dijo:Disclaimer: El post fue escrito por mí en su totalidad. Por favor, si van a comentar algo, absténganse de comentar bolucedes, tadingueadas, o cualquier otra cosa que fomente el forobardo. El texto tiene partes de ficción y realidad, no especifico cuáles para no arruinar el relato. Esta parte del post es más seria, así que decidí poner pocas imágenes.
Para leer la parte 1, click acá:
Porqué el amor nos maneja, o el verano de un chico (Parte 2)
Por Germán Ulrich (muzzarello)
Fue entonces que me di cuenta que salí tan mal de esa relación, porque había desviado todo mi cariño hacia alguien más, otra persona. Pensando mejor, decidí volver a ver a mi amiga. La invité a ver a Pedro Aznar, en un recital gratis. Ahí es cuando pasó lo peor.
Mi amiga recibió la invitación muy contenta, pero llegado el día –o más bien el momento- me dijo que se había olvidado que habíamos hablado para salir, y que quería volver temprano porque quería salir con sus amigas, metiéndome una excusa que supongo ni ella se creía. No me importó; estar con ella era un éxtasis. Escucharla hablar era hermoso, te llevaba a otro lado.
Obviamente Aznar tocaba último, a las 12. Ella se quería ir a las 10. Traté de remarla para ver si se quedaba y nos pusimos a charlar, afuera, sentados. Hablamos de todos los temas habidos y por haber en la vida de un adolescente: música, estudio, amigos, salidas… Me aventuré y le pregunté “Che, y por la vida amorosa, ¿nada?”, esperando un no rotundo que me diera la convicción de poder decirle todo ahí, y escuchar a Aznar abrazados, o con un beso.
Eso, eso sí que fue lo peor. “¡Ay! No sabés, me presentaron a un chico que se llama Raúl, es hermoso, toca la guitarra y el saxo, ando detrás de él, es muy lindo, ¿te dije que tocaba la guitarra y el saxo?” Y estoy muy seguro que me dijo algo más pero yo me encerré en mi mismo y dejé mi cuerpo en automático.
Fue como si un pianista viniera corriendo, me abriera la caja torácica con un cuchillo de plástico, me sacara el corazón a manotazos, y se lo comiera diciéndome “aaajajajajajajaja puto PUTO”, para después sacarme los pulmones y usarlos como un acordeón, cosa que no sabe tocar porque claro, es un pianista, así que sonaba horrible.
El punto es que a partir de ahí, actué en automático. Le debo haber dicho “ajá”, “ah sí”, y un montón de cosas afirmativas medio millón de veces cada una, desde que me dijo eso hasta que la acompañé a su casa. Supongo que vio que estaba mal, porque me dijo “Che, perdoname, es que tengo ganas de irme a bailar”. Como si no me doliera suficiente pensar en eso. Le respondí “No, está bien. Chau, nos vemos”, pegué media vuelta y me fui. Caminé media ciudad solo, cabizbajo, destrozado porque la única persona a la que en realidad quise no sentía lo mismo por mí. ¿Cómo lo sé, si nunca me dijo nada acerca de eso? Porque me dijo que salía con alguien; diciéndome eso, me estaba considerando un amigo nada más, que quería saber algo. Además JAMÁS demostró interés en mí, nunca me buscó ella para hacer algo, nunca me habló, nada. Lo del cumpleaños fue un gesto como para decir “Cumplo quince años y como fuiste un amigo más de mi infancia quiero que veas como estoy ahora”. Hay algo que siempre repito cuando me tratan de agrandado, que es: “No, soy chico todavía”; pero uno no puede evitar sentir el dolor cuando te pasa algo así.
No sé como llegué a mi casa sano y salvo, no sé que le respondí a mi mamá, y no sé como terminé en mi cama, tapado por el aire acondicionado. A partir de ahí empecé a actuar por mí mismo. Por lo menos me acuerdo de lagrimear como un chico chiquito.
Eso fue a principios de febrero, este año. Mi mamá creyó que mi bajón era porque faltaba poco para empezar las clases y me dejó en paz.
