El nuevo evangelio recién conocido por el público -"evangelio" en el sentido de ser una narración sobre Jesús escrita en época relativamente cercana a su tiempo- y llamado ya, con imprecisión, de "San Judas", puede tener un impacto sobre la fe cristiana mayor de lo que parece. No por nada ya algunas de sus autoridades lo rechazan de plano.
Tienen razón; toca el meollo de aquella y es capaz de infligirle una herida sustantiva. En efecto, siendo el cristianismo una religión basada en hechos concretos presuntamente acaecidos y únicos en la historia humana, depende por lo mismo en grado esencial de preservar la descripción e interpretación ahora imperante de esos acontecimientos. Para esa descripción la Iglesia ha dependido no de referencias "profesionales" -los historiadores contemporáneos o algo posteriores, como Suetonio, Tácito, Flavio Josefo, no se refieren a la existencia de un Jesús de Nazaret- sino de sólo cuatro narradores anónimos que hicieron su trabajo bastante después de la muerte de Cristo.
Sus escritos, llamados "evangelios", fueron, es cierto, coincidentes o muy cercanos en su descripción de la vida, enseñanza y muerte de Jesús. Debido a eso y pese a no tenerse noticia de la calidad académica y agenda de sus autores, se convirtieron en pilares fundacionales de la teología cristiana. Todo lo demás se ha construido y discutido a base de esos escritos.
En otras palabras, sin otro cimiento que la obra de cuatro autores desconocidos -sólo a partir del siglo II la comunidad cristiana les asignó nombres para identificar sus distintos escritos y los llamó evangelios según San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan- se ha erigido la cristiandad y también las divisiones que la hirieron.
Llega la Caballería
Dicho sea de paso, esta fragilidad del conocimiento acerca de los orígenes del cristianismo sucede con casi todas las instituciones, organizaciones y movimientos de larga historia y gran calado. La longevidad ofrece amplia oportunidad para el olvido, la confusión y la simple pérdida de antecedentes. Recordemos además que dichas historias exitosas no lo han sido desde el principio; fueron, en sus comienzos, emprendimientos de unos pocos convencidos a los que casi todo el mundo desdeñó y quizás luego persiguió. Por lo mismo hay pocos documentos a mano -nadie se interesaba en documentarlos- y se ha perdido el hilo de la tradición oral o se ha distorsionado gravemente.
Es entonces cuando la historia oficial llega al rescate. Toda institución posee la suya. En el caso de la cristiandad, son los evangelios. Escrita post factum, la historia oficial relata lo que pudo ser de acuerdo a lo que tal vez fue, pero también considerando el interés de lo que es y quiere seguir siendo. Es historia menos interesada en la verdad que en lo conveniente, esto es, en la legitimidad y salud de la institución desde la que se narra.
No necesariamente es una invención de cabo a rabo, pero casi nunca es verdad de tomo y lomo. La verdad histórica químicamente pura se rehúye incluso al historiador investigativo que sólo anhela saber qué y cómo pasó. En manos del historiador oficial, es aun más huidiza. Por consiguiente, sea lo que sea que dijeron o quisieron decir los evangelistas, sus dichos han sido interpretados, editados y corregidos por siglos y siglos de afanosa elaboración teológica. Son, entonces, libros cuyo contenido, de modificarse o rozarse, toca y roza el entero edificio de la fe. Veamos por qué.
Euangelicon
La palabra "evangelio" deriva de la palabra griega euangelicon, que significa "buenas noticias". ¿Y cuáles fueron en este caso dichas buenas noticias? Pues que Dios decidió encarnarse en un hijo nacido sin mácula para dar a la humanidad posibilidad de redimirse. Esto significa que desde entonces rige un New Deal disponible para toda la humanidad en vez del viejo trato en exclusiva -depositado en el arca- de Jehová con su pueblo elegido, los judíos. Y este nuevo trato gira alrededor de la persona de Jesús.
Es el principal signatario. Su importancia radica no sólo en lo que predicó, sino esencialmente en su naturaleza como Dios y Hombre. No sólo en esto, sino en su martirio. Y no sólo en eso sino en su redención, al tercer día elevado de entre los muertos. Es diciendo que todo eso sucedió y cambió la historia del hombre de ahí para adelante que el cristianismo existe.
Es en esos eventos que reclama su unicidad y su validez, no en tal o cual doctrina metafísica sobre Dios. Jesús como persona es la identidad misma del cristianismo. Hace la diferencia con otros credos monoteístas como el Islam o el judaísmo. En Cristo, en sus manos, está la redención; en su sacrificio y resurrección se encarna la agonía humana, que experimenta su condición de portador del pecado original a la de salvado por gracia divina; sin Cristo como persona naciendo y muriendo en un momento del tiempo y en un lugar del espacio, no hay cristiandad. En la historia de esos hechos reside aquélla y por tanto radica entera en los evangelios, esto es, en lo que ellos cuentan que sucedió.
El Problema de Judas
Esa, su base fundacional, es simultánea y paradójicamente el punto débil del cristianismo.
Como ya lo vimos, su legitimación depende no de un evento probado por la ciencia histórica, sino sólo atestiguado por cuatro desconocidos cuyo trabajo fue luego editado por funcionarios de la Iglesia. Depende, a fin de