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Puede ser mas barato matar que desvirgar a una chica

Offtopic8/26/2009
Me entero gracias a un reportaje televisivo que cuenta lo que hacen algunos para conseguir dinero. Parece ser que en España hay una amplia oferta de sicarios a los que se puede recurrir para que den una buena paliza a ese tipo que te molesta o te debe dinero e incluso para liquidarlo definitivamente. Están organizados empresarialmente y presumen de seriedad profesional; te garantizan que cometen el crimen con rapidez y eficacia, disfrazándolo de robo, violación o cualquier otro delito común, de modo que las sospechas no recaigan sobre el verdadero inductor. Los que gozan de mayor prestigio son los colombianos, con las “sedes sociales” en ese país pero sin ningún problema en coger un avión, presentarse aquí, matar y regresar o recurrir a sus “corresponsales” más o menos fijos en España. Según descubro curioseando en Internet (con cierta preocupación, no vaya a ser que esté alertando a los guardias civiles que hacen el seguimiento preventivo de estos tráficos en la red), las tarifas oscilan entre 10.000 y 20.000 euros. El asesinato de un ejecutivo barcelonés el pasado 9 de febrero, por ejemplo, costó 12.000 euros (aunque el criminal resultó no tener experiencia).




El asunto me dejó preocupado y con muy mal sabor de boca. Se presta, desde luego, a muchas reflexiones pero no son precisamente de las que te alegran el día, así que prefiero aparcarlo de momento. Distinta es, en cuanto a su gravedad, la cuestión de la subasta de “sus primeras veces” por jovencillas vírgenes. En el programa presentaban a una chica ecuatoriana de veintinueve años, residente en Valencia, que, debido a “necesidad económica acuciante”, ofrecía ser desvirgada por quien le pagase 300.000 €, ¡nada menos! Además detallaba cómo había de ser el encuentro. Acordada la transacción, acudiría con un amigo a un hotel; allí presentaría al comprador un certificado ginecológico de virginidad (¿se hacen?) y a su vez le exigiría a él otro de buena salud. Hecho el pago por adelantado (imagino que en efectivo), ambos subirían a la habitación en donde se llevaría a cabo la penetración, con preservativo y sin que admitiera caricias o besos. Sabía que lo iba a pasar muy mal porque para ella la virginidad es el mayor tesoro de una mujer y sólo se debe “entregar” por amor, pero es que estaba desesperada. Desde su ignorancia (y presunción) sexual, esta mujer debe pensar que un hombre (normal) puede bajarse los pantalones y meterla directamente, sin más, dar unas cuantas sacudidas e irse tan satisfecho por haber rasgado un himen. Pero, sobre todo, me maravilla que pretenda que le paguen tan exorbitante cantidad de dinero: lo que ganaría una oficinista durante veinte años en jornadas diarias de ocho horas. Visto desde la óptica del cliente, y consultada una página de anuncios sexuales en las que unas mujeres espectaculares cobran una media de 200 € la hora (tiempo suficiente para un polvo con bastantes más ingredientes que la mera penetración), la elección estaría entre gastarse 300.000 € en penetrar a “palo seco” a una inexperta muchacha, nada guapa y que, para colmo, tendría cara de sufrimiento (físico y moral) o repartir esa cantidad entre 1.500 putas (a una cada dos días, da para un maratón sexual de casi diez años) que seguro que saben hacérselo pasar bastante mejor en la cama, para eso son profesionales. Me parece increíble que haya hombres que, además de estar dispuestos a gastarse esa pasta en un ratito, prefieran la opción que ofrece la ecuatoriana.



En todo caso, esta muchacha no ha inventado nada. La “venta” de la virginidad es tan antigua como la ideología imperante desde siempre, esa que presupone unos valores y una concepción de la mujer (y del hombre) al servicio de la organización social en la que seguimos inmersos. En el fondo, el propio argumento del amor (a cambio del cual se entrega el preciado el tesoro) no es sino un disfraz perverso de la misma forma de pensar, por más bienintencionado que sea en cada chiquilla individual. Por eso, poner sobre la mesa, a las claras, la economía de la transacción tiene tanto efecto transgresor, ya que hace evidentes, sin disimulos, las falsedades del discurso moralista tradicional respecto a la virginidad. Al fin y al cabo, el matrimonio sigue siendo en muchos sitios (y lo era en todos hasta hace relativamente poco) la materialización del pago por la virginidad; en cuántos subconscientes masculinos, por muy modernos que se consideren, sigue presente el denigrante concepto de “mercancía usada”. Naturalmente, la ecuatoriana que vi en la tele el otro día no es ninguna transgresora, sino todo lo contrario: su argumentación se hunde hasta las raíces en la argumentación ideológica tradicional y de ella extrae la justificación económica de su sacrificio. Triste, por supuesto.




Sin perderme en discursos filosóficos baratos, e intentando en cambio que este blog mantenga un cierto contenido informativo, diré que la primera mujer que aprovechó Internet para ofrecer su virginidad fue una inglesita lesbiana de dieciocho años llamada Rosie Reid que dijo necesitar el dinero para costearse la universidad. Puso un anuncio en una web de subastas ("Estudiante universitaria de dieciocho años quiere vender su virginidad. No la ha perdido porque es lesbiana. Responderá si la oferta es buena. Fotografía disponible" y en los tres primeros días recibió más de cuatrocientas ofertas. Poco después, el 2 de marzo de 2004, a cambio de algo más de doce mil euros, Rosie se acostó en un hotel londinense con un ingeniero de 44 años; la experiencia, según relató, le resultó muy desagradable. Por cierto, la inglesa tuvo que hacer bastante más que dejarse penetrar y cobró veinticinco veces menos de lo que pretende la ecuatoriana de Valencia; aun así, me sigue pareciendo una pasada.




