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El amor en los tiempos del Facebook

Offtopic8/21/2009


Hace unas semanas se conoció un estudio de la Universidad de Guelph, en Canadá, que concluyó que el 95% de los usuarios de Facebook se conecta para saber de la vida y obra de sus ex parejas. Está claro que siempre que aparecen estas noticias hay que desconfiar, pues cualquier investigación, aún la más palurda, adquiere una rotundidad sospechosa al convertirse en titular de periódico (mis favoritas son aquellas en las que se anuncia el descubrimiento de un gen de algo: de la violencia en las canchas, de la lectura, del amor, de la apreciación musical). Pero si uno lo piensa con cuidado, más allá del rigor sensacionalista del porcentaje, es cierto que Facebook se volvió una herramienta indispensable a la hora de ensayar espionajes conyugales y post conyugales de diversa índole. Es buena fuente de información, aunque la información, mal interpretada, sólo traiga dolores de cabeza e investigaciones universitarias reducidas a un título periodístico llamativo.

Sólo señalaré, al pasar y a modo de consejo práctico para las nuevas y viejas generaciones, algo que se viene repitiendo desde mucho antes de que las computadoras existieran: no espíes por la cerradura, no sea cosa que no te guste lo que veas.

Facebook, como toda tecnología que prorrumpe en la vida cotidiana, supone una gama muchísimo más amplia de pautas culturales. Y muchísimas de éstas, apenas son conocidas (si es que lo son) por los contemporáneos de tales prácticas. Por ejemplo, se estrenó una versión 2009 de 17 otra vez (17 again), una olvidable película en clave de comedia que cada cierta cantidad de años se reedita de una manera u otra: el adulto que se convierte en adolescente y debe volver a la secundaria. En una escena le daban una golpiza al protagonista y sus compañeros se ponían en ronda para grabar la pelea con sus celulares; al rato ya estaba en YouTube y circulando por toda la escuela.

Aunque hace 17 años que tuve 17 años, no vivo en una cajita de fósforos: escuché hablar del bullying, leí sobre la manera en que los adolescentes registran y distribuyen este tipo de encontronazos. Pero hay muchas cosas que sé que no sé, pautas de comportamiento específicas relacionadas con una tecnología determinada que desconozco. ¿Qué más se hace con un celular en la secundaria? ¿Sirven para machetearse? ¿Los celulares son blanco de escondidas y bromas pesadas? ¿Un chico y una chica de diferentes cursos se llaman de aula a aula? ¿Se mandan mensajitos enamoradizos? ¿Qué prácticas que hace diez años no existían se asumen, hoy, como cotidianas, corrientes, desapercibidas?


La iluminación llegó el 31 de diciembre de 1999. Recuerdo perfectamente la fecha pues eran las vísperas del fin del mundo. El Y2K estaba a punto de arrasar con la vida tal como la conocíamos. Los aviones empezarían a caerse, los satélites se estrellarían contra la Tierra, las tostadoras eléctricas morderían a los usuarios. Fue un fin de año glorioso.

Mi primo y yo esperábamos frente a mi computadora. En un momento se quejó del mouse. Le dije que sí, que se trababa, que tenía que cambiarlo (si había mundo luego de las doce). Me dijo que no, que sólo estaba sucio, que lo limpiara y listo. Y ese día, supongo que tardío, descubrí que un mouse se abría por abajo, se sacaba una bolillita y se le limpiaba la pelusa acumulada.

Y entonces llegó la revelación:

―¿En la escuela no se afanaban la bolillita en las clases de computación?

La respuesta era obviamente que no. Pertenezco a la generación que fue testigo del cambio tecnológico, que atravesó la barrera entre la vida cotidiana analógica y la vida cotidiana digital. En la escuela secundaria tuve clases de mecanografía y el método didáctico consistía en taparte las teclas con esmalte de uñas, para que estuvieras obligado a memorizar la ubicación de las letras. En las clases de computación aprendíamos Logo y Basic, hasta el último año, cuando llegó un inimaginable salto con las pantallas color ámbar, con el reinado de “El príncipe de Persia”. Así que no, en la escuela jamás le había afanado la bolillita al mouse. Y estimo que hoy tampoco nadie lo hace, pues ese tipo de mouse ya no se encuentra en las escuelas sino en los museos.

Facebook arrastra montones de estas prácticas. En los últimos meses escuché relatos cotidianos que bien podrían sostener ese 95% de los titulares de los periódicos. Desde mujeres quejándose de que su pareja tiene decenas de chicas busconas como “amigas” y no sabe quiénes son o de dónde salieron (¡esas chiruzas!), hasta hombres quejándose de que su pareja no tiene una lista de amigos sino un mural de trofeos que pasaron por su cama; escuché sobre gente que conoció amores vía Facebook y de otra gente que los perdió allí; oí sobre personas que se destaggearon de las fotos compartidas con sus antiguas pasiones y de otras que en actos simbólicos de melodramatismo borraron a sus medias naranjas de sus listados de amigos. Escuché a personas que explicaban que enviar la solicitud de amistad a alguien a quien quieren conquistar significa regalarse, y a otras diciendo que más vale demorar la aprobación de la solicitud para hacerse desear; oí historias de reproches, suspicacias y verdaderos trabajos detectivescos en base a una foto, un comentario o un rostro de Facebook.

¿Me quiere? ¿Por qué no comenta mi estado si me quiere? ¿Me toma en serio? ¿Por qué su “situación sentimental” dice “soltero” si está conmigo? Habrá que buscar respuestas en la Cosmopolitan. O leer en el diario que el Arzobispo Vincent Nichols, vocero de la Iglesia Católica en Inglaterra, señaló este mes que redes como Facebook podrían empujar a los adolescentes hacia el suicidio, al dañar sus relaciones íntimas y no ofrecerles lazos sociales fuertes. O recordar que las nuevas tecnologías (desde el auto hasta el telégrafo, pasando por el ICQ, el disco de vinilo, la radio o el cinematógrafo) engendran pautas culturales que modifican las relaciones entre las personas, su manera de entender el amor, el sexo, la confianza y quién sabe qué más.

El interrogante, en todo caso, está en ese “quién sabe qué más”.



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