No será gracias a las tapitas de Pepsi que los niños mendigos cenarán esta noche El segundo cajón de la cocina está lleno de tapitas de Pepsi. Mejor dicho: está lleno de inútiles tapitas de Pepsi. Hasta hace unos meses la bebida oficial de mi heladera era Coca Cola, pero de buenas a primeras, por esa obligación contemporánea de cambiar las mercancías que nos rodean bajo la premisa de que así cambiaremos nuestras vidas y seremos mucho más felices, traicioné a la cola inventada por John Pemberton y empecé a beber la cola inventada por Caleb Bradham. ¿El resultado? Un cajón lleno de inútiles tapitas de Pepsi. Digo “inútiles” porque la otra tarde leí un letrero en la vía pública donde se anunciaba la promoción de tres tapitas de Coca Cola + equis cantidad de plata = un frasco. En ese momento, de pie frente al cartel, comprendí que no soy una persona feliz y que acaso nunca lo sea. Tengo un cajón lleno de tapitas de Pepsi y ninguna de ellas sirve para obtener un frasco de Coca Cola. Es eso de que llueve sopa y uno tiene montones de tenedores en la mano, o que llueven churrascos y uno llenó de cucharas su segundo cajón de la cocina. Parafraseando a Pascal: la vida es una porquería, cuando lo pensamos detenidamente. Juntar tapitas de gaseosa para canjearlas por alguna mercancía generadora de felicidad es también una experiencia ambigua: la felicidad no se encuentra en las tapitas, sino que éstas son un medio para alcanzar esa felicidad. No tengo problemas con eso, y canjeo tapitas de gaseosas por premios desde que las tapitas eran chapitas: como consumidor, se puede pensar en una distancia folklórica entre la noble chapita de metal y la contemporánea tapita plástica a rosca. Con lo que sí tengo un problema, y uno bien grande, es con el canje de tapitas con fines benéficos: cuando juntar tapitas no significa que uno recibirá un tarro de la felicidad, sino que algún desdichado recibirá un pulmotor, una silla de ruedas o la vacuna contra el sarampión. Hay algo cruel en toda la propuesta. Hace unos años, escribiendo sobre leyendas urbanas, hoax y coke-lore, mencioné el caso de Craig Shergold, un niño moribundo que quiere recibir la mayor cantidad posible de tarjetas de saludo para figurar en el Libro Guinness de los Records (discutible último deseo, pero uno, que se piensa un buen tipo, no se pone a discutir el último deseo de un niño moribundo por más absurdo que le parezca). El hecho es que sí hubo un Craig Shergold, a quien en 1989, cuando tenía nueve años, le diagnosticaron un tumor cerebral terminal; tras su pedido, recibió 35 millones de tarjetas y en 1990 fue incorporado al libro Guiness. Años después la historia de Craig fue resucitada y el pedido circuló mediante mensajes electrónicos en cadena, a nombre de la fundación Make-A-Wish. La organización explica en su sitio web que se trata sólo de un embuste, que cada día recibe cientos de cartas para Craig y que todas van a parar a un centro de reciclado. También dice que Craig se recompuso y está vivito y coleando. El caso Craig Shergold es uno de los más citados, acaso por contarse entre los pioneros. Versiones similares de éste circulan a montones: si ingresa al sitio de determinada empresa, ésta donará tantos centavos a determinada causa (una intervención quirúrgica, una institución de bien público); si hace clic en determinado sitio o reenvía el mensaje a cierta cantidad de personas, la empresa donará un plato de comida a niños hambrientos. Y así. Comenté, en aquella ocasión, una impresión con la que todavía estoy de acuerdo: que no puedo imaginarme qué empresa sería tan diabólica como para hacer semejante propuesta. Un clic, un plato de comida; no hay clic, no hay plato de comida. Me imaginé a un niño hambriento ―con boina y tosiendo, estilo Charles Dickens en Navidad― con el plato vacío junto a una pantalla de computadora, esperando a que alguien haga clic. Y al cocinero ―gordo, sudoroso, velludo― diciéndole: “Lo siento, niño: no hay clic, no hay comida”. Recordé un clásico de la infancia suburbana: un millón de boletos de colectivo por una silla de ruedas. Anoté: Trabajo de campo, mito litúrgico de esta profesión: hago una pesquisa en la terminal de la línea 266, Lomas de Zamora, Gran Buenos Aires. Tras evasivas, insultos, huidas, juramentos, maldiciones gitanas y una larga etapa en la geertzeana fase “ráfaga de viento”, aplico la fórmula para un efectivo “hacer antropología” según Nigel Barley en El antropólogo inocente: parecer un imbécil inofensivo. Da resultado y obtengo el siguiente valiosísimo material etnográfico. YO: ¿Es verdad que juntando un millón de boletos la empresa regala una silla de ruedas? INFORMANTE: Sí. YO: ¿Está seguro? INFORMANTE: No. ¿Juntar tapitas o boletos para que una empresa entregue en donación un artículo que podría donar de todos modos? Toda la propuesta tiene una crueldad manifiesta. Por parafrasear, esta vez, a Johnny Rotten: la caridad de las tapitas de gaseosa son moneditas al lado del peso de la historia. Texto y fotos: Marcelo Pisarro Fuente:http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/archives/2009/11/no_sera_gracias_a_las_tapitas_de_pepsi_que_los_ninos_mendigos_cenaran_esta_noche.html Otros post del gusto rockero amiguitos: THERAPY? Y LA ESCALERA CARRERAS DE CUCARACHAS FLESH GORDON CONTRA EL PLANETA PORNO OWEN BROWN HEAVY A LOS 82 AÑOS THE ADICTS DVD-FULL CUANDO ME MORÍ ME LAVARON CON UNA MANGUERA EL SEXO DE LOS ROBOTS Y DEBBIE HARRY POST 666 ADIOS...PUTAS MADRES LOS OJOS DE GARY GILMORE MISFITS Y EL EJÉRCITO SIMBIONÉS EVARISTO PÁRAMOS I WANNA BE YOUR BOYFRIEND TOP 100 DISCOS PUNKS LA CAMPERA ROCKERA EL RASTAFARI PUNK PUNKY REGGAE PARTY PUNK, LA MUERTE JOVEN MI PRIMERA CAMISETA PUNK 8 AÑOS SIN JOEY GALLINA CONFORMISTA DE MIERDA RAMONES:LA REMERA YOO-HOO ST. 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