La esquina está a mitad de camino entre las estaciones de Temperley y de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, pero la embrutecida familiaridad de la escena podría localizarla en cualquier otro sitio. Es una esquina peculiar, curvada, con un palacete antiguo en alquiler, ahí donde la calle Ramón L. Falcón se choca contra la avenida Meeks. Zona de colegios, boliches y antiguas casonas presidenciales. Más allá, las vías del tren.
Será por la confluencia entre colegios y boliches que la estabilidad y la inestabilidad, que la constancia y el trapicheo, juegan una curiosa partida en ese tramo de la avenida. Que se inauguran y se clausuran establecimientos gastronómicos o de esparcimiento nocturno casi a diario, que cambian de nombre, de colores y de letreros; que muchas otras imponentes construcciones edilicias parecen no haberse transformado ni un ápice desde los tiempos de las carretas. Será por eso, acaso, que entre tanto lugar que se cierra y es inmediatamente sometido a un proceso de pintarrajeo, intervención, vandalismo, resignificación o como se lo quiera llamar, la confluencia entre Falcón y Radowitzky pasa desapercibida. Que parezca sólo otra pintada, otro garabato, otro síntoma y quizás otra señal. Pero nunca, en todo caso, algo ante lo cual detenerte y conjeturar.
Bien, ¿conjeturar qué?
Conjeturar si esa confluencia es capaz de revelar la tensión entre la permanencia y el cambio en el espacio urbano, o, como podría decirse parafraseando mal a Karl Marx, entre lo que es sólido y lo que se desvanece en el aire.
La confluencia empírica, la confluencia que podrías ratificar con montones de documentos (recortes de diarios, sumarios, transcripciones de juicios, confesiones, manuales de historia del bachillerato, relatos que hace quince o veinte años se susurraban en las noches punk de la biblioteca de la FORA), sucedió hace un siglo en el cruce de la avenida Callao y la calle Quintana, una esquina de esa Buenos Aires que sacaba lustre a sus encantos provincianos para exhibirlos en los festejos por el Centenario. El 14 de noviembre de 1909, Falcón y Radowitzky cruzaron trayectos en esa esquina: uno terminó en la morgue, el otro terminó en el fin del mundo.
El coronel Ramón Lorenzo Falcón, nacido en 1855, primer cadete del Colegio Militar, veterano de la Campaña del Desierto, diputado nacional, socio fundador de Gimnasia y Esgrima de La Plata, Jefe de la Policía, fundador de la escuela policial que hoy lleva su nombre, se encontró ese día con Simón Radowitzky, un muchacho de 18 años nacido en Ucrania en 1891 como Szymon Radowicki, herrero, anarquista y, luego del encuentro con Falcón, preso del Penal de Ushuaia durante dos décadas. Y más tarde, un nombre convertido en santo y seña, en pintada en la pared, en gesto a veces vengativo y a veces justiciero, en recordatorio, mojada de oreja, provocación.
La pintarrajeada de Radowitzky parece destinada a viajar siempre sobre el bronce de Falcón, ¿y qué es capaz de decir eso sobre el orden, los símbolos, el entramado urbano o la forma en que el poder se consagra ante sí mismo?
Penal de Ushuaia. La celda del anarquista, gran atractivo turístico; venden ceniceros con su cara y la inscripción "Recuerdo del fin del mundo".
Pueden revisarse los archivos, sus detalles. No importan ahora. A Falcón, el jefe de la policía, se le achacaba la responsabilidad de la Semana Roja: represión policial en marcha anarquista, once muertos, cientos de heridos, nueva represión en el cortejo fúnebre que llevaba a los cadáveres. Meses después, Radowitzky, casi un recién llegado, preparó el artefacto explosivo casero y lo arrojó contra el vehículo que transportaba a Falcón. Luego corrió, gritó “¡Viva la anarquía!” y se pegó un tiro en el pecho.
