La vida está llena de buenos y malos momentos. Pero la inevitable e imparable máquina del tiempo nos trae diferentes sensaciones y experiencias. A cada cual le trae algo distinto. A muchos les trae certezas y verdades. A muchos otros el tiempo nos trae dudas y nos deja incertidumbres. Muchos de los que encuentran esas verdades –sus verdades- vienen desde el reino de la incertidumbre y están deseosos de agarrarse a alguna idea fija que de luz a su oscuridad o sentido a su vida: su verdad les da tranquilidad. A partir de ese momento, su vida gira alrededor de esa idea fundamental que por propia convicción o decisión se ha asentado en ellos, y tratan de vivir su vida conforme al contorno o dictado de esa idea, esto es, viven su vida conforme a la idea que tienen de ella. Por el contrario muchos de los que vivimos al lado de la duda y de la incertidumbre hemos hecho el viaje opuesto: oriundos de verdades ajenas que otros implantaron en su mente, un buen día descubren su propio camino hasta que desembocan en el mar de la tranquilidad: en esa segunda inocencia de que hablaba Machado. Como nada es absoluto para ellos, abandonan la búsqueda de tal idea y normalmente se vuelven tolerantes. Se conforman con el vivir cada pequeño detalle, con gozar de cada sorbo de buen vino, cada beso, cada mirada, cada flor, cada amanecer. Aprenden de la vida misma, que es su maestra; la vida les da su enseñanza, sin prejuicio alguno: el propio arte de vivir. ¿Es eso emotividad? Puede ser. Pero los años me lo han enseñado. De joven intentaba analizarlo y racionalizarlo todo, apenas disfrutaba de las cosas porque estaba demasiado ocupado en explicarme el por qué de esas cosas; pero con el tiempo y solo con el tiempo, se aprende que la vida no solo esta hecha para meditarla, por supuesto, sino sobre todo, para vivirla y gozar de los buenos momentos que te deja. No medites sobre una puesta de sol, sobre el beso del ser querido o sobre una buena tapa de jamón ibérico; siéntelo, gózalo, disfrútalo…es suficiente con eso. Yo no sé lo que hay antes ni después de esto y cada vez me interesa menos. Pero ¿sabes? Me quedo con la paz y la serenidad que te da ese abrazo de amigo y esa copa de vino compartida en buena compañía; con el color de esa puesta de sol, con esa buena partida de póker; con el dulce néctar de sus labios y el refugio de sus brazos y con todos esos pequeños momentos que tan dulce sabor le dan a la vida. Saludos.
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