Fue el peor mes de mi vida. Dormí poco y mal, estaba deprimido, no salí a correr porque no quería, le dije a mi profesor de guitarra que estaba enfermo, no salía de casa, y andaba en interiores todo el tiempo. Mi viejo, quien sabía de lo que me pasaba con mi amiga, entendió que nunca iba a suceder con sólo mirar mi cara al día siguiente. Fue, por supuesto, algo mental. Voy a tratar de describir, a continuación, que fue lo que pensé. Es difícil expresar algo así, pero voy a dar mi mejor esfuerzo.
Era oscuro, tenebroso. Por todos lados pensaba “Ella no te quiere, nadie te quiere, sos un fracasado, te vas a morir solo, a nadie le gustás, se burlan de vos cuando no ves, se ríen de vos y no con vos, te usan como ejemplo para alguien estúpido, no vas a tener suerte, ¿no te entra en la cabeza que no sos nadie?” y millones de cosas más, que son peores de describir y que no quiero porque ya me siento bajoneado.
Un día, salí después de mucho al centro porque necesitaba cuerdas nuevas para mi guitarra. Las compré, miré cosas un rato en la peatonal, y fui a un parque que hay cerca para descansar. Me senté al lado de un señor viejito, de pelo blancuzco y cara de bonachón que no tenía hogar, pero tenía aire de buena gente. Al rato el hombre me mira y me dice “¿Qué te anda pasando que tenés esa cara?”; me sorprendí por el interés que demostró en mi humor, o falta de él, y respondí (A modo de guiones para hacer más fácil la lectura):

-Algunos problemas que tengo, señor. ¿Por qué me pregunta?
-Porque tenés la misma cara que yo cuando mi esposa murió. No me digas que no es por una mujer-agregó el hombre, y preguntó-. ¿Qué pasa?
-Durante mucho tiempo estuve –y estoy- enamorado de mi mejor amiga. No creo encontrar otra chica como ella. Nos gustan las mismas cosas, nos reímos de las cosas que dice o hace el otro, somos muy compatibles.
-¿Cuál es el problema? Si sos como me imagino, deberías haberle dicho lo que sentís-dijo el señor.
-El problema es que yo no le intereso, me trata como un amigo, y me dijo que le gusta otro chico. No creo que ella sienta lo mismo que yo. No hay caso. No sé qué hacer-dije, y agaché mi cabeza.
Después de un silencio largo, el viejito empezó a contarme algo. Antes de hacerlo pude ver un dejo de duda en su cara, como tratando de ver si contarme o no lo que me quería contar.
-Me gustaría que escuches esto y que me dejes terminar. Esto pasó en serio, es lo que me pasó a mí.
>Cuando era joven, conocí a una muchacha muy linda. No era como las demás, eso se notaba a la legua. Me hice muy amigo de ella y terminé enamorándome. Le declaré mi amor por ella muchas veces, pero siempre me respondió con que no quería arruinar la amistad que teníamos, que era muy amigo de ella y que no quería cambiar eso. ¡No creas que eso me paró en absoluto! No señor, traté de mil maneras; le escribí cartas y poemas, le regalé innumerable cantidad de regalos y me le declaré en los lugares más concurridos, pero nada de eso pareció importarle y me siguió rechazando.
>Pero no podía ser llamado su amigo si no conocía todo de ella. Sabía muy bien que a ella le gustaban las bandas de rock, que siempre escuchaba un vinilo en particular de los Beatles que la volvía loca. En particular una canción; no me acuerdo cuál es. Es ese vinilo en el que están los cuatro músicos caminando por una calle…
-¿Abbey Road?-pregunté yo, asombrado.
-¡Sí, es ese! ¿Cómo los conocés?
-Me gusta mucho su música-respondí, y ante la alegría del viejo, lo invité-. Siga, por favor.
-En fin, era una canción del menos conocido de los cuatro, una canción hermosa, que hablaba de la belleza, del algo de la mujer. Si no me equivoco, la canción se llamaba “Algo” (Something), precisamente, en español.
