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La existencia de dios explicada con ciencia y filosofia

Ciencia Educacion•7/25/2018
Primer motor inmovil de Aristoteles




El primer motor inmóvil (en griego, ὃ οὐ κινούμενος κινεῖ, «ho ou kinoúmenos kineî», «Lo que mueve sin ser movido») o motor primario (en latín, primum movens) es un concepto filosófico descrito por Aristóteles como la primera causa de todo el movimiento en el universo, y que por lo tanto no es movido por nada.

Este concepto tiene sus raíces en especulaciones cosmológicas que tenían los primeros filósofos griegos (presocráticos), y llegó a ser muy influyente y ampliamente elaborado en la filosofía y teología medieval. Tomás de Aquino, por ejemplo, se refirió al Motor Inmóvil en su Quinque viae.

Aristóteles dividió a la sustancia que conforma al mundo en tres clases:

Una primera clase física: aquello corruptible, como las plantas, los animales, el (cuerpo del) hombre y todo lo que hay en el mundo sub-lunar.

Una segunda clase también física, pero incorruptible, eterna y móvil: el mundo supra-lunar, (donde se pueden incluir los astros u otros seres).

Una tercera sustancia metafísica, inmóvil y eterna.
Esta última es el primer motor inmóvil o Το Θείον (To Theion), el cual es perfecto, es acto puro, forma pura, el «ser por excelencia».

En el Libro 12 de su Metafísica, Aristóteles describe el motor inmóvil como perfectamente bello, indivisible, y contemplando solo la contemplación perfecta: él mismo contemplándose.

Es debido a que todo móvil, a su vez debe ser movido por un motor y este a su vez, debe ser movido por otro motor, por lo que la cadena de móviles necesita de un primer motor que no sea movido a su vez por otro.

Sobre este primer motor inmóvil, Aristóteles dirá que debe ser acto puro, forma pura, pues si no estuviese en acto sería imposible que pueda ser motor de algo. El primer motor funge como el orden último de la cosmología aristotélica. Él mueve directamente a los astros del primer cielo, estos tratan de imitarlo dando vueltas en círculo. El círculo responde al acto más perfecto según la ideología griega, pues no tiene comienzo ni fin, es continuo. Aristóteles define al primer motor como gnoesis gnoeseos (conocimiento de conocimiento), así el primer motor vuelve sobre sí, conociendo solo lo más perfecto: él mismo, y esto responde al porqué de la estructura esférica del universo según Aristóteles.

Aristóteles afirma que «tiene que haber un ser inmortal, inmutable, en última instancia, responsable de toda la plenitud y el orden en el mundo sensible». Debido a que aquel ser no tendría ni partes ni magnitud, le sería físicamente imposible mover objetos materiales. Dado que la materia es, para Aristóteles, un sustrato en el cual un potencial a cambiar puede ser «actualizado», todo potencial debe actualizarse en un ser que es eterno, pero que no debe estar quieto, ya que la actividad continua es esencial para todas las formas.

Esta forma inmaterial de actividad debe ser de naturaleza intelectual y no puede estar condicionada por la percepción sensorial, por lo que la sustancia eterna debe pensar solo en pensar en sí misma, y existe fuera de la esfera de estrellas, donde incluso la noción de lugar no está definida para Aristóteles. Su influencia sobre los seres inferiores es puramente el resultado de una «aspiración o deseo», y por esto dice que cada esfera celestial emula al motor inmóvil, lo mejor que puede, con su movimiento circular uniforme. El primer cielo, la esfera más exterior de las estrellas fijas, es movido por el deseo de emular al motor primario. Es por esto por lo que se dice que Aristóteles concibió en su teoría la traslación de los planetas.

Muchos de los contemporáneos de Aristóteles se quejaron de que la concepción de un dios sin poder no era satisfactoria. Sin embargo, fue esta vida la que Aristóteles apoyó con entusiasmo como envidiable y perfecta.

Existen, sin embargo, algunos intérpretes que han visto incluso en el primer motor inmóvil (Dios) una causa eficiente, como Tomás de Aquino, Franz Brentano y Enrico Berti.



Las cinco vías en las que Tomás de Aquino se basó en el primer motor inmovil de Aristoteles


Filosofia


Quinque viae (lit. en latín, Las cinco vías) son cinco argumentaciones a favor de la existencia de Dios incluidos en la parte Ia cuestión 2ª de la Suma Teológica (Summa Theologiae) escrita en latín por el teólogo del s. XIII Santo Tomás de Aquino. Tomás de Aquino no incluyó varios argumentos sobre la existencia de Dios que ya estaban postulados en ese momento, como el argumento ontológico de San Anselmo de Canterbury, ya que no creía que fuera válido. En el siglo XX, el filósofo y sacerdote católico Frederick Copleston dedicó gran parte de su trabajo a explicar y ampliar las cinco vías de Aquino. Estos argumentos están diseñados para probar la existencia de un solo Dios (monoteísmo), como el cristiano.

Argumento del primer motor inmóvil

"[...] En este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. [...] Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. [...]. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a un ser más omnipotente del cual tenemos por nombre Dios

Argumento de las causas eficientes

"[...]En el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. [...] Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios."

Argumento de la contingencia

"[...] Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios."

Argumento de los grados de perfección

"[...] Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. [...] Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro —, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios."

Argumento teleológico

"[...] Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios."



Nos vemos linces y que dios los bendiga.

Dios

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