El ajolote mide alrededor de 25 cm y parece un renacuajo gigante con patas y cola. Su hábitat natural son los canales de Xochimilco, en la Ciudad de México. Si un ajolote pierde una extremidad, la regenera en pocas semanas, con huesos, músculos y nervios en los lugares que corresponden. Hace lo propio con su corazón y otros órganos internos, e incluso repara la médula espinal si esta sufre una lesión... y logra que funcione. También es capaz de curar heridas, sin dejar cicatrices, en tejidos como el de la retina. De algún modo se puede decir que la medicina regenerativa nació en el jurásico. Un equipo de científicos del Instituto de Investigación de Patología Molecular de Viena, dirigido por Elly Tanaka, ha logrado develar uno de los secretos: el ajolote tiene el genoma más grande secuenciado hasta ahora: 32.000 millones de pares de bases de ADN, 10 veces más que el humano. “Nuestro grupo ha desarrollado genética molecular en el ajolote para identificar las células madre responsables de esta regeneración compleja y las señales sensibles a las lesiones que inician la proliferación de estas células -explica Tanaka en el sitio oficial del instituto-. También hemos identificado señales que guían el proceso de regeneración para formar un órgano fielmente construido con los tipos correctos de células en el momento correcto. Además, encontramos que en la médula espinal las células madre neurales de tipo adulto se desdiferencian a una célula madre neural de tipo embrionario con el fin de desarrollar la nueva médula”.
Vivir para siempre: el ajolote tiene la respuesta
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