Caballeros, herbívoros y afeminados Leía, en la edición de Clarín del domingo, una columna de William Pesek, economista asociado con el multimedio de información financiera Bloomberg. La columna se titulaba: “¿La recesión alienta a los hombres herbívoros?”. Escribió Pesek: “Una pregunta surge cada vez con más frecuencia en las calles de Tokio: ¿Hombre o mujer? No es una exageración señalar que muchos jóvenes japoneses han cobrado un aspecto un poco afeminado. El fenómeno es una obsesión en los programas de entrevistas de la televisión, y podría tener aún más consecuencias en la mayor economía de Asia de lo que muchos suponen, pocas de ellas favorables. La comentarista japonesa Maki Fukasawa acuñó en el 2006 la palabra ‘herbívoros’ para describir a los hombres que comen pasto”. La observación es interesante. Que la salud de la fuerza laboral y de la economía japonesa esté en riesgo porque los jóvenes se han vuelto demasiado afeminados, porque pasan el día arreglándose el pelito y gastando fortunas en cremitas para el rostro, es una hipótesis sugestiva. Intelectualmente sugestiva. Que la columna haya sido publicada en el diario de mayor tirada del país, en el día de la semana en que su tirada es todavía mayor, lo hace aún más interesante. Pensaba en esto, hoy, mientras viajaba en Subte. Miraba a un pibe y una piba, sentados frente a mí. Tenían unos veinte años, un poco menos. Creo que ya alcancé esa edad en la que puedo observar a alguien quince años menor que yo y soltarle algún sermón acerca de cómo se hacían las cosas en mis tiempos. Esta vez no solté ningún sermón, pero observé a la pareja con suspicacia y un poco de rencor generacional. Hubo algo que me molestó. Primero pensé que me molestaba el pibe, sus movimientos herbívoros-afeminados, el efecto que tendrían sobre la economía y las finanzas y el bienestar general. Después pensé que me molestaba la indefinición estilística moderna de ambos (mismo peinado moderno, mismos pantalones modernos, mismos morrales modernos). Por fin, comprendí que lo que de veras me mosqueaba era el carácter unisex del vínculo que parecían estrechar. No exageraré sosteniendo que no se distinguían el pibe de la piba, pues mal que mal se distinguían, pero sí argumentaré que la base de su relación (según una mirada prejuiciosa de cinco minutos en el Subte) parecía demasiado “equilibrada”. La manifestación pública de los vínculos sociales entre el hombre y la mujer parecían licuados, ausentes. Parecían tener una relación herbívora. Retrocedí veinticinco años, volví a escuchar el tono de consternación de mis padres en la mesa familiar: “¡Hoy los jóvenes pagan a la romana!”. Volví al Subte y me imaginé al pibe, sentado en una mesa de bar junto a la piba, tomando la cuenta que el mozo le extiende, mirando qué consumió y pagando su parte. Pagando a la romana. Pagando como un herbívoro y no como un caballero. Es cierto que el pibe no hizo nada concreto, nada explícito, para merecer mi odio generacional. No sacó un espejo para peinarse, ni se decidió a maquillarse, ni empezó a bailotear como los Village People (digan lo que digan los agoreros y los sordos, “YMCA” es un clásico inoxidable). Igual me encabroné. Acaso por meras razones de camaradería masculina, o quizás por cuidar la economía nacional, quise sopapearlo y gritarle: “¡Sentate derecho! ¡No muevas tanto las manos! ¡Cortate el pelo! ¡Comportate como un hombre, carajo!”. No dije nada. Tampoco hay que ser un cavernícola. En un momento se pusieron de pie para descender del vagón. Aquí venía la contrastación empírica de mis sospechas. Existen reglas. Se las conoce y se las sigue, o no. Cuando un hombre y una mujer van a bajar del subterráneo metropolitano (aplíquese también al tren), tienen dos alternativas. Si en el andén se ve una muchedumbre de personas desesperadas por subir al vagón del que uno pretende bajar, el hombre desciende primero a modo de ariete y la dama lo sigue, evitando los topetazos y empujones gracias a la presencia del primero. Si en el andén no hay personas esperando ascender, entonces se siguen las reglas de caballerosidad usuales: las damas primero. El subte se detuvo. El andén estaba vacío. Bajó primero el pibe. Quise sopapearlo. Maldito herbívoro. La caballerosidad es un conjunto de comportamientos altamente ritualizados en relación a cómo un hombre debe comportarse con una mujer. Como todo conjunto de comportamientos, la caballerosidad es arbitraria e histórica, si por eso se entiende que son reglas que pudieron haber