La construcción de la identidad de un organismo público no es menos compleja que la de una empresa privada. Sobre todo cuando uno de sus más preciados -y esquivos- atributos es la credibilidad, tal como pasa con la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP)*.
¡Ojala dependiera de una buena imagen de marca el funcionamiento de las instituciones!
Resulta que a la gente que maneja la comunicación de la AFIP se le ocurrió una idea: hacer un aviso de radio y TV para anunciar un nuevo Plan de Regularización Laboral cuyo objetivo es "blanquear" a la enorme masa de personas que trabaja "en negro" (es decir, que no cobra aportes previsionales ni tiene obra social).
Sin entrar en detalles de índole política, la idea, desde una lógica institucional y estratégica, es razonable.
El problema, como casi siempre, es el cómo.
Hay un empleador, con un perfil de pequeña o mediana empresa (no es un magnate pero tampoco tiene un quiosco) que, aparentemente, junto a su persona de Recursos Humanos y su contador tramita el blanqueo on-line de sus trabajadores quienes, vale decir, hasta ese instante, estaban ilegalmente remunerados por sus servicios.
El tipo, don Carlos, le pregunta a su encargado de RRHH "¿Hace cuánto entró Tito?" y luego de la respuesta (¿dependía de la antigüedad el blanqueo del pobre Tito?) presiona la tecla Enter, no sin antes esbozar una pequeña duda que se transforma en cierto envalentonamiento producto de algo parecido a "sí, esta vez voy a hacer lo correcto".
Lo verdaderamente perverso llega luego, cuando el dueño de la empresa se dirige a sus trabajadores, reunidos expresamente para escucharlo. Frente a ellos arranca a hablar con un suspenso que no tiene otro objetivo que el de preparar al auditorio para un despido en masa -cara de circunstancia, titubeos (buen actor, "don Carlos"- pero que troca en una sonrisa socarrona al anunciar que decidió blanquear a todos los que faltaba blanquear y que no lo había hecho antes para "no cerrar el boliche y porque las cosas estaban difíciles".
Los obreros, naturalmente, se relajan al ver que se disipa la omnipresente tormenta de la desocupación (lo cual le da el tinte de perversión al aviso, ya que todos sabemos que cuando un jefe da vueltas es porque se viene el palazo, trabajemos en el rubro en el que trabajemos...) y felicitan humilde, casi sumisamente, a don Carlos por su decisión, que no es otra que cumplir con la ley.
Luego del "brindis" la pregunta sería: "don Carlos ¿los aportes que me robó todo este tiempo, me los va a pagar?"
La cosa no termina acá. Ya con el público en el bolsillo, Don Carlos remata su speech con una frase increíble: "ahora está tudo bom, tudo legal", ¡Sí, en portugués! Y con un acento de "argento" veraneante en Florianópolis (vacaciones en parte financiadas con los aportes que se comió durante años)...
¿De qué mente arrevesada surgió que esa frase tan relajada y casi festiva, tan usada en el Brasil, pueda ser utilizada para algo tan indigno como reconocer institucionalmente -¿hay dudas de que quien enuncia es el Estado argentino?- la ilegalidad de un vínculo laboral que pareciera querer regularizase (no sin singulares beneficios para los empleadores, claro)?
¿No es un despropósito que se trate ¡desde el Estado! con tanta liviandad el respeto a los derechos de los trabajadores?
¿Cuál es el rol de la AFIP antes de este Plan de Regularización que tantas ventajas otorga a los empleadores que se decidan a ganar un poquito menos y pagar lo que corresponde?
A semejante desatino no hay marca ni normalización gráfica que lo resuelva.
En última instancia, esta es la manera en la que la AFIP y el Estado argentino entienden hoy la relación trabajador-empleador. A su vez, la reflejan claramente en este aviso que, desde su torpeza, es patéticamente honesto.