InicioOfftopicEstudio zoológico del ser humano: el sexo (I)
El Mono Desnudo, por Demond Morris CAPÍTULO 2 SEXO Sexualmente, el mono desnudo se encuentra hoy en día en una situación un tanto confusa. Como primate, es impulsado en una dirección; como carnívoro por adopción, es impulsado en otra, y, como miembro de una complicada comunidad civilizada, lo es incluso en otra. Para empezar, debe todas sus cualidades sexuales básicas a su antepasado el mono de los bosques, comedor de frutos. Estas características fueron después drásticamente modificadas para adaptarlas a su vida de cazador en campo abierto. Esto era bastante difícil, pero, a continuación, tuvo que adaptarse al rápido desarrollo de una estructura social crecientemente compleja y determinada por la cultura. El primero de estos cambios, de comedor de frutos sexual a cazador sexual, fue realizado en un período de tiempo relativamente largo y con éxito aceptable. El segundo cambio fue menos afortunado. Se produjo con demasiada rapidez y tuvo que depender de la inteligencia y de la aplicación de una sujeción aprendida, más que de modificaciones biológicas fundadas en la selección natural. Podríamos decir que, más que moldear la civilización el moderno comportamiento sexual, ha sido el comportamiento sexual el que ha dado forma a la civilización. Si esta declaración parece demasiado rotunda, permítanme exponer primero el caso, para volver a argumentar al final de este capítulo. En primer lugar, tenemos que establecer con exactitud la manera en que se comporta actualmente el mono desnudo en el terreno sexual. Esto no es tan sencillo como parece, debido a la gran variedad que existe en y entre las sociedades. La única solución es sacar a colación el término medio, tomándolo de numerosos ejemplos de las sociedades más adelantadas. Podemos prescindir, en términos generales, de las sociedades reducidas, atrasadas y poco florecientes. Estas pueden tener costumbres sexuales extrañas y curiosas, pero, biológicamente hablando, no representan la corriente principal de la evolución. Es muy posible que su raro comportamiento sexual haya contribuido a su fracaso biológico como grupos sociales. La mayor parte de la información detallada que tenemos que nuestra disposición proviene de numerosos y fatigosos estudios realizados en años recientes en Norteamérica y fundados principalmente en su cultura. Afortunadamente, es una cultura biológicamente amplísima y floreciente, y puede ser tomada, sin miedo de distorsión, por representativa del moderno mono desnudo. El comportamiento sexual pasa, en nuestra especie, por tres fases características: formación de la pareja, actividad precopulativa, y cópula, en general, pero no siempre por este mismo orden. La fase de formación de la pareja, normalmente llamada galanteo, es notablemente prolongada, a escala animal, y con frecuencia dura semanas e incluso meses. Como ocurre en muchas otras especies, se caracteriza por un comportamiento experimental y ambivalente, que implica conflictos entre el miedo, la agresión y la atracción sexual. El nerviosismo y la vacilación disminuyen poco a poco si las mutuas señales sexuales son lo bastante fuertes. Estas comprenden expresiones faciales complejas, actividades del cuerpo y manifestaciones verbales. Estas últimas abarcan las señales sonoras especializadas y simbolizadas del lenguaje, pero, y esto es igualmente importante, ofrecen al miembro del sexo opuesto un tono de expresión distinto. Con frecuencia se dice de las parejas de novios que «murmuran dulces tonterías», y esta fase compendia claramente el significado del tono de la voz, en contraste con lo que se habla. Después de las fases iniciales de exhibición visual y vocal, se realizan contactos corporales. Estos acompañan generalmente a la locomoción, que aumenta ahora considerablemente cuando la pareja está junta. Los contactos de las manos y los brazos van seguidos de los de la boca a cara y de boca a boca. Se producen besuqueos mutuos, ya en posición estática, ya durante la locomoción. Con frecuencia vemos súbitas carreras, persecuciones, saltos y pasos de baile, y pueden también reaparecer las manifestaciones infantiles. Gran parte de esta fase de formación de la pareja puede desarrollarse en público, pero cuando se pasa a la fase precopulativa se busca la soledad, y las sucesivas formas de comportamiento se producen, en lo posible, aisladamente de los otros miembros de la especie. En la fase precopulativa aumenta de manera chocante la adopción de la posición horizontal. Los contactos entre los cuerpos aumentan de intensidad y duración. Las posiciones poco intensas de costado dan progresivamente paso a los contacto cara a cara de gran intensidad. Estas posiciones pueden mantenerse durante muchos minutos o incluso varias horas, mientras las señales visuales y vocales pierden gradualmente importancia y se hacen más frecuentes las señales táctiles. Estas comprenden pequeños movimientos y variadas presiones de todas las partes del cuerpo, pero particularmente de los dedos, manos, labios y lengua. La pareja se despoja total o parcialmente de la ropa y el estímulo táctil de piel a piel es aumentado en una zona lo mayor posible. Durante esta fase, los contactos boca a boca alcanzan su mayor frecuencia y duración, y la presión ejercida por los labios varía desde una suavidad extrema a una extrema violencia. Durante las respuestas de alta intensidad, los labios se separan y la lengua se introduce en la boca del compañero. Los movimientos activos de la lengua sirven para estimular la piel sensible del interior de la boca. Los labios y la lengua se aplican también a otras muchas zonas del cuerpo del compañero, especialmente a los lóbulos de las orejas, el cuello y los órganos genitales. El macho presta atención particular a los senos y los pezones de la hembra, y el contacto de los labios y la lengua se convierten en más complicados lametones y chupetones. Una vez establecido el contacto, los órganos genitales del compañero pueden ser también objeto de acciones de esta clase. Cuando se produce esto, el macho suele concentrarse principalmente en el clítoris de la hembra, y la hembra en el pene del macho, aunque en ambos casos se abarcan otras zonas. Además del beso y de las acciones de lamer y de chupar, la boca se aplica también a diversas regiones del cuerpo del compañero en una acción de morder, de intesidad variable. En