LOS SENOS
por Pablo Huneeus
Tal curiosidad tenía de chico por saber cómo son, que pasaba tardes enteras trajinando las doctas páginas de la “Enciclopaedia británica” en busca de uno al natural. Debí remontarme a las odaliscas del artista flamenco Paul Rubens (1577-1640) para admirarlos “in extenso”, de frente o perfil, con o sin lupa. Las únicas versiones modernas entonces eran las formidables protuberancias bajo el sweater de la actriz Marylin Monroe.
O bien pedaleaba cuadras y cuadras paseando una prima en bicicleta para mirarle el escote. Eran los tiempos de los sostenes Peter Pan con relleno y de los trajes de baño con armazón de alambre. No había cómo distinguir la ficción de la realidad.
Entre tanto festín mitológico, las gordas desnudas de los cuadros de Rubens bien podían ser invento de los dioses y los bultos de la Monroe bien podían ser puro relleno. Lo de la prima nunca se supo, creo que eran mitad deli¬cia, mitad engaño. Hasta que un día volviendo del colegio en un “Trolley Nº 7 Bilbao”, una mujer sentada al lado desenfunda uno y se lo enchufa a la guagua que llevaba. Fue una desilusión.
Un adolescente hoy no tiene tiempo de tener curiosidad, ni de sentir ilusión o desilusión ante el busto femenino. Cual erupción volcánica, los pechos explícitos arrasan con revistas, playas y televisores. Derribaron armazones de alambre, rebasaron los sostenes y traspasaron los géneros gruesos. Blusas transparentes y tangas apenas los cubren. Para donde uno mire ahora, ahí están ejerciendo su hipnótico llamamiento.
Incluso tiempo atrás, el pintor Luis Fernando Moro organizó una exposición de “Senografía” con cuadros y esculturas sobre el tema.
Sin embargo, por mucho que se avance en des¬cubrirlos, siempre hay un casi que falta y seguirá faltando. Cuando el inexorable “destape” produjo el traje de baño monokini, quedaron completamente al descubierto sobre la arena, saltando para todos lados al jugar voleibol las niñas. Las mujeres debieron volver a cubrirlos no para contenernos en su lugar, sino por miedo de que perdieran todo interés para los hombres.
La razón es que ocurrió masivamente lo que a mí en el trolley. Al quedar enteramente visibles, revelan su vera y sacra naturaleza de glándulas mamarias destinadas a la nutrición infantil.
Es necesario recubrirlos para que el espécimen macho de raza blanca, azuzado con testosterona, sienta ante ellos el misterio de Eros, el primero de los dioses, enseña Platón en su diálogo “El Banquete”. Así, insinuándose entre nubes del paraíso, el hombre cree que la magia de la montaña yace en su tamaño, lo que ha llevado a la floreciente y muy cruel industria de los implantes con jalea de silicona.
¿Para qué, si el libro es para la mano, no el estante? Esos demasiado grandes cuesta tomarlos y más leerlos, todo para terminar uno sin saber qué hacer con ellos ni dónde guardarlos.
Cuando la mano derecha suavemente abre la portada las cosas van bien. Pero cuando los de¬dos se enredan en el broche hasta que ella deba decir “no importa, yo lo abro”, la partida se perdió. El no importa, yo lo abro, es un reproche a nuestra torpeza, porque el sostén es una valla que debe saltarse con la finura de quien abre una caja de chocolates.
No va en el porte la delicia del bombón. Hay libros pequeños, cual breviario sacerdotal, que la madre nos da a leer antes que abramos los ojos. De sus páginas aprendemos el amor eterno.
