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Sandro y el problema de la veracidad de la historia

Offtopic1/12/2010


Hace unos quince años, en la segunda mitad de la década de 1990, un amigo, Lord Faku, trabajaba en un almacén, que era un poco almacén, un poco kiosco, un poco fiambrería, un poco de todo.

El almacén estaba sobre la calle Matheu, casi llegando a la avenida Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires. Al frente, hacia el lado de la calle Moreno, estaba la pizzería (de hecho, allí sigue todavía). La llamábamos “la pizzería heavy”. Era la típica pizzería de barriada, chiquita, oscura, calurosa, mugrosa, frecuentada siempre por los mismos parroquianos con caras de haber caído en desgracia hacía añares. No había mesas, una tabla larga fijada a la pared hacía las veces de pequeña barra, un par de banquetas de madera arrimadas al mostrador invitaban a esperar el pedido o a liquidarlo allí mismo. Las ratas y las cucarachas no se veían, pero se intuían.

Algún transeúnte desprevenido pudo haber dicho que era un asco de pizzería, y no habría mucho para discutirle al respecto. Podría ponerse como atenuante, eso sí, que de ese horno salió la mejor “pizza de cancha” que haya conocido esta ciudad. Las comillas vienen al caso: lo que allí llamaban “pizza de cancha” no era la tradicional pizza de cancha (la masa con salsa de tomate, especias, sin queso) sino una suerte de calzone aporteñado. Y era una verdadera delicia.

Los fines de semana solíamos parar en esa pizzería antes de que nuestros huesos terminaran la noche en algún hoyo punk (por usar la expresión del ensayista mexicano Carlos Monsiváis). Una vez que Lord Faku cerraba el negocio, cruzábamos a la pizzería con unas cuantas botellas de cerveza que sacábamos de la heladera del almacén. Suerte de intercambio no contemplado ni en el potlatch ni en la kula: nosotros aportábamos la cerveza, los pizzeros aportaban la pizza, y así pasábamos el rato.


En la pizzería heavy confluía un heterogéneo grupo de personas (hombres, en su mayoría) cuyo único rasgo en común parecía ser, redundantemente, la confluencia en esa pizzería. Variaban las edades, los modos de socialización, los orígenes geográficos, las experiencias de vida, los horizontes de expectativas, cualquier cosa que pudiera tomarse como parámetro. Lo único que parecía unir a esos mundos disímiles e irreconciliables era la pizzería heavy.

Se hablaba de fútbol, de política, de mujeres y de programas de televisión; y por sobre todo, se hablaba de música. Acaso porque el momento de confluencia eran las noches de viernes o sábado, cuando la industria cultural dictamina que deben enfatizarse los estereotipos identitarios en los centros nocturnos de esparcimiento. Más colonia, más gomina, más tachas, más rímel, más lentejuelas, más brillo en los zapatos. Cada cual atiende su juego, pero el juego es el mismo.

Acaso por eso, porque la interacción en la pizzería heavy estaba signada por la actividad culturalmente determinada que le seguía, que consistía en la interacción en esos sitios donde la identidad y los estereotipos se desarrollan, afianzan y consagran, las discusiones musicales se volvían más tajantes: las diferencias y las similitudes tendían a acentuarse.

Los pibes que después partían para las bailantas de Once y Constitución, el pizzero que rememoraba las peñas de no sé qué provincia, los clientes viejos que bebían ginebra y hablaban sobre cantores de tango que sólo dos o tres enterados recuerdan, los extranjeros de tonos caribeños que se iban al salón de salsa, los que estaban con la marcha, los que íbamos al hoyo punk... Parecían mundos encontrados, las disputas y las bromas no tardaban en estallar. Pero en un punto todo se armonizaba: Sandro.

En la pared, detrás del mostrador, había un gran cuadro con la foto de Sandro. Y todos ―los del folklore, la bailanta, el tango, el punk, la salsa, la marcha o lo que sea― coincidíamos en Sandro. No sabría explicar las razones ―no lo sabía entonces, y no lo sé ahora―, pero son anécdotas como éstas las que, de algún modo, construyen la historia que se construye alrededor de personas como Sandro.

