El reclamar “seguridad” a secas o el preocuparse por la “inseguridad” puede significar cosas muy diferentes. Bajo esa expresión, y entre otras cosas, cabe estar preocupado por:
a) la inseguridad de los niños “de la calle”, que limpian los vidrios de los autos o nos entretienen en los semáforos;
b) la inseguridad del ejército de desempleados, que carecen de los recursos mínimos para la subsistencia básica de ellos y de su familia;
c) la inseguridad de las personas que viven en asentamientos o “villas de emergencia”, privadas de los servicios básicos y del correspondiente título de propiedad sobre las parcelas que ocupan;
d) la inseguridad de las innumerables personas que trabajan “en negro” y que por ello no tienen acceso a los servicios de salud que brindan las obras sociales y ni a la posibilidad de obtener, algún día, la jubilación;
e) la inseguridad de las personas de escasos recursos por estar excluidas de la atención médica de alta complejidad o medicamentos de alto costo;
f) la inseguridad de los ancianos de familias de pocos recursos, quienes son amontonados en geriátricos de pésimas condiciones y que con alarmante regularidad se incendian o derrumban;
g) la inseguridad de las personas que se alimentan de basura, o que viven de manipularla manualmente en las calles o en los basurales;
h) la inseguridad de los que viven y duermen en las calles o plazas;
i) la inseguridad de los niños que, con desgraciada frecuencia, mueren en nuestro país por carecer de alimentación.
Por último también cabe el estar preocupados por la seguridad de las personas que viven en el Barrio Parque, los “countries” o son asaltadas.
Esta última preocupación es, obviamente, legítima; pero no debería haber dudas respecto de que, socialmente, la inseguridad aludida en los primeros nueve puntos es mucho más grave que la mencionada en último lugar.