general, esto se limita a suaves mordiscos de la piel, o a débiles pellizcos, pero a veces, puede convertirse en violentas e incluso dolorosas mordeduras. Mezcladas con los estímulos vocales del cuerpo del compañero, y frecuentemente acompañándolos, se produce una abundante manipulación de la piel. Las manos y los dedos también exploran toda la superficie del cuerpo, pero especialmente la parte delantera y, cuando la intensidad es mayor, las nalgas y la región genital. Como en los contactos orales, el macho presta atención particular a los senos y pezones de la hembra. En su movimiento, los dedos golpean y acarician, repetidamente. De vez en cuando, agarran con fuerza, hasta el punto de que las uñas pueden hundirse profundamente en la carne. La hembra puede asir el pene del macho o sacudirlo rítmicamente, simulando los movimientos de la cópula, y el macho estimula los órganos genitales de la hembra, particularmente el clítoris, de modo parecido y frecuentemente con movimientos rítmicos. Además de estos contactos de la boca, de las manos y del cuerpo en general, existe también una tendencia, en los momentos más intensos de actividad precopulativa, a frotar rítmicamente el sexo sobre el cuerpo del compañero. Se producen también muchas contorsiones y entrelazamientos de brazos y piernas, en ocasionales y fuertes contracciones musculares, de manera que el cuerpo experimenta una enorme tensión, seguida de relajamiento. Estos, son, pues, los estímulos sexuales practicados en el compañero durante los arranques de actividad precopulativa, y que producen una excitación fisiológica sexual suficiente para que se produzca la cópula. Esta empieza con la inserción del pene del macho en la vagina de la hembra. Ordinariamente, se realiza cara a cara, con el macho sobre la hembra, ambos en posición horizontal y teniendo la hembra las piernas separadas. Existen muchas variaciones en esta posición, según veremos más adelante; pero ésta es la más sencilla y la más típica. Después, el macho inicia una serie de rítmicos empujes de la pelvis. Estos pueden variar considerablemente en fuerza y rapidez, pero, si no hay ningún impedimento, suelen ser rápidos y muy penetrantes. En el curso de la cópula, hay una tendencia a reducir los contactos orales y manuales, o, al menos, a reducir su sutileza y complejidad. Sin embargo, estas formas ahora subsidiarias de estímulo mutuo prosiguen en cierto modo durante la mayor parte de las secuencias de la cópula. La fase copulativa es típicamente mucho más breve que la precopulativa. En la mayoría de los casos, y a menos que emplee tácticas dilatorias, el macho llega al momento de la eyaculación en pocos minutos. Otras hembras primates no parecen llegar a una culminación del episodio sexual; en cambio, la hembra del mono desnudo constituye una excepción a este respecto. Si el macho sigue copulando durante largo rato, también la hembra alcanza un momento de consumación, una experiencia orgásmica explosiva, tan violenta y liberadora de la tensión como la del macho, y fisiológicamente idéntica, salvo la única y natural excepción de la evacuación de esperma. Algunas hembras pueden llegar muy pronto a este momento, mientras que otras no llegan en absoluto; pero, en general, se alcanza entre los diez y los veinte minutos del comienzo de la cópula. Es raro que exista esta discrepancia entre el macho y la hembra en lo que atañe al tiempo requerido para alcanzar el clímax sexual y el alivio a la tensión. Es éste un asunto que habremos de examinar con mayor detalle más adelante, cuando estudiemos la significación funcional de las diversas pautas sexuales. Bástenos decir aquí que el macho puede superar el factor tiempo y provocar el orgasmo de la hembra prolongando y agudizando los estímulos precopulativos, de modo que ella se encuentre ya fuertemente excitada antes de la penetración del pene, o bien empleando tácticas inhibitorias durante la cópula, a fin de retrasar el propio orgasmo, o prosiguiendo la cópula inmediatamente después de la eyaculación y antes de que cese la erección, o tomándose un poco de descanso y copulando por segunda vez. En este último caso, su debilitado impulso sexual hará que, automáticamente, tarde más tiempo en alcanzar el suyo. Cuando ambos partícipes han experimentado el orgasmo, sigue normalmente un considerable período de agotamiento, de relajamiento, de descanso y, con frecuencia, de sueño. De los estímulos sexuales debemos pasar ahora a las respuestas sexuales. ¿Cómo responde el cuerpo al estímulo intensivo? En ambos sexos se producen considerables aumentos de las pulsaciones, de la presión sanguínea y de la respiración. Estos cambios empiezan durante las actividades precopulatorias y alcanzan su máximo en el momento de la consumación. El número de pulsaciones, que normalmente es de 70 a 80 por minuto, se eleva a 90 ó 100 durante las primeras fases de la actividad intensa y llega hasta 150 en el orgasmo. La presión sanguínea, que empieza aproximadamente en 120, se eleva a 200 e incluso a 250 en el momento del clímax sexual. La respiración se hace más profunda y más rápida, y, al acercarse el momento del orgasmo, se convierte en un prolongado jadeo, a menudo acompañado de rítmicos gemidos o gruñidos. Al final, el rostro puede estar contraído, con la boca muy abierta y dilatadas las ventanas de la nariz, a la manera de los atletas en su máximo esfuerzo o de las personas a quienes les falta el aire. Otro cambio importante que se produce durante la actividad sexual es una drástica mutación en la distribución de la sangre, desde las regiones más profundas a las zonas superficiales del cuerpo. Esta acumulación de sangre adicional en la piel tiene numerosas y chocantes consecuencias. No sólo es causa de que el cuerpo resulte más caliente al tacto -color o fuego sexual-, sino que produce ciertos cambios específicos en numerosas zonas particulares. Durante una intensa actividad, aparece un característico rubor sexual. Este se presenta corrientemente en la hembra; empieza en la región de piel que cubre el estómago y la parte superior del abdomen, se extiende a la parte alta del pecho, después a los lados y región media de los senos y, por último, a la parte inferior de éstos. También la cara y el cuello pueden verse afectados. En hembras muy sensibles, puede extenderse también al bajo vientre, a los hombros, a los codos y, con el orgasmo, a los muslos, a las nalgas y a la