Aunque rebuscada, la tautología es intencionada: son historias que construyen historias. Que, por decirlo de otra manera, construyen discursividades.




Cuando alguien muere pensamos en el pasado, y ese pasado, pensado, suele estar cubierto por un velo de candidez, de simplicidades. Podría decirse que se trata, incluso, de alguna exigencia de género discursivo, una de las patas de su verosímil.

De todas las historias que se cuentan sobre Sandro, quizás la que más me gusta es la siguiente. Dicen que Sandro tenía una especial debilidad por los diccionarios etimológicos, que una buena parte de su biblioteca se completa con volúmenes enciclopédicos de esa disciplina académica. Una vez, en una librería, Sandro estaba husmeando los diccionarios dedicados al tema, que suelen ser bastante costosos. A su lado había otro cliente, mirando con mucha atención un tomo en particular, una edición importada y carísima. Preguntó el precio al vendedor, se le informó el valor, y el hombre lo dejó con gesto resignado.

Sandro, que miraba la escena, le preguntó al hombre si realmente le interesaba el libro. Claro, le dijo el hombre, pero no puedo pagarlo.

―¡Entonces usted no se va de la librería sin ese libro! ―dicen que dijo Sandro, solemne, antes de comprarle el diccionario costosísimo al hombre.

Es poco importante si esto sucedió realmente, o si sucedió algo parecido, o si jamás sucedió. Lo que interesa es que sucedió en la historia que se construyó sobre Sandro: es una historia que construye la historia.

Se puede ilustrar el mecanismo con un desvío.

A fines de 1966 se publicó El álbum de oro de Julio Sosa. El disco recopilaba las canciones más recordadas de la meteórica carrera de Julio Sosa, “el varón del tango”, quien había hecho sus primeras grabaciones como solista en 1961 y había fallecido en un accidente automovilístico en 1964. En la contratapa del disco, una persona sin identificar escribió un texto evocando al cantor; está fechado en Buenos Aires, el 26 de noviembre de 1966. Luego de un comentario sobre sus primeros registros para la CBS, en aquel momento todavía Columbia, el anónimo autor describió a Sosa como un gran humorista, un tipo que podía reírse de sí mismo, “rasgo raro en un artista”. Añadió en el párrafo siguiente:


Como casi todos los auténticos humoristas, Sosa era un hombre básicamente triste y de honda sensibilidad. Cuando grabó el tango “En esta tarde gris” lloró durante la grabación y cuando terminó, dijo: “Aunque no haya salido bien, no lo puedo repetir”.

Graba tus videos en con la Zx1

link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=sOyT8OtbMb4


No sé si esa historia fue cierta, pero cuando uno oye la interpretación de “En esta tarde gris” que Sosa grabó aquel 22 de febrero de 1963, entiende que la historia fue cierta en la música.

¿A quién le importa si Sandro realmente le regaló ese libro a ese hombre? De hecho, ¿a quién le importa si Sandro alguna vez entró a una librería? ¿O si sabía leer siquiera? Lo importante es que la anécdota fue real en el texto, en el mundo posible construido por discursos y discursividades.

No se necesita que las historias que construyen historias sean ciertas, no importa que en la pizzería heavy ya no haya ningún cuadro de Sandro o que la convivencia culturalmente forzada en torno a ese mostrador no haya sido tan pintoresca como podría llegar a sugerirse. Lo que interesa, a fin de cuentas, es que estas historias son ciertas en los textos.

Aunque sé que la gente no vuela, eso nunca me impidió disfrutar de los comics de Superman.

En el mundo de Superman, la gente vuela; en el mundo de Sosa, el varón del tango llora al interpretar "En esta tarde gris"; en el mundo de Sandro, el músico misterioso regala costosos diccionarios etimológicos a extraños y basta con su figura en una pizzería del infierno para aunar trayectorias culturalmente incompatibles.

Otro modo de construir discursividades.

Texto: Marcelo Pisarro




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