Entonces, a ella le fascinaba Algo. Yo sabía tocar guitarra, instrumento que ahora no puedo tocar por mi artritis y porque lo tuve que vender. Lo que hice fue practicar esa canción en secreto, sin que nadie supiera, y la invité a una fiesta donde iba a haber baile e iban a tocar muchas bandas. Antes de eso había pedido el favor a una donde tocaba mi primo de tocar esa sola canción para ella, y al ver mis propósitos, asintieron sin espera.
>Todo transcurrió normalmente. La busqué en su casa, la llevé, bailamos un par de piezas; y para el momento en que la banda subía, le dije a ella que tenía que ir al baño. ¡Te podrás imaginar su cara de asombro cuando me vio arriba del escenario! Tomé coraje, fui para el micrófono y dije “Esta canción me gustaría dedicarla a Ella (Así era su nombre), porque sé que le encanta”, y empezamos a tocar la canción. Al principio había dejado que mi primo cante, pero al final quise cantar yo, ya que no tenía tan mal voz. Tocamos muy bien, y al parecer a Ella le gustó, porque cuando bajé del escenario me recibió con un beso. Salimos muchos años, y después nos casamos. Estuvimos toda una vida juntos, hasta que murió hace cinco años por un cáncer y me dejó solo; perdí todo… y acá estoy.
El viejito había empezado a lagrimear cuando terminó su relato. Me senté más cerca de él y le di un abrazo, como si fuera mi abuelo, y el señor lloró en mi hombro. Más tarde le dí mi pañuelo para que se enjugue las lágrimas.

-Le agradezco mucho esto. Me ayudó mucho. Muchas gracias otra vez por abrirse conmigo y contarme esa historia-le dije-. Venga conmigo. Lo veo flaco y parece que no comió hoy.
Lo agarré de un brazo, ayudándolo a caminar y agarrando su bolso raído y viejo. Lo llevé a un bar y le compré dos platos de tostados y un jugo de naranja. Tenía toda mi plata encima, y a decir verdad no me interesaba ahorrar en ese momento. El viejito comió contento como un chico en una juguetería. Después de verlo comer, lo llevé a mi casa, le pedí que me diera su bolso viejo y le di uno casi nuevo que tenía guardado en mi ropero y que no usé nunca, junto con alguna ropa que no me gustaba. Cuando vio todo esto se emocionó otra vez y me agradeció con un abrazo muy fuerte, que contesté con un “de nada” tímido.
-¿Tiene un lugar donde quedarse esta noche?-pregunté.
-Sí, hay un comedor con colchones a un par de barrios. No te preocupes por mí, hiciste bastante por mí hoy.
-¿Dónde puedo encontrarlo? Por si quiero hablar con usted de nuevo.
-En la plaza donde me encontraste hoy, estoy siempre ahí-respondió el viejito, y agregó-. Te lo agradezco mucho, hijo. Me hiciste muy feliz hoy.
-De nada, señor. Espero verlo de nuevo algún día. Si necesita algo venga de nuevo-le dije, y lo saludé. Me respondió el saludo y se fue tranquilamente hasta que dobló la esquina y no lo vi más.
Después de eso me sentí bien, por haber ayudado al viejito (cuyo nombre sería Carlos, más tarde supe), y porque el mismo señor me había dicho algo, un mensaje: ¡No bajes los brazos por nada!
De esta manera llegamos al día de hoy. De vez en cuando hablo con Carlos, acerca de otras cosas que nos pasan, y en él descubrí al abuelo que no tuve de chico, que me faltó. Estoy contento porque recuperé al fin el buen humor, salí del bajón, y me encuentro agradecido por las cosas que tengo. Por el momento entiendo –y eso me duele un poco- que mi amiga no va a estar para mí, así que, como todos, busco a alguien que se deje querer.
Lamento no interiorizar más sobre nada, pero recopilé lo importante, y espero que esto sirva para alguien en la misma posición que yo. Les agradezco mucho por quitarles este tiempo y haber leído. Esto no es un adiós, es un hasta luego. Quién sabe si postearé una tercera parte, eso lo dirá el tiempo. Nunca bajen los brazos, el amor está ahí.