sido de una manera o de otra, que están en permanente transformación y cambio. A mí me agradan las reglas de caballerosidad. Me socializaron de esa manera, y cuando crecí y pude hacer mi propia elección, presté especial atención a estas pautas de comportamiento. Me gusta abrirle y cerrarle la puerta a la dama. Tomarle la mano cuando desciende de un vehículo o escalinata. Pagar las cuentas en los centros de entretenimiento o dispendio de alimentos. Ceder el asiento en el transporte público. Ponerse de pie para saludar, ponerse de pie cuando la mujer se pone de pie. Ofrecer el paraguas en los días de lluvia, el abrigo en los días de frío. Regalar flores. Elogiar un vestido. Recordar aniversarios, celebraciones o fechas importantes. Acompañar hasta la puerta. Todo eso. No se crea que es tan sencillo. Comportarse como un caballero va perdiendo, progresivamente, todo atisbo de legitimidad social. Una airada feminista con la que estudié, hace años, me explicó que la única razón por la que los hombres dejan pasar primero a las damas es para mirarles el trasero. Otra airada feminista, en esa misma época, explicó que se deja pasar primero a la mujer en caso de que haya algún peligro, pues la mujer es sacrificable. Quedé atónito. ¿Es tan terrible abrir la puerta, sonreír y dejar que la dama pase primero? ¿Marchamos hacia la herborización de la sociedad? ¿Qué será de nuestra economía? ¿Y de nuestras reglas de cortesía? Hace unos años, el ensayista Paul Johnson escribió: La última vez que le ofrecí el asiento a una dama en el metro, recibí una lección en teoría feminista. El metro es un lugar bastante tenso en la actualidad, y todas las reglas han cambiado. Una grande dame que conozco dice que, si ve un negro sentado a solas en un autobús, se sienta al lado para demostrar buena voluntad. “Pero ―añade dulcemente― ese gesto se presta a malos entendidos”. Sé a qué se refiere. Cuando yo era estudiante, nos visitó un potentado ―creo que sir Stafford Cripps― que observó: “Un caballero siempre es cortés con la mujer más fea de la sala”. He seguido este consejo de forma intermitente. Recientemente, en una reunión en casa de lord Weidenfeld, localicé a una probable candidata a quien apenas conocía: una mujer de rostro demacrado, con un torso de maniquí. Me senté junto a ella y fui cortés. Resultó ser una periodista especializada en chismes y, al no tener con qué llenar su espacio, escribió que yo tenía designios para su virtud. ¡Dios! ¿Qué es esto? ¿La última fantasmagoría en corrección política: violación de sobremesa? Llámenme dinosaurio si así lo desean. Pero entre ser un dinosaurio y ser un herbívoro, prefiero lo primero. Prefiero ceder el asiento, prefiero ser cortés con la mujer más fea de la sala. Siempre y cuando uno pueda establecer si está hablando con un hombre o con una mujer. Con los jóvenes de hoy ya no se sabe. El Ministerio de Economía debería mediar en el asunto. Hace cuarenta años, el antropólogo Edmund Leach observó: “En cada generación, los fallos particulares de la sociedad se reflejan en la forma en que el ortodoxo tiende a asignar las culpas. Antes de la última guerra mucha gente próspera daba por sentado que los causantes de las crisis económicas eran los sin empleo, de los que se decía que ‘vivían ociosamente de la limosna’. Hoy día, nuestro fracaso en la creación de un mundo adaptado a las necesidades de vida de los jóvenes se traduce en una feroz hostilidad hacia los mismos jóvenes; se les considera culpables de la situación que les ha creado”. Ya se sabe: los muchachos de antes no usaban Gomina. Fuente:http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/archives/2009/07/caballeros_herbivoros_y_afeminados.html#more Otros post del gusto rockero amiguitos: LOS OJOS DE GARY GILMORE MISFITS Y EL EJÉRCITO SIMBIONÉS EVARISTO PÁRAMOS I WANNA BE YOUR BOYFRIEND TOP 100 DISCOS PUNKS LA CAMPERA ROCKERA EL RASTAFARI PUNK PUNKY REGGAE PARTY PUNK, LA MUERTE JOVEN MI PRIMERA CAMISETA PUNK 8 AÑOS SIN JOEY GALLINA CONFORMISTA DE MIERDA RAMONES:LA REMERA YOO-HOO LA VENGANZA DE LOS PUNKS (POST 300) SI YO SOY ASÍ... ST. PAULI, FUTBOL, PUNK Y ANTIFASCISMO ESTA MAQUINA MATA FASCISTAS LA CANCIÓN DEL SUICIDIO COMO VIVE LEMMY DE MOTÖRHEAD? WENDY O. WILLIAMS, UNA MINA DURA PUNK Y CULTURA (LA CULTURA CONTRA EL HOMBRE) HEY HO LET´S GO! EL RECITAL MAS CORTO DE LA HISTORIA EL RECITAL MAS LARGO DE LA HISTORIA MAS POSTS TEMÁTICOS, DESCARGAS Y HUMOR ROCKERO HACIENDO CLICK EN LOS RAMONES
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