espalda. En ciertos casos, puede cubrir casi toda la superficie del cuerpo. Ha sido descrito como una especie de ataque de sarampión y resulta ser una señal óptica sexual. Ocurre también, aunque más raramente, en el macho, empezando igualmente por la región superior del abdomen y extendiéndose al pecho y, después, al cuello y a la cara. En ocasiones, cubre los hombros, los antebrazos y los muslos. Una vez producido el orgasmo, el rubor sexual desaparece rápidamente, siguiendo el orden inverso a su aparición. Además del rubor sexual y de una vasodilatación general, existe también una marcada vasocongestión en varios órganos dilatables. Esta congestión sanguínea es producida por las arterias, que vierten sangre en estos órganos más de prisa de lo que tardan las venas en extraerla. Esta condición puede mantenerse durante largo tiempo porque la propia hinchazón de los vasos sanguíneos en dichos órganos contribuye a cerrar las venas que pretenden llevarse la sangre. Esto ocurre en los labios, la nariz, los lóbulos de las orejas, los pezones y los órganos genitales de ambos sexos, y también en los senos de la hembra. Los labios se hinchan, enrojecen y sobresalen más que en cualquier otro momento. Las partes blandas de la nariz se hinchan y las ventanas se dilatan. Los pezones aumentan de tamaño y se ponen erectos en ambos sexos, pero más en la hembra. (Esto no se debe sólo a la vasocongestión, sino también a la contracción del músculo del pezón.) La longitud del pezón de la hembra llega a aumentar un centímetro, y su diámetro hasta medio centímetro. La región circular de piel pigmentada que rodea los pezones también se hincha y toma un color más vivo en la hembra, pero no en el macho. Los senos de la hembra muestran igualmente un significativo aumento de tamaño. Cuando se ha alcanzado el orgasmo, el seno de la hembra habrá aumentado, por término medio, hasta un 25 por ciento de sus dimensiones normales. Se hace más firme, más redondeado y más protuberante. Los órganos genitales de ambos sexos experimentan considerables cambios en los períodos de excitación. Las paredes vaginales de la hembra sufren una intensa vasocongestión que origina la rápida lubricación del tubo vaginal. En algunos casos, esto puede ocurrir a los pocos segundos de empezar la actividad precopulativa. Hay también alargamiento y distensión de los dos tercios interiores del tubo vaginal, y la longitud total de la vagina aumenta hasta diez centímetros en la fase de alta excitación sexual. Al acercarse al orgasmo, se hincha el tercio exterior del tubo vaginal y, durante aquél, se produce una contracción muscular espasmódica que dura de dos a cuatro segundos, seguida de contracciones rítmicas a intervalos de ocho décimas de segundo. Estas contracciones rítmicas oscilan entre tres y quince en cada orgasmo. Durante la excitación, los órganos genitales externos femeninos se hinchan considerablemente. Los labios interiores se abren y se hinchan, y llegan a alcanzar hasta dos o tres veces su tamaño normal y salen fuera de la cortina protectora de los labios externos, añadiendo así un centímetro más a la longitud total de la vagina. Al aumentar la excitación, se produce otro cambio chocante en los labios interiores. Congestionados ya, y protuberantes, cambian ahora de color, adquiriendo un tono rojo brillante. El clítoris (equivalente femenino del pene del macho) aumenta de tamaño y se hace más protuberante al empezar la excitación sexual; pero, al aumentar ésta, la hinchazón labial tiende a disimular esta cambio, y el clítoris se encoge bajo la caperuza labial. En esta fase avanzada, no puede ser estimulado directamente por el pene del macho; pero, al estar hinchado y sensibilizado, puede verse afectado indirectamente por las rítmicas presiones ejercidas sobre la región por los movimientos impulsores del macho. El pene del macho experimenta con la excitación sexual grandes modificaciones. Blando y flácido al principio, se alarga, se endurece y se yergue, gracias a una intensa congestión de los vasos. Su normal longitud media de nueve centímetros y medio aumenta en siete u ocho centímetros. Su diámetro aumenta también considerablemente, de modo que la especie tiene el pene erecto más largo de todos los primates actuales. En el momento culminante de la actividad sexual del macho, se producen varias poderosas contracciones musculares del pene, que proyecta el líquido seminal dentro del tubo vaginal. Las primeras contracciones son las más fuertes y se producen a intervalos de un octavo de segundo, semejantes a los de las contracciones vaginales orgásmicas de la hembra. Durante la excitación, la piel del escroto del macho se contrae, y se reduce la movilidad de los testículos. Estos se elevan al acortarse los cordones espermáticos (lo propio ocurre a causa del frío, el miedo y la ira) y se juntan más al cuerpo. La congestión de los vasos de la región da por resultado un aumento del tamaño testicular, que llega a alcanzar un cincuenta e incluso un ciento por ciento. Estas son, pues, las principales modificaciones causadas por la actividad sexual en los cuerpos masculino y femenino. Una vez alcanzado el clímax, todos los cambios observados se invierten rápidamente, y el individuo, relajado después del acto, recobra al instante el estado fisiológico tranquilo y normal. Vale la pena mencionar una última respuesta posorgásmica. Inmediatamente después del acto sexual, puede producirse un copioso sudor, tanto en el macho como en la hembra, independientemente del mayor o menor esfuerzo físico realizado en el curso de la actividad sexual. Pero si no guarda relación con el total desgaste de fuerzas, sí que la tiene con la intensidad del propio orgasmo. La capa de sudor se extiende sobre la espalda, los muslos y la parte alta del tórax. El sudor puede fluir de las axilas. En casos intensos, puede afectar a todo el tronco, desde los hombros hasta los muslos. También sudan las palmas de las manos y las plantas de los pies, y, cuando la cara ha estado arrebolada por el rubor sexual, puede aparecer el sudor en la frente y sobre el labio superior. Este breve resumen de los estímulos sexuales de nuestra especie y de las respuestas obtenidas por los mismos puede servir de base para discutir la significación de nuestro comportamiento sexual en relación con nuestro linaje y con nuestro sistema general de vida; pero, ante todo, conviene señalar que no todos los estímulos y respuestas mencionados se producen con igual frecuencia. Algunos de ellos ocurren forzosamente cuando un macho y una hembra se juntan para la actividad sexual, pero otros se producen únicamente en cierta proporción según los casos. Pero, aun así, se producen con frecuencia para ser considerados como «características de la especie». En lo que atañe a las respuestas corporales, el rubor sexual aparece en un 75 por ciento de las hembras y, aproximadamente, en un 25 por ciento de los machos. El sudor copioso después del orgasmo es característico en un 33 por ciento de machos y hembras. Aparte de estos casos específicos, la mayoría de las otras respuestas corporales mencionadas se aplican a todos los casos, aunque, naturalmente, su intesidad y duración reales variarán según las circunstancias. Otro punto que debemos aclarar es la distribución de estas actividades sexuales a lo largo de toda la vida del individuo. Durante la primera década de vida, ninguno de ambos sexos puede tener verdadera actividad sexual. Cierto que muchas veces observamos en los niños los llamados «juegos sexuales», pero es evidente que, hasta que la hembra empieza a ovular, y el macho a eyacular, no pueden producirse verdaderos actos sexuales. En algunas hembras, la menstruación empieza a los diez años, y a los catorce un 80 por ciento de las jóvenes mestrúan activamente. Todas lo hacen a los diecinueve. El crecimiento del vello del pubis, el ensanchamiento de las caderas y la hinchazón de los senos acompañan a dicho cambio y, en realidad, se anticipan a él. El crecimiento del cuerpo sigue un curso más lento y no es completo hasta los veintidós años. La primera eyaculación de los muchachos no suele producirse hasta después de cumplir los once años; son, pues, sexualmente, más atrasados que las niñas. (La eyaculación más precoz registrada en un niño, a los ocho años, es un caso excepcional.) A los doce años, un 25 por ciento de los chicos han experimentado su primera eyaculación, y a los catorce lo han hecho un 80 por ciento. (Por consiguiente, alcanzan a las chicas al llegar a esta edad.) Por término medio, la primera eyaculación se produce a los trece años y diez meses. Lo mismo que en las chicas, otras características acompañan a este cambio. Empieza a crecer el pelo del cuerpo, especialmente en el pubis y en la cara. El orden típico de aparición de esta vellosidad es el siguiente: pubis, axilas, labio superior, mejillas, mentón y, después y más gradualmente, tórax y otras regiones del cuerpo. En vez del abultamiento de las caderas, se produce un ensanchamiento de los hombros. La voz se hace más grave. Este último cambio se observa también en las muchachas, pero con intensidad mucho menor. En ambos sexos, adviértase también una aceleración del crecimiento de los órganos genitales propiamente dichos. Es interesante observar que, si medimos la actividad sexual en términos de frecuencia del orgasmo, el macho alcanza su máxima capacidad mucho más rápidamente que la hembra. Aunque el proceso de maduración sexual de aquél empieza aproximadamente un año más tarde que el de ésta, alcanza, empero, su culminación orgásmica antes de los veinte años, mientras que las jóvenes no la alcanzan hasta los veintipico o incluso los treinta y pico. En realidad, la hembra de nuestra especie tiene que cumplir los veintinueve para ponerse al nivel orgásmico de un macho de quince. Sólo un 23 por ciento de las hembras de quince años ha tenido especial del orgasmo, y de esta cifra sólo se eleva a un 53 por ciento a la edad de veinte. A los treinta y cinco, es de un 90 por ciento. El macho adulto, realiza, por término medio, unos tres orgasmos por semana, y más de un 7 por ciento efectúa una eyaculación diaria o más. En el macho corriente, la frecuencia del orgasmo es mayor entre los quince y los treinta años, y desciende después, gradualmente, desde los treinta hasta la vejez. La facultad de realizar múltiples eyaculaciones se desvanece, y mengua el ángulo de erección del pene. Antes de los veinte años, la erección puede mantenerse, por término medio, cerca de una hora; en cambio, a los setenta, dura únicamente siete minutos. Sin embargo, un 70 por ciento de los machos son todavía sexualmente activos a los setenta años. Una imagen parecida de sexualidad menguante podemos hallarla en la hembra. La más o menos repentina cesación de la ovulación, alrededor de los cincuenta años, no disminuye totalmente el grado de sensibilidad sexual, si consideramos a la población femenina en su conjunto. Existen, no obstante, grandes variaciones individuales en cuanto a la influencia de aquélla en el comportamiento sexual. La inmensa mayor parte de la actividad copulativa que hemos examinado se produce cuando la pareja se encuentra atada por un vínculo. Este puede tener la forma del matrimonio reconocido oficialmente, o de una relación irregular de cualquier clase. La alta frecuencia de la cópula extramarital, que sabemos que existe, no debe tomarse como señal de promiscuidad desenfrenada. En la mayoría de los casos es consecuencia de un típico comportamiento de galanteo y formación de la pareja, aunque el lazo resultante no suele ser muy duradero. Aproximadamente un 90 por ciento de la población se empareja legalmente, pero el 50 por ciento de las hembras y el 84 por ciento de los varones han tenido experiencia de la cópula antes del matrimonio. A los cuarenta años, el 26 por ciento de las mujeres casadas y el 50 por ciento de los varones casados han realizado cópulas extramatrimoniales. También, en muchos casos, llegan a romperse totalmente los lazos oficiales (por ejemplo, un 0,9 por ciento en América, en 1956). Aunque muy fuerte, el mecanismo de este lazo está muy lejos de ser perfecto. Ahora que hemos sentado todos estos hechos, podemos empezar a hacer preguntas. ¿De qué manera contribuye nuestro comportamiento sexual a nuestra supervivencia? ¿Por qué nos comportamos de esta manera, y no de otra cualquiera? Quizá podamos responder mejor a estas preguntas si formulamos otra: ¿Cómo es nuestro comportamiento sexual en comparación con el de otros primates actuales? Inmediatamente podemos observar que la actividad sexual es mucho más intensa en nuestra especie que en las de los demás primates, incluidos nuestros más próximos parientes. Entre éstos, la prolongada fase de galanteo brilla por su ausencia. Son rarísimos los monos que establecen relaciones prolongadas de apareamiento. La actividad precopulativa es muy breve y consiste, generalmente, en unas cuantas expresiones y simples vocalizaciones. El acto en sí también es muy breve. (Los mandriles, por ejemplo, no tardan más de siete u ocho segundos entre el momento de montar a la hembra y la eyaculación con un total de quince movimientos de la pelvis o aún menos.) La hembra no parece experimentar la menor excitación. Si se produce en ella algo que merezca el nombre de orgasmo, no es más que una trivial respuesta, en comparación con la de la hembra de nuestra especie. El período de receptividad sexual de la mona es todavía más limitado. Generalmente, sólo abarca una semana, o un poco menos, de su ciclo mensual. Esto supone ya un avance en relación con los mamíferos inferiores, en los cuales se ve severamente limitado al tiempo real de ovulación; pero, en nuestra propia especie, la tendencia del primate a una receptividad mayor ha sido llevada hasta el límite, pues la hembra es virtualmente receptiva en todos los tiempos. Cuando una mona queda preñada o amamanta a su pequeño, deja de ser sexualmente activa. En cambio, nuestra especie ha extendido también su actividad sexual a estos períodos, de manera que sólo hay un breve tiempo, inmediatamente antes y después del parto, en que la cópula está seriamente limitada. Salta a la vista que el mono desnudo es el primate actual de sexo más activo. Para observar la razón de esto tenemos que observar de nuevo sus orígenes. ¿Qué ocurrió? Primero: tenía que cazar, si quería sobrevivir. Segundo: tenía que mejorar su cerebro, para compensar su debilidad física de cazador. Tercero: tenía que tener una infancia más prolongada, para desarrollar y educar su cerebro. Cuarto: las hembras tenían que quedarse a cuidar de los pequeños, mientras los machos salían de caza. Quinto: los machos tenían que colaborar entre sí en los trabajos de la caza. Sexto: tenía que erguirse y emplear armas, para que la caza fuese fructífera. No quiero decir con esto que los cambios se produjeron en este mismo orden; por el contrario, parece indudable que se realizaron gradual y simultáneamente, ayudando cada modificación a todas las demás. Me he limitado a enumerar los seis cambios mayores y fundamentales que tuvieron lugar en la evolución del mono. Pero creo que, en estos cambios, están todos los ingredientes necesarios para explicar nuestra presente complejidad sexual. Para empezar, los machos tenían que estar seguros de que sus hembras les serían fieles cuando las dejaran solas para ir de caza. Por consiguiente, las hembras tenían que desarrollar una tendencia a la formación de parejas. También si se suponía que los machos más débiles tenían que cooperar en la caza, había que otorgarles mayores derechos sexuales. Las hembras tendrían que ser más compartidas, y la organización sexual, más democrática, menos tiránica. También los machos necesitaban una tendencia más fuerte al emparejamiento. Además, los machos estaban ahora provistos de armas mortíferas, y las rivalidades sexuales hubiesen resultado demasiado peligrosas: una nueva y buena razón de que cada macho se contentara con una sola hembra. Y, por si todo esto fuera poco, el lento crecimiento de los pequeños motivaba que aumentasen sus exigencias a los padres. Tenía que perfeccionarse el comportamiento familiar y repartir los deberes paternos entre el padre y la madre, otra buena razón para establecer una pareja firme. Tomando esta situación como punto de partida, podemos ver ahora cómo se desarrollaron otros aspectos de la cuestión. El mono desnudo tenía que crear la facultad de enamorarse, de unirse sexualmente con un solo compañero, a fin de lograr el lazo entre los dos. De cualquier modo que se plantee el asunto, siemprevolvemos a lo mismo. ¿Cómo se las ingenió para lograr esto? ¿Qué factores le ayudaron en esta tarea? Como primate, debía de tener ya una tendencia a formar breves enparejamientos de unas horas, o incluso de unos días, de duración; pero esto tenía que ser intensificado y ampliado. Una de las circunstancias que debieron de ayudarle fue su propia prolongada infancia. Durante los largos años de su crecimiento, debió de tener ocasión de crear una profunda relación personal con sus padres, una relación mucho más fuerte y duradera que cuanto podía experimentar un joven mono. La pérdida de este lazo familiar, al llegar a la madurez y a la independencia, tenía que producir «un vacío afectivo», un hueco que había de llenar. Por consiguiente, se hallaría bien dispuesto para la creación de un nuevo e igualmente poderoso vínculo que sustituyese al antiguo. Aunque esto era suficiente para intensificar su necesidad de formar un nuevo lazo entre dos, se requerían ayudas adicionales para conservarlo. Tenía que durar lo necesario para el largo proceso de crianza de los hijos. Ya que se había enamorado, tenía que seguir enamorado. Había conseguido lo primero inventando una fase de galanteo prolongado y excitante pero necesitaba algo más después de esto. El método más sencillo y más directo de lograrlo consiste en hacer más complejas y placenteras las actividades compartidas de la pareja. En otras palabras, conseguir que el sexo fuera más sexo. ¿Cómo se consiguió? De todas las maneras posibles: ésta parece ser la respuesta acertada. Si volvemos ahora al comportamiento del mono desnudo actual, vemos cómo el plan toma forma. La aumentada receptividad de la hembra no puede explicarse únicamente en términos de aumento de la natalidad. Es indudable que, al encontrarse dispuesta a copular cuando se halla todavía en la fase de crianza del niño, la hembra acrecienta el ritmo de los nacimientos. Dado el largo período de dedicación a aquélla, sería un desastre si la hembra obrase de otro modo. Pero esto no explica por qué está en disposición de recibir al varón y de excitarse sexualmente a lo largo de cada uno de sus ciclos mensuales. Únicamente ovula en un momento de aquel ciclo; por consiguiente, las uniones fuera de aquel tiempo no pueden ejercer una función procreadora. La gran abundancia de copulación en nuestra especie se debe, evidentemente, no a la producción de retoños, sino al reforzamiento del lazo entre la pareja, gracias a los mutuos goces de los compañeros sexuales. Entonces, la reiterada consecución de la consumación sexual, no es, para la pareja, un fruto refinado y decadente de la civilización moderna, sino una sana tendencia de nuestra especie, con base biológica y profundamente arraigada. Incluso cuando ha interrumpido sus ciclos mensuales -en otras palabras, cuando está embarazada-, la hembra sigue respondiendo al varón. Esto tiene también particular importancia porque con el sistema de un-varón-una-hembra sería peligroso defraudar al varón durante un período tan largo. Podría poner en peligro la vinculación entre la pareja. Aparte del aumento de la cantidad de tiempo en que pueden desarrollarse las actividades sexuales, estas propias actividades han sido perfeccionadas. La vida cinegética que nos desnudó la piel y nos dio manos más sensibles, nos brindó un campo mucho más amplio para el estímulo sexual del contacto entre los cuerpos. Estos desempeñan importantísimo papel en el comportamiento precopulativo. Los golpecitos, los roces, las presiones y las caricias son más abundantes e intensas que en cualquier otra especie de primate. Además, ciertos órganos especializados, como los labios, los lóbulos de las orejas, los pezones, los senos y los órganos genitales, están abundantemente dotados de terminaciones nerviosas y han llegado a sensibilizarse sobremanera al estímulo táctil erótico. Ciertamente, los lóbulos de las orejas parecen haber evolucionado exclusivamente para este fin. Los anatomistas los han calificado a menudo de apéndices insignificantes o de «inútiles y grasosas excrecencias». En términos generales, los explican como «residuos» de los tiempos en que teníamos grandes las orejas. Pero si observamos otras especies de primates, descubrimos que no poseen lóbulos carnosos en el pabellón de la oreja. Parece más bien que, lejos de ser un residuo, son algo nuevo; y al advertir que bajo la influencia del estímulo sexual se ponen congestionados, hinchados e hipersensibles, casi no se puede ya dudar de que su evolución no ha tenido otro móvil que la producción de otra zona erógena. (Aunque parezca extraño, el humilde lóbulo de la oreja ha sido bastante olvidado a este respecto, y vale la pena consignar que se han registrado casos, tanto en varones como en hembras, en que se ha producido el orgasmo como resultado de estímulos en el lóbulo de la oreja.) Es interesante observar que la nariz carnosa y protuberante de nuestra especie es otro rasgo único y misterioso que los anatomistas no pueden explicar. Uno de ellos ha dicho que es, simplemente, «una variación prominente, sin ninguna significación funcional».Resulta difícil creer que algo tan positivo y distintivo en el campo de los apéndices de los primates haya evolucionado sin tener una función. Y cuando leemos que las paredes laterales de la nariz contienen un tejido esponjoso eréctil, que, por vasocongestión durante la excitación sexual, conduce a una expansión y ensanchamiento de las ventanas de la nariz, empezamos a hacernos preguntas sobre la cuestión. A semejanza del mejorado repertorio táctil, existen algunos desarrollos visuales bastante singulares. La compleja expresión facial representa aquí un importante papel, aunque su evolución tiene que ver también con el mejoramiento de las comunicaciones en muchos otros aspectos. Como especie primate, poseemos la musculatura facial más desarrollada y más compleja de todo el grupo. En realidad, tenemos el sistema de expresión facial más sutil y complejo de todos los animales que viven en la actualidad. Mediante pequeños movimientos de la carne que rodea la boca, la nariz, los ojos, las cejas y la frente, y la combinación de estos movimientos en una enorme variedad de conjuntos, podemos transmitir toda una serie de complejos cambios de humor. Durante los encuentros sexuales, y en especial durante la primera fase de galanteo, estas expresiones revisten primordial importancia. (Su forma exacta se expondrá en otro capítulo.) La dilatación de la pupila se produce también durante el período de excitación sexual, y aún más de lo que imaginamos. La superficie del ojo brilla también más. Como los lóbulos de las orejas y la nariz prominente, los labios de nuestra especie son también distintivos singulares que no se encuentran en los otros primates. Desde luego, todos los primates tienen labios, pero no vueltos hacia fuera como nosotros. El chimpancé puede sacar y doblar los labios en una mueca exagerada, poniendo al descubierto, cuando lo hace, una membrana mucosa que normalmente permanece escondida dentro de la boca. Pero los labios son mantenidos durante breve tiempo en esta posición antes de que el animal vuelva a adoptar su expresión normal de «labios apretados». Nosotros, en cambio, tenemos permanentemente salientes los labios. A los ojos de un chimpancé, debemos de estar haciendo una mueca continua. Si tienen ustedes ocasión de ser besados por un chimpancé amigable, el beso aplicado al cuello les convencerá de su habilidad en ofrecer una señal táctil con los labios. Para el chimpancé, se trata de una señal de saludo más que sexual; en cambio, en nuestra especie se emplea para ambas cosas, y el contacto del beso se hace más frecuente y prolongado durante la fase precopulativa. Teniendo en cuenta esta finalidad, fue seguramente más conveniente tener las superficies mucosas sensibles permanentemente al descubierto, de modo que no hubiese que mantener las especiales contracciones musculares de la boca durante los prolongados contactos del beso. Pero esto no es todo. Los labios descubiertos y mucosas tomaron una forma característica y bien definida. No se confundieron de modo gradual con la piel facial circundante, sino que se formó una línea fija de delimitación. Así, llegaron a ser también un órgano importante de señales visuales. Ya hemos visto que la excitación sexual produce hinchazón y enrojecimiento de los labios, y la clara demarcación de su zona contribuyó, sin duda alguna, al perfeccionamiento de estas señales, haciendo más fácilmente reconocibles los sutiles cambios en las condiciones de los labios. También salta a la vista que, incluso fuera del estado de excitación, son éstos más rojos que el resto de la piel de la cara, y que el simple hecho de su existencia, y aun cuando no indiquen ningún cambio de condición fisiológica, actuarán como señales anunciadoras, llamando la atención sobre la existencia de una estructura sexual táctil. Intrigados por la significación de nuestros singulares labios mucosos, ciertos anatomistas declaran que «todavía no comprendemos claramente» su evolución, y sugirieron que quizá tiene algo que ver con la prolongada acción de chupar que realiza el niño durante su lactancia. Pero también el joven chimpancé efectúa copiosamente esta acción de chupar con eficacia, y, en todo caso, sus labios, más musculares y prensiles que los nuestros, parecen estar aún mejor dispuestos para ello. Esto tampoco explica la evolución de la marcada separación entre los labios y la piel facial circundante, ni las sorprendentes diferencias entre los labios de las gentes de piel blanca y las de color. En cambio, si consideramos los labios como aparatos de señales visuales, estas diferencias son más fáciles de comprender. Al exigir las condiciones climáticas una piel más oscura esto redunda en perjuicio de la eficacia de los labios como emisores de señales visuales, ya que es menor el contraste de colores. Si su función de emisores de señales es realmente importante, tenía que producirse alguna clase de compensación, y esto es precisamente lo que parece haber ocurrido: los labios negroides resultan más visibles debido a haber aumentado de tamaño y a haberse hecho más protuberantes. Lo que perdieron en contraste de colores lo ganaron en forma y en tamaño. También los bordes de los labios negroides aparecen más firmemente delineados. Las «costuras labiales» de las razas más pálidas forman crestas más prominentes y de color más pálido que el resto de la piel. Anatómicamente consideradas, estas características negroides no parecen ser primitivas, sino que más bien representan un positivo avance en la especialización de la región labial. Existen otras muchas señales sexuales visuales evidentes. Como se ha mencionado anteriormente, la pubertad y, con ella, el alcance de un estado generativo plenamente capaz, vienen señalados por el desarrollo de ostensibles matas de vello, principalmente en la zona genital y en las axilas, y en la cara de los varones. En la hembra, se aprecia un rápido crecimiento de los senos. También cambia la forma del cuerpo, ensanchándose los hombros del varón y la pelvis de la hembra. Estos cambios sirven no sólo para diferenciar al individuo sexualmente maduro del inmaduro, sino también el varón maduro de la hembra madura. No sólo actúan como señales reveladores de que el sistema sexual es ya operante, sino que indican también si éste es masculino o femenino. Generalmente, se considera que el desarrollo de los senos femeninos es, primordialmente, un fenómeno maternal más que sexual; pero no parecen haber muchas pruebas de esto. Otras especies de primates ofrecen a sus retoños una lactancia copiosa y, sin embargo, sus hembras no presentan senos hemisféricos claramente definidos. En este particular, la hembra de nuestra especie es única entre los primates. La evolución de unos senos prominentes y de forma característica parece constituir otro ejemplo de señal sexual, hecha posible, y fomentada por la evolución de la piel desnuda. Los abultamientos de los senos habrían sido mucho menos ostensibles en una hembra velluda; en cambio, al desaparecer el vello, sobresalen claramente. Además de su forma ostensible, sirven también para concentrar la atención visual en los pezones y hacer más visible la erección del pezón, que acompaña a la excitación sexual. La zona pigmentada de piel alrededor del pezón, cuyo color se oscurece durante la excitación sexual, es significativa en el mismo sentido. La desnudez de la piel hace también posibles ciertas señales de cambio de color. En otros animales, esto ocurre únicamente en limitadas zonas lampiñas; en cambio, abunda mucho más en nuestra especie. El sonrojo se produce con frecuencia particularmente acusada durante las primeras etapas de galanteo de comportamiento sexual, y en ulteriores fases de excitación más intensa parecen las manchas características del rubor sexual. (Esta es otra forma de señal que las razas de piel oscura tuvieron que sacrificar a las exigencias climáticas. Sabemos, sin embargo, que también experimentan estos cambios, porque, aun siendo invisibles como mutaciones de color, un examen más atento revela significativos cambios en la textura de la piel.) Antes de terminar el examen de las señales sexuales visuales, debemos mencionar un aspecto bastante raro de su evolución. Para ello, echaremos un vistazo a ciertas particularidades bastante extrañas que se han producido en los cuerpos de ciertos primos nuestros, los simios. Recientes investigaciones alemanas han revelado que algunas especies han empezado a realizar una suerte de autoimitación. Los ejemplos más chocantes de ellos nos son ofrecidos por el mandril y el babuino gelada. El mandril macho tiene el pene de color rojo brillante, con manchas escrotales azules a ambos lados. Esta distribución de colores aparece también en su cara, donde la nariz es de un rojo brillante, mientras que las hinchadas y lampiñas mejillas son de un azul intenso. Parece como si la cara del animal imitase su región sexual, ofreciendo idénticas señales visuales. Cuando el mandril macho se acerca a otro animal, su aparato genital tiende a quedar oculto por la posición del cuerpo, pero, a pesar de ello, se encuentra en condiciones de transmitir los mensajes vitales, empleando para ello su rostro fálico. La hembra gelada se vale también de una imitación parecida. Alrededor de su órgano genital, existe una zona de piel roja y brillante, flanqueada de papilas blancas. Los labios de la vulva, en el centro de esta zona, son de un rojo más oscuro y más vivo. Esta muestra visual se repite en la región del pecho, donde presenta también una mancha de piel lampiña y roja, rodeada de la misma clase de papilas blancas. En el centro de esta mancha, los pezones de color rojo oscuro están tan juntos que recuerdan vivamente los labios de la vulva. (En realidad, están tan próximos que los pequeños suelen chupar de ambas tetas al mismo tiempo.) Como la verdadera zona genital, esta región del pecho varía de intensidad de color durante las diferentes fases del ciclo sexual mensual. La ineludible conclusión es que el mandril y el gelada trasladaron sus señales genitales a la región frontal por alguna razón. Sabemos demasiado poco acerca de la vida de los mandriles en estado salvaje para poder especular sobre las razones de este extraño fenómeno en su particular especie; en cambio, sabemos que los geladas pasan mucho más tiempo en posición sentada y erguida que la mayoría de otras especies parecidas de simios. Si es ésta su posición más típica, de ello se deduce claramente que el hecho de tener un sistema de señales sexuales en el pecho les permite transmitir estas señales a otros miembros de su grupo con mayor facilidad que si las marcas existieran solamente en su cuarto trasero. Muchas especies de primates tienen los órganos genitales vivamente coloreados; en cambio, estas imitaciones frontales son muy raras. Nuestra propia especie ha introducido un cambio radical en esta típica posición del cuerpo. Como los geladas, pasamos una gran parte de nuestro tiempo sentados en posición erguida. También permanecemos en pie, enfrentados unos con otros, durante los contactos sociales. ¿Es, pues, posible que también nosotros hayamos realizado algo parecido, en un sentido de autoimitación? ¿Puede haber influido nuestra posición vertical en nuestras señales sexuales? Considerada así la cosa, parece que la respuesta tiene que ser afirmativa. La típica postura de apareamiento de todos los primates exige que la aproximación del macho a la hembra se realice por la espalda. La hembra levanta su cuarto trasero y lo dirige hacia el macho. Este lo ve, se acerca a ella, y la monta por detrás. No hay contacto frontal en los cuerpos durante la cópula; la región genital del macho se aprieta contra la rabadilla de la hembra. En nuestra propia especie, la situación es muy diferente. No sólo existe una prolongada actividad precopulativa cara a cara, sino que también la cópula se realiza casi siempre de frente. Este último punto ha sido objeto de algunas discusiones. Se ha creído durante mucho tiempo que esta posición frontal para la cópula es la única biológicamente natural en nuestra especie, y que todas las demás deben considerarse como refinadas variaciones. Pero algunos autores lo han negado recientemente, sosteniendo que no existe una postura fundamental en lo que a nosotros atañe. Opinan que cualquier relación corporal es buena para nuestro sistema sexual y que, como especie inventiva que somos, es natural que adoptemos las posiciones que mejor nos parezcan, y, cuantas más, mejor, porque esto aumentará la complejidad del acto sexual y la de su novedad, y evitará el aburrimiento sexual entre los miembros de la pareja largo tiempo unida. Su argumento es perfectamente válido en la forma en que lo presentan, pero al tratar de reforzarlo han ido demasiado lejos. Su verdadera objeción era la idea de que toda variación de la postura fundamental era «pecaminosa». Para contrarrestar esta idea, acentuaron el valor de estas variaciones, y en esto anduvieron acertados, por las razones indicadas. Cualquier mejoramiento en las recompensas sexuales de la pareja tiene evidente importancia para el fortalecimiento del lazo que la une. Y aquéllas son biológicamente saludables para nuestra especie. Sin embargo, en el ardor de la polémica los autores indicados dejaron de tener en cuenta la circunstancia de que a pesar de todo, existe una postura de apareamiento básica para nuestra especie: la posición cara a cara. Virtualmente, todas las señales sexuales y las zonas erógenas están en la parte anterior del cuerpo: las expresiones faciales, los labios, la barba, los pezones, las señales areolares, los senos de la hembra, el vello del pubis, los propios órganos genitales, las principales zonas de sonrojo y las principales zonas de rubor sexual. Podría argüirse que muchas de estas señales actuarían perfectamente en las primeras fases, desarrolladas frente a frente, pero que, para la cópula, con ambos compañeros totalmente excitados por el estímulo frontal, el varón podría colocarse detrás de la hembra para la introducción del miembro, o, en definitiva, adoptar cualquier otra posición que juzgara conveniente. Esto es perfectamente cierto, y posible como novedad, pero presenta algunos inconvenientes. En primer lugar, la identidad del compañero sexual es mucho más importante para una especie como la nuestra, en la que existe un lazo entre dos. La aproximación frontal significa que las futuras señales y recompensas sexuales se mantienen estrechamente relacionadas con las señales de identidad del comportamiento. El sexo cara a cara es un «sexo personalizado». Además, las sensaciones táctiles precopulativas de las zonas erógenas frontalmente concentradas pueden extenderse a la fase copulativa, si el acto sexual se realiza cara a cara. Muchas de estas sensaciones se perderían adoptando otras posturas. La aproximación frontal proporciona, también, la máxima posibilidad de estímulo del clítoris de la hembra durante los movimientos pelvianos del macho. Cierto que aquél puede ser pasivamente estimulado por los efectos de arrastre de los movimientos del varón, independientemente de la posición de su cuerpo en relación con la del cuerpo de la hembra, pero en la cópula de frente existirá, además, la directa presión rítmica de la región pubiana del macho sobre la zona del clítoris, y esto aumentará considerablemente el estímulo. Por último, hay que tener en cuenta la anatomía básica del canal vaginal de la hembra y la acusada derivación de su ángulo hacia delante, en comparación con otras especies de primates. Esta traslación hacia delante es mucho más de lo que cabría esperar si se tratase simplemente de un resultado pasivo del proceso de transformación en especie vertical. Es indudable que si, para la hembra de nuestra especie, hubiese sido importante presentar su aparato genital de modo que el macho la montase por detrás, la selección natural habría apoyado rápidamente este tendencia, y el conducto vaginal de la hembra estaría ahora mucho más inclinado hacia atrás. Parte II Posts relacionados Tercer Texto: Carta a Pablo por M. Bakunin (3) Quinto Texto: Mal de Amores por E. Malatesta (5) Sexto Texto: La Mujer y el amor libre (6) Séptimo Texto: Maternidad libre. Paul Robin (7) Décimo Texto: Una experiencia en camaradería amorosa. Grupo Atlantis (10) Demimoprimer Texto: Comunas de la contracultura. Los Diggers (11) Decimosegundo Texto: Cuando dos seres se aman. América Scarfó (12) Casitas de Gallegos: Prostitución, Frío y Libreta Sanitaria Bisexualidad,¿orientación sexual o desafio de categorías? El sexo es la receta de la paz de los bonobos Sobre la naturaleza sexual del ser humano Muxe': el tercer sexo. Mi Post más importante: Ingeniería social: ¿y vos crees que sos libre? Aritmética, energía y población
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