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El Discurso:
Autoridades, Sres. Padres, Docentes, Queridos chicos:
Hoy quiero hablar de las palabras. De las utopías que las palabras gestan; de la fuerza, de la vertiente incesante de historias que en ellas se condensan. Por ello, elijo pronunciarlo todo desde la posibilidad de la palabra dada. Inevitablemente pienso en ese gesto en el que tanto nos empeñamos –y a veces, por qué no, también nos equivocamos- como docentes y educadores y padres: el acto de darla, ofrecerla cediendo la propia, y a la vez, permitir que el Otro se pronuncie en ella, la reinvente y la resignifique…
Porque de eso se trata: humanizar el destino que elijan construir. La vida no es sino ofrecer fragmentos de uno mismo hechos de lenguaje, gestos y dones que nos otorgan completud ante el dolor, las pérdidas, los adioses…
Es en este presente que les pertenece y los abarca donde también la quietud y el silencio se amalgaman… Pero para nuestra suerte y la de Ustedes, existen y seguirán existiendo los sueños; aquellos que nos impulsan… Esos sueños, nunca callan…
Y es definitivamente maravilloso que ésto suceda, porque cuando el silencio se instala –en nosotros y en los otros, en las instituciones, en la casa, en la escuela, en la sociedad-, es muy difícil hacerlo salir; se parece a una suerte de materia congelada: la vida continúa por debajo, pero ya no somos capaces de oírla.
Quisiera compartir con todos Uds. un breve relato que habla de la vida, la infancia, las historias contadas, las pérdidas y el milagro de la palabra como puente y como escucha. Es la historia que un escritor, Paul Auster, relata sobre otro de escritor, Kafka:
“Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca que tiene la mitad de años que él, pero que, no obstante, es quien le infunde valor para salir de Praga. Su salud está tan deteriorada como lo está Berlín por aquel entonces.
Todas las tardes, Kafka sale de paseo por el parque. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Ël le pregunta qué le ocurre y ella contesta que ha perdido a su muñeca. Kafka se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle qué ha pasado.
“Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde el escritor. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, la he dejado en casa, pero mañana te la traigo” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar.
Kafka vuelve inmediatamente a su casa para escribir la carta. La situación requiere de un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; utópica, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción y de los afectos.
Al día siguiente vuelve apresuradamente al parque con el texto. La niña lo está esperando, y como aún no sabe leer, él lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero necesita salir y ver el mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiere a la niña, pero le hace falta un cambio de aire, y por tanto deben separarse por un tiempo. La muñeca promete, entonces, que le escribirá a su dueña todos los días.
Ahí es donde empieza la historia. Kafka cumple su compromiso durante tres semanas. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido sacrificando su tiempo para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida.
A lo largo de esos días, Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta. La muñeca crece, va al colegio, conoce a gente diferente. Sigue dando a la niña garantías de su cariño, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y que vuelven imposible su regreso.
Poco a poco, el escritor va preparando a la niña para el momento en el que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio y decide casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la boda en el campo, incluso la casa donde vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
Para entonces, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio…”
La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo suficientemente afortunada para vivir dentro de una historia querida y deseada, las penas de este mundo desaparecen… Son ustedes hoy, chicos y chicas, quienes tienen ya la historia. Allí está, al alcance de sus ojos y de sus manos. Y sólo basta con pensar en “El Normal”, para sentirse y hacernos sentir a todos desde una memoria que jamás, jamás logrará volverse silencio u olvido…

Franz Kafka
Paul Auster
Pd.: Dedicado a los amigos del