Al anunciar el envío al Congreso de un proyecto de ley regulatorio del servicio doméstico, la presidenta no resistió la tentación de ilustrar al auditorio, entre los que se contaban ministros siempre deseosos de aprender, respecto del cambio semántico de su proyecto.
En efecto, señaló que el término "doméstico" siempre le cayó mal pues se aplica a los animales que se "domestican" y citó en apoyo de esa sesgada visión etimológica al conocido libro de Saint-Exupéry cuando el zorro le pide al Principito que lo "domestique". Obviamente para la presidenta designar al personal de servicio como personal doméstico es degradar su posición asimilándola a la de los animales.
Por cierto, esa denominación "despectiva" utilizada por el decreto-ley 326 de 1956, todavía vigente, fue propia --según Cristina Fernández-- del gobierno militar que lo sancionó.
Pero lo que no alcanzó a explicar la presidenta, muy ocupada en dignificar las palabras y denostar de refilón a los militares, es que doméstico, lejos de ser humillante, es lo propio del hogar, de la casa, del domus . La economía doméstica es la economía hogareña, no la economía de los animales. Por eso mismo, a las personas que trabajan en el hogar, en el domus , se las denomina personal doméstico como a las que prestan su servicio en la construcción se las denomina obreros de la construcción. ¿Dónde está lo degradante?
En todo caso, el cambio revolucionario anunciado por la presidenta es que el hasta ahora llamado servicio doméstico se denominará, de aprobarse el proyecto de ley, "personal de casas particulares". Cristina Fernández, dignifica.