiempo atrás lo confundía con una marca de motos - de Johan Sebastián Bach, con sus dedos fríos, flacos, torcidos y largos.
Sentado ya empieza… Todo marchaba bien, la música se escuchaba armoniosa, con ese gusto diferente del piano era perfecta, sublime, maravillosa, prodigiosa, fluida, parecía escrita por el mismísimo demonio (que allí se encontraba), ¡hermosa!... Hasta que un torpe movimiento del dedo anular derecho termina bruscamente con esa armonía y hace que el demonio huya avergonzado.
No quedaba otra… empezar nuevamente, pero antes debía hacer crujir su espalda, de los nervios.
Ahora si volvió a acariciar las teclas a la manera de Bach y su prelude. Todo volvió a ser armonioso, en un arrepentimiento repentino el demonio vuelve para escucharlo maravillado, ya iban mas de un minuto de esa gran composición y en ese momento el piano, testarudo tal vez por la demencia senil común a esa edad, decidió soltar la madera maciza y apaisada encargada de cubrir la conexión entre el pedal y las cuerdas dándole un fuerte golpe en las rodillas a Tomás que se limito a soltar un gran “¡larreput!” que el eco con gusto repitió en la inmensidad del teatro.
Y todo en silencio de nuevo, pero esta vez furioso, acomodó las maderas y se decidió a terminar el prelude, el maldito prelude, con la columna vertebral estallando en bronca. Puso los dedos mas arriba de los hombros, los hizo sonar y volvió a empezar, no importaba si se equivocaba, no importaba si el piano se caía a pedazos, no importaba si el demonio si iba o se quedaba, aunque estaba ahí… escuchando ya no tan deleitado. Tomás, seguía tocando esta vez pese a todo… hasta que… ¡hasta que nada! Cuando se quiso dar cuenta ya estaba cerca de los movimientos finales, no había escuchado nada de lo que toco, no había tocado nada de lo que escuchó (aparentemente) pero sí y ahora haría ese par de movimientos finales, vino el primero… y volvió a sentirse maravillado, inmerso en la música -tratando de no ahogarse- y tras unos segundos de resonancia soberbios toco la ultima nota… y allí estaba él… de vuelta en ese rincón oscuro donde estaba el piano del cual se ausento unos minutos, la ultima nota dejo de resonar y el demonio con un corto aplauso, solo por formalidad, prosiguió a retirarse después de esa interpretación nerviosa de Bach.
Tomas se levanta pensando en volver más seguido y así practicar más y más a Baj, a ese Baj que tanto lo complica y ese piano que parece no quererlo. Camina hacia la salida con la mirada perdida y el pensamiento profundo, y no tuvo tiempo de reaccionar cuando al fin debía bajar esos 10 metros de escalera.
