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¿Por qué cerramos los ojos cuando besamos?

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Casi todos cerramos los ojos cuando besamos. Somos los únicos animales que podemos amarnos, poseernos, aparearnos cara a cara, teniendo frente a nosotros el rostro y los ojos del compañero o la compañera. Y, sin embargo, en el momento de la cercanía, del beso íntimo o de la máxima entrega, solemos cerrar los ojos.

El hecho es que acostumbramos a cerrar los ojos al besar, aunque a menudo sin ser conscientes o caer en la cuenta de ello. Y aunque quizá son pocos los que en algún momento habrán llegado a preguntarse explícitamente a qué se debe semejante proceder, muchos son, en cambio, los que se quedan sorprendidos al percatarse de comportamiento tan común y habitual.

O quizá cerramos los ojos cuando besamos, cuando amamos con inevitable y natural cercanía, a fin de intensificar las sensaciones, de concentrarnos en ellas en cuerpo y alma, sin que ningún detalle u otro elemento ajeno nos aparte o prive de una sola molécula de placer. Es otra persona, a la que amamos, a la que deseamos incluso vorazmente, la que junta y funde sus labios y su boca con los nuestros. No se limita a estar cerca, sino que nos invita y empuja a mayores cercanías y encuentros íntimos. Es ella misma la que se nos da.

Besar como amante equivale a veces a donar en esos instantes toda una constelación de promesas. Aunque quizá treinta minutos o quince días después, cada palabra y cada beso se los haya llevado el viento. Con mayor o menor conciencia de ello, en el beso se están cerrando los ojos al mundo y al entorno por creer que en esos momentos esos labios, esa lengua, esa boca, esa humedad y esa persona son lo único que realmente nos es valioso e importante del mundo.

De hecho, se suele cerrar los ojos en los besos del amor entregado, mas no en los simples saludos entre amigos o conocidos, o estrictamente sociales, en que rozamos los labios o las mejillas sobre los de la persona saludada, sin otro ánimo que el de exteriorizar que la tenemos en consideración, mostrarle un talante amigable. Así, en los besos de bienvenida o despedida, donde el deseo o la entrega están generalmente de más, casi nadie cierra los ojos. Resulta superfluo, innecesario. En esa situación cerraríamos los ojos únicamente por rechazo o por repugnancia.

Por el contrario, en el beso de los amantes, al cerrar los ojos, lo externo apenas dice nada, supone más bien una rémora para la entrega, un obstáculo para el encuentro profundo. En él, la realidad del otro no son ya ni sus manos ni siquiera su mirada, mucho menos su biografía o su atuendo. La realidad se torna sobre todo interior, se introduce en los más hondos adentros de cada uno. A través de ese beso, es el otro, en su identidad más radical, quien está llamando a nuestra puerta. Es su alma, que nos invita a acogerla, también a regalarle la nuestra.




MI CONCLUSION


Para mi al cerrar los ojos das tu confianza a aquella persona. Aunque a veces te dan ganas de abrirlos y ver el rostro de aquella persona, como si aun no te convencieras que es ella y que al fin llego ese preciado momento.


Porque las cosas más hermosas no se ven, sino que sienten en el corazón. ♥
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