Escribió Osvaldo Bayer:
Falcón es de los que saben morir. El también ha ido en el coche al muere. Los anarquistas saben preparar bombas y ésta no ha fallado. Ha sido lanzada con maestría. Ha caído a espaldas del cochero y a los pies de Falcón y Lartigau. Al explotar ha desgarrado músculos, roto arterias y venas, cortado nervios y se ha adentrado bien en la carne antes de que las víctimas se dieran cuenta de lo que ocurría. Ha sido un ataque cobarde, por la espalda. Por adelante tal vez nunca se hubieran atrevido. Falcón siempre creyó que su cara y su mirada de halcón pararían la mano de cualquiera que atentara contra su vida. Pero es que ni le han dado la voz de alto. Ni siquiera él ha podido decir: “¡Soy el coronel Falcón!”. Su Barranca Yaco está allí, en la avenida Quintana y Callao. Allí se desangra por sus piernas desgarradas y rotas, allí, tirado en la calle hasta que algún comedido le trae un colchón.
(…)
Falcón no pierde el conocimiento. Tirado sobre el colchón que le han traído señala con ademán autoritario que lo atiendan primero “al joven Lartigau”. A la pregunta de los curiosos responde: “No es nada, ¿hubo más heridos?”. La sangre que pierde es mucha. Mientras esperan la ambulancia de la Asistencia Pública, dos o tres vecinos tratan de vendarle las destrozadas piernas con vendas y trozos de sábanas. A Lartigau, que ha perdido el conocimiento, lo llevan al sanatorio Castro, muy cerca de allí.
Falcón murió pocas horas después, sólo un rato antes que “el joven Lartigau”, su asistente, un pibe de veinte años. El revólver de Radowitzky no fue tan efectivo como su bomba. Lo llevaron al Hospital Fernández y le diagnosticaron heridas leves en la zona del pecho. Viviría. Y vivió.
Se pidió la pena de muerte. Por tener 18 años, por ser menor de edad, eludió el paredón de fusilamiento. Le dieron perpetua.
Pasó veintiún años en el Penal de Ushuaia. Se escapó una vez, fue el único caso registrado. Lo agarraron camino a Punta Arenas, pero siguió sumando más material para construir el mito. El Presidente Hipólito Yrigoyen le concedió el indulto en 1930.
Se fue a Uruguay y trabajó como mecánico. La Guerra Civil Española lo encontró en la 28º División de las Brigadas Internacionales, peleando con los republicanos contra el franquismo. Murió en México, en 1956, donde trabajaba en una fábrica de juguetes.
Décadas después, todavía aparecen pintadas en Buenos Aires y sus suburbios, casi siempre en las postrimerías de alguna calle, algún monumento dedicado a Falcón. “Simón vive”, dicen casi todas ellas.
Se trata, por supuesto, de un guiño para enterados.
Hay que entender la especificidad del vínculo, el modo en que la relación ingresa en la historia. Radowitzky es un personaje redundante, trivial, sin mayores méritos que haber asesinado al jefe de la policía y, en la mitología anarquista, haber vengado a sus compañeros. Es una nota al pie de página, pero como nota al pie de página interrumpe el relato oficial, el relato de las hazañas de Falcón.
Porque a Falcón, el coronel, el halcón, el tipo duro, lo mató un pibito de 18 años con una bomba casera. El detalle es una molestia, índice de un final indigno, sin heroísmos, sin grandezas: muerto por el atentado también cobarde, también indigno, de quien arroja la bomba y corre asustado, de quien no se anima a mirar el rostro de aquél a quien pretende asesinar.
Lo que más molesta en el discurso oficial, entonces, es que al halcón, al tipo de pulso imperturbable, lo mató la gallinita cobarde que arrojó el explosivo y salió picando al gallinero. No hay dignidad en una muerte semejante, si es que alguna muerte puede tener dignidad.
Es posible leerlo de esa manera al reparar en el modo en que el hecho queda registrado en el escenario público: Radowitzky, y a veces el más amigable Simón, aparecen como un chirrido en la voz hegemónica. Es un gesto estúpido y fútil, destinado a aparecer y desaparecer, pues sólo de esa manera puede ingresar en la historia: sin bronces, a caballo del estallido efímero y gratuito.
