Triunfo y tragedia
“La historia de la tuberculosis durante los últimos treinta años ha sido de triunfo y de tragedia: el triunfo de los científicos que encontraron la manera de controlar y, finalmente, erradicar la enfermedad, y la tragedia de que no se hayan aprovechado extensamente sus descubrimientos.”
—J. R. Bignall, 1982.
LA TUBERCULOSIS es una asesina ancestral. Ya afligía a los incas del Perú mucho antes de que los europeos llegaran a Sudamérica. Atacó a los egipcios en la época esplendorosa de los faraones. Escritos de tiempos remotos muestran que afectaba a nobles y plebeyos en las antiguas Babilonia, Grecia y China.
Desde el siglo XVIII hasta comienzos del siglo XX, la tuberculosis fue la principal causa de muerte en el mundo occidental. En 1882, el médico alemán Robert Koch anunció oficialmente el descubrimiento del bacilo que produce la enfermedad. Trece años después, Wilhelm Röntgen descubrió los rayos X, lo que hizo posible explorar los pulmones de sujetos vivos para detectar signos de lesiones tuberculosas. En 1921, dos científicos franceses crearon una vacuna contra la tuberculosis, llamada BCG (Bacilo de Calmette-Guérin) en honor de ambos. Hasta la fecha, es la única vacuna contra la enfermedad. No obstante, la tuberculosis sigue cobrándose un gran número de víctimas.
Por fin se encuentra la cura
Los médicos enviaban a los tuberculosos a los sanatorios, muchos de los cuales estaban situados en las montañas, donde los pacientes podían reposar y respirar aire puro. En 1944, unos médicos estadounidenses descubrieron la estreptomicina, el primer antibiótico que resultó efectivo contra esta afección. A este descubrimiento le siguió rápidamente el de otros medicamentos antituberculosos. Por fin los enfermos podían curarse, aun en su propia casa.
Las tasas de infección descendieron drásticamente, así que las perspectivas eran halagüeñas. Los sanatorios cerraron, y dejaron de suministrarse fondos para la investigación. Se abandonaron los programas de prevención, y los científicos y los médicos buscaron nuevos retos en el campo de la medicina.
Aunque la tuberculosis todavía causaba muchas muertes en el mundo en vías de desarrollo, la situación sin duda iba a mejorar. La tuberculosis era un problema del pasado. Así pensaba la gente, pero estaba equivocada.
Reaparición mortífera
A mediados de los años ochenta, la tuberculosis empezó a hacer una espantosa y mortífera reaparición. En abril de 1993, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el “estado de emergencia mundial” contra la tuberculosis, y añadió que “la enfermedad truncará más de treinta millones de vidas en la próxima década, a menos que se tomen medidas de inmediato para frenar su propagación”. Era la primera declaración de este tipo en la historia de la OMS.
Desde entonces, ninguna ‘medida inmediata’ ha detenido la propagación de la enfermedad. La situación, de hecho, ha empeorado. La OMS comunicó recientemente que en 1995 murieron más personas de tuberculosis que en cualquier otro año de la historia. La organización también advirtió que en los próximos cincuenta años podrían infectarse 500 millones de personas. Y en una cantidad creciente de casos se trataría de tuberculosis polifarmacorresistente, es decir, de cepas del bacilo resistentes a varios medicamentos.
¿A qué se debe el resurgimiento mortífero?
Una razón es que, durante los últimos veinte años, los programas de control de la tuberculosis se han malogrado o han desaparecido en muchas partes del mundo. La consecuencia ha sido retrasos en el diagnóstico y el tratamiento de los pacientes, lo que, a su vez, ha causado más fallecimientos y la propagación de la enfermedad.
Otra razón del resurgimiento de la tuberculosis es la cantidad creciente de personas pobres y desnutridas que viven en ciudades superpobladas, sobre todo en las megalópolis del mundo en vías de desarrollo. Aunque la enfermedad no afecta únicamente a los sectores pobres de la población —cualquiera puede contraerla—, las condiciones antihigiénicas y el hacinamiento facilitan su transmisión de persona a persona, además de aumentar las probabilidades de que el sistema inmunológico esté demasiado débil para combatir la enfermedad.
El VIH y la tuberculosis: problema doble
Uno de los problemas principales es que la tuberculosis ha formado una alianza letal con el VIH, el virus del sida. Del millón de personas que se calcula que fallecieron en 1995 por causas relacionadas con el sida, posiblemente una tercera parte murieron de tuberculosis. La razón es que el VIH debilita la capacidad del cuerpo para combatir la tuberculosis.
