Flanders Mealworm es escritor y se encuentra en un dilema. No se decide a venderle su alma de escritor al diablo de la industria cinematográfica. Ganas no le faltan. Piensa: “No era descabellado plantearse la idea de hacer un breve paréntesis en mi serio trabajo de escritor para amasar unos ahorrillos con los que financiar mi Guerra y paz o mi Madame Bovary”.
El cuento se llama “Pluma de alquiler”, es de Woody Allen y está recogido en su colección Pura anarquía (Tusquets, 2007). Empieza así:
Se dice que Dostoievski escribía por dinero, para financiar su pasión por las ruletas de San Petersburgo. Faulkner y Fitzgerald también alquilaron su talento a magnates ex harapientos que inundaron el Jardín de Alá de plumíferos traídos al oeste para crear un sueño taquillero tras otro. Apócrifa o no, la tranquilizadora tradición del genio que hipoteca temporalmente su integridad retozó en mi corteza cerebral hace unos meses cuando sonó el teléfono mientras yo andaba perdido por mi apartamento intentando arrancarle a mi musa un tema digno para ese gran libro que algún día debo escribir.
El escritor Mealworm supone que lo buscan de Hollywood para adaptar a la pantalla grande alguna novela, quizás una novela suya. Está equivocado. El productor hollywoodense comienza la entrevista halagando su trabajo... de alguna manera.
―Quería comentarte que, la semana pasada, tu último libro captó la atención de mis ojos azules en una tienducha de pueblo. Para serte sincero, nunca había visto los saldos de un libro en la sección de leña para la chimenea. No es que lo leyera de cabo a rabo, pero las tres páginas que conseguí tragarme antes de entrar en estado de narcolepsia me indicaron que me encontraba ante uno de los más insignes maestros de la palabra desde Papá Hemingway.
Pero lo que el productor tiene para ofrecerle a Mealworm no es una adaptación sino una novelización.
―Si quiere que le diga la verdad ―dice el escritor―, es la primera vez que oigo hablar de novelizaciones. Lo mío es la literatura seria. Joyce, Kafka, Proust. En cuanto a mi primer libro, le diré que el director de la sección cultural de La Revista de los Barberos...
―Claro, no lo dudo ―retruca el productor hollywoodense―, pero, mientras tanto, todo Shakespeare tiene que comer si no quiere palmarla antes de crear su opus magna.
La conversación se interrumpe. Es Gabriel García Márquez al teléfono: no tiene más provisiones en la despensa y quiere saber cuándo llega su próximo encargo de novelizaciones.
Las novelizaciones surgen del último retorcijón propinado a una película taquillera para que gotee un poco más de dinero. Tras haber hecho secuelas, especiales para televisión, versiones musicales para el teatro, comics y muñequitos, tras haberla exprimido a fondo, siempre queda la opción de convertirla en novela.
“Ya sabes ―avisa el productor―, una edición de bolsillo estrictamente comercial, para lectores poco exigentes. Ya habrás visto la morralla que hay en las estanterías de los aeropuertos y las galerías comerciales”.
El escritor acepta a regañadientes, tentado por la idea de “amontonar suficiente plata para permitirme escribir otra obra maestra sin un principio de desnutrición”. El encargo es una novelización de Los tres chiflados. Avasallado por su ego, iluminado por la esperanza de convertir la novelización en un gran arte literario, satisfecho de comer todos los días, Mealworm se lo toma en serio. Anota:
El destartalado Ford se detuvo ante una granja desierta y de él salieron tres hombres. Tranquilamente y sin razón aparente, el hombre de pelo oscuro agarró la nariz del hombre calvo con la mano derecha y lentamente se la retorció trazando un amplio círculo en el sentido contrario a las agujas del reloj: un horrendo chirrido quebró el silencio de las Grandes Llanuras. “Sufrimos”, dijo el hombre de pelo oscuro. “¡Ay, la azarosa violencia de la existencia humana!”.
El cuento de Allen debe leerse en el contexto de uno de los tantos grandes lugares comunes que acosan el sobrevalorado mundo de la escritura: el papel colosal que muchos escritores colocan en el oficio que realizan. ¿”Integridad”? ¿”Literatura seria”? ¿Qué?
En la tercera entrada sobre “Cómo dibujar un cuadro”, en su novela Duma Key, libro fácil de hallar en aeropuertos y galerías comerciales, Stephen King anotó:
Debes tener hambre. Le funcionó a Miguel Ángel, le funcionó a Picasso, y le funciona a cientos de miles de artistas que no lo hacen por amor (aunque eso puede jugar su parte), sino para poner un plato de comida sobre la mesa. Si quieres interpretar el mundo, has de utilizar tus propios apetitos. ¿Esto te sorprende? No debería. No existe nada tan humano como el hambre. No existe la creación sin talento, eso te lo concedo, pero el talento es barato. El talento no se mendiga. El hambre es el pistón del arte.
El hambre es el pistón de toda actividad humana, y esto lo sabían tanto Karl Marx como J. A. Brillat-Savarin. La escritura no está fuera de las demás actividades humanas, no es su máxima expresión, ni siquiera una expresión particularmente importante. Los bodrios de este mundo, que en la “literatura seria” son legión, vienen en general de panzas llenas y bien atiborradas. Cuando alguien tiene hambre debe hacer un buen trabajo, pues la diferencia entre hacerlo bien y hacerlo mal es la diferencia entre comer y no comer. Hay algo en juego; se corre un riesgo.
Por eso el talento es barato y no se mendiga. Por eso el hambre podría lograr que una novelización de Los tres chiflados se convierta en una pieza prominente.
El hambre es el pistón de la vida.
Cuando hay hambre, hay algo en juego.
Fuente: javascript:void(0)
Otros post del gusto rockero amiguitos:
MAS POSTS TEMÁTICOS, DESCARGAS Y HUMOR ROCKERO HACIENDO CLICK EN LOS RAMONES
MAS POSTS TEMÁTICOS, DESCARGAS Y HUMOR ROCKERO HACIENDO CLICK EN LOS RAMONES