Piénsese en los monumentos que Falcón tiene desparramados por la ciudad de Buenos Aires (al menos cuatro o cinco), además de las calles más o menos importantes que llevan su nombre en otras ciudades y localidades. Evidentemente a nadie se le ocurriría hacer un monumento, o nombrar una calle, en honor a Radowitzky, pues, aún cuando eso fuese posible, ni siquiera sería deseable.
Si como lenguaje está destinado a permanecer en los márgenes del discurso público, también como símbolo está obligado a mantenerse en las orillas. Esto compete al modo en que el poder se legitima a sí mismo, pero además a la eficacia con que se lo cuestiona.
Entonces: si Falcón tiene sus monumentos en el centro simbólico del territorio nacional, es lógico que Radowitzky tenga los suyos en los confines del mismo. Y que ese “monumento” ni siquiera sea “monumento”, sólo un muñeco de yeso, metido en una celda del penal de Ushuaia, convertido en atractivo turístico.
La imagen no es la del joven Radowitzky, la del pibe que tiró la bomba, sino la del tipo que pasó dos décadas en el presidio, que fue violado por los carceleros y cagado a palos una y otra vez. Pero lo que ese muñeco está diciendo, sólido, armado, con un tono levemente risueño y tanguero, es que ese hombre está entero. Detrás han pintado a unos policías, que son los mismos policías que aparecen en la fotografía de 1930, la que consigna su liberación. En esa fotografía, a Radowitzky no se lo ve risueño o entero; se lo ve ausente, inaprensible, mirando fijamente a cámara. Esa mirada te está diciendo que él puede ver algo que vos no. Te llega. Te molesta. Te hace sentir incómodo.
El muñeco de Ushuaia, en cambio, no es más que una atracción turística: lo fotografiás, luego seguís el recorrido y fotografiás al Petiso Orejudo y a Ricardo Rojas en sus respectivas celdas.
De vuelta en esa esquina suburbana, entre colegios y boliches y caserones presidenciales. La composición de la imagen es perfecta. La chapa azul, oscura, goteando un poco de óxido, pero todavía aguantando, indica el nombre de la calle: R. L. Falcón.
El cartel está derecho, prolijo, en un ángulo superior de la pared del palacete esquinero. Más abajo, por sobre otras pintarrajedas anteriores (“El capitalismo no va más”, “Zepzom19”, “No pasarán”, otros garabatos indescifrables), han grabado el rostro de Radowitzky (su rostro a los diecisiete, antes de viajar al fin del mundo y antes de arrojar la bomba, todavía un chico pero las facciones adultas, sin tiempo, como Jimmi Hendrix o Walter Benjamin, aquellos que nunca fueron jóvenes) y el texto, con las letras prolijamente desprolijas del estarcido, que explican: “Simón Radowitzky. Mató a Ramón Falcón. Vengó al pueblo”. Y más abajo: “14/11 Día de la justicia popular”.
Si la composición tiene algún significado, es éste: que la chapa de Falcón permanecerá más tiempo que la pintada de Radowitzky; que el bronce lustrado de la Recoleta será más duradero que el yeso pintado de Ushuaia. Pero que calibrados según su papel en la historia, calibrados según lo que ésta les exige, Radowitzky aparecerá de mil maneras distintas para empañar la gloria futura de Falcón, el poder que representa y la manera en que ese poder se representa a sí mismo.
La figura de Radowitzky se legitima justamente a través de la deslegitimación de la figura de Falcón: al arrojar una bomba cobarde, le priva de su consumación histórica; al convertirse en pintada desfachatada, le priva de la dignidad que su nombre en bronce sugiere.
En tanto símbolo, su fuerza reside en su capacidad de mantenerse en los márgenes de la conversación pública, en la imposibilidad de que choquen dos bronces: que nunca vaya a hablarse de la esquina de Falcón y Radowitzky.
Fotos y texto:Marcelo Pisarro- Fuente:
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