El revuelo mediático de esta historieta (difundida por uno de los más populares tabloides británicos), debió animar a Graciela Yataco, una limeña de dieciocho años, para publicar en 2005 un anuncio equivalente en un diario local. En este caso se trataba de una muchacha que llevaba trabajando como vendedora ambulante desde los ocho años y que era el único sostén económico de su familia ya que la madre estaba enferma; la motivación no eran los estudios sino escapar, al menos por un tiempo, de la pobreza. Inicialmente pidió unos 2.000 €, pero las pujas fueron subiendo rápidamente y enseguida declaró que el precio no sería inferior a 5.000 €. El escándalo en Perú fue mayúsculo, llegándose a convertir en una cuestión de dignidad nacional preservar la virginidad de esta chica. Al final las presiones (las más llamativas una popular presentadora de televisión y una congresista) lograron hacerla desistir, a cambio de una beca para estudiar computación y un carrito sanguchero, que es como se llaman los que usan los vendedores ambulantes en Lima. Renunció, según leo (y no creo), a la oferta de un canadiense que estaba dispuesto a pagar un millón y medio de dólares.

Pero en cuanto a precios desorbitados, la palma se la lleva una tal Natalie Dylan, seudónimo de una californiana de San Diego de 22 añitos que en septiembre pasado también inició mediante Internet la subasta por su virginidad. La chica está graduada en Estudios sobre la mujer por la universidad de Sacramento y quiere financiarse un master en terapias familiares y matrimoniales. Su formación le permite justificarse con argumentos “ideológicos” del tipo del carácter opresivo que históricamente conlleva la desfloración en nuestra sociedad machista y plantear su iniciativa como un “experimento sociológico”. Sin embargo, poco después declaró que la verdadera motivación era la pasta, pero al menos, en su caso, no parece haber ninguna excusa moralista. Tanto es así, que la chica no ha tenido reparo en usar como intermediario a una famoso burdel de Nevada, el Bunny Ranch, que se ocupa de publicitarla y donde presumiblemente se consumará el desvirgamiento. Así las cosas, las pujas iban subiendo hasta que en enero de 2009, un empresario australiano de 39 años, ofreció tres millones setecientos mil dólares. La cantidad debió parecerle suficiente a Natalie y proclamó que paraba la subasta (por cierto, me parece un poco tramposo eso de que el límite temporal no se sepa a priori). Pero, lamentablemente, la mujer del australiano se molestó (es que hay algunas) y el hombre hubo de retirar la oferta; Natalie, muy comprensiva, le devolvió los 250.000 $ que había depositado en reserva (requisito para aceptar la puja) y volvió a abrir la subasta. Por lo que he buscado, sigue abierta y no hay noticias de que haya aparecido una nueva oferta satisfactoria. Entre tanto, la chica ha adquirido mucha fama y supongo que habrá sabido rentabilizarla.




Ni que decir tiene que esas cantidades millonarias me resultan absolutamente inverosímiles; estamos hablando de diez veces más de lo que pretendía la ecuatoriana que vi en la tele. Sí es cierta, en cambio, la historia de Alina Percea, una rumana de 18 años residente en Alemania que hizo la misma oferta a través de Internet. La puja duró dos meses y aunque la chica pretendía conseguir 50.000 €, al final hubo de “concederse” por poco más de diez mil a un italiano de cuarenta y cinco años. El encuentro, por lo que ella misma cuenta, no estuvo nada mal: él le pagó un viaje a Venecia, pasearon por la ciudad y finalmente fueron a un hotel de lujo; allí se besaron y desnudaron mutuamente y consumaron la penetración (sin preservativo); luego durmieron y a la mañana siguiente, como una pareja feliz, desayunaron juntos. Alina, aunque sintió dolor, calificó la experiencia de muy agradable, si bien el dinero conseguido no alcanza para cubrir lo que pretendía. Los detalles de esta historia, en todo caso, me parecen más creíbles y, por tanto, relevantes como pautas de lo que puede llegar a ser un comportamiento repetido con cierta frecuencia. De entrada, el precio y el “servicio” entra dentro de los márgenes de la prostitución de lujo; digamos que puedo entender que haya a quien el morbo de desvirgar a una adolescente le compense lo mismo que acostarse con una modelo famosa, en unas condiciones suficientemente satisfactorias. Por el lado de la chica, se trata de una actitud desprovista de prejuicios moralistas pero, al mismo tiempo, asentada en el realismo, justo lo contrario de la ecuatoriana de Valencia. Es explicable que, en los términos descritos, ocurra en Europa y, en esa misma línea, que el fisco alemán le reclame a Alina el pago de impuestos por su transacción.

Naturalmente, que haya dicho que puedo entender el caso anterior no quiere decir que yo estuviera dispuesto a pagar diez mil euros por desvirgar a una cría. No sólo me parece demasiado dinero, sino que acostarme con una virgen no me atrae en absoluto. al contrario. Mientras me enteraba de todas estas historias me venían recuerdos de algunas experiencias personales que quizá reseñe en alguna otra ocasión (este post ya me ha salido muy largo). De lo que se trataba era de mostrar cómo funciona el mercado y de comparar los precios de dos tipos de servicios muy distintos entre sí; pienso que da para algunas reflexiones.



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