En la mayoría de las personas, la infección tuberculosa jamás prospera hasta convertirse en enfermedad. ¿Por qué? Porque los bacilos tuberculosos están encerrados en el interior de unas células llamadas macrófagos, de donde el sistema inmunológico, en particular los linfocitos T, o células T, les impiden escapar.
Los bacilos tuberculosos pueden compararse a cobras encerradas en cestas con tapas bien ajustadas. Las cestas son los macrófagos, y las tapas, las células T. No obstante, cuando el virus del sida se presenta en escena, destapa las cestas. Como consecuencia, los bacilos escapan, quedando libres para devastar cualquier parte del cuerpo.
Los enfermos de sida, por tanto, tienen muchas más probabilidades de desarrollar tuberculosis activa que los sujetos con un sistema inmunológico sano. “Las personas infectadas con el VIH son increíblemente propensas —dijo un especialista en tuberculosis que trabaja en Escocia—. Dos pacientes de sida de una clínica londinense contrajeron la enfermedad cuando por el pasillo en el que estaban sentados pasaron a un tuberculoso en camilla.”
Así pues, el sida ha contribuido al recrudecimiento de la tuberculosis. Se calcula que para el año 2000 la epidemia del sida habrá provocado 1.400.000 casos de tuberculosis que no se hubieran producido de otro modo. Un factor importante en la propagación de la tuberculosis es que no solo las víctimas de sida son muy propensas a la enfermedad, sino que también pueden transmitirla a otras personas, incluidas las que no tienen sida.
Tuberculosis polifarmacorresistente
Un factor final que dificulta la lucha antituberculosa es la aparición de cepas farmacorresistentes. Estas supercepas amenazan con convertir nuevamente la tuberculosis en una enfermedad incurable, tal como en la era anterior a los antibióticos.
Irónicamente, la causa principal de la tuberculosis polifarmacorresistente es la mala administración de los medicamentos antituberculosos. Para que el tratamiento sea efectivo, debe durar un mínimo de seis meses e incluir cuatro fármacos que han de tomarse con regularidad estricta. Los pacientes quizás deban tragar hasta doce pastillas diarias. Si no toman la medicación regularmente o no completan el tratamiento, pueden desarrollarse cepas de la tuberculosis difíciles o imposibles de destruir. Algunas cepas son resistentes a incluso siete de los medicamentos antituberculosos más utilizados.
Tratar a pacientes con tuberculosis polifarmacorresistente no solo es difícil, sino también caro. Puede resultar casi cien veces más costoso que tratar a otros enfermos de tuberculosis. En Estados Unidos, por ejemplo, la factura del tratamiento de un solo caso pudiera sobrepasar los 250.000 dólares.
La OMS calcula que hay 100 millones de personas en todo el mundo que están infectadas con cepas tuberculosas farmacorresistentes, algunas de las cuales no se curan con ningún medicamento antituberculoso conocido. Estas cepas letales son tan contagiosas como las más comunes.
Prevención y cura
¿Qué medidas se están adoptando para hacer frente a esta emergencia mundial? El mejor modo de controlar la enfermedad consiste en detectar y curar los casos infecciosos en una fase temprana. De esta forma se ayuda a los que ya están enfermos y se evita la transmisión a otras personas.
Cuando la tuberculosis se deja sin tratar, mata a más de la mitad de sus víctimas. Pero si se trata adecuadamente, es curable en prácticamente todos los casos, con tal de que no la haya causado una cepa resistente a varios fármacos.
Como hemos visto, para que el tratamiento sea efectivo los pacientes deben tomar toda la medicación prescrita. Pero a menudo no lo hacen. ¿Por qué? La tos, la fiebre y otros síntomas normalmente desaparecen unas cuantas semanas después de iniciar el tratamiento, de manera que muchos pacientes concluyen que ya están curados y dejan de tomar los medicamentos.
Para afrontar este problema, la OMS fomenta un programa llamado DOTS (siglas inglesas de “tratamiento breve bajo vigilancia directa”). Como lo indica su nombre, el método exige que los trabajadores de la salud supervisen a los pacientes para cerciorarse de que ingieran todas las dosis prescritas, al menos durante los primeros dos meses del tratamiento. No obstante, esto no siempre es fácil, pues muchos tuberculosos viven al margen de la sociedad. Puesto que a menudo llevan vidas desorganizadas y problemáticas —algunos ni siquiera tienen casa— es muy difícil comprobar que toman la medicación regularmente.
Así pues, ¿hay alguna posibilidad de que se elimine por fin esta plaga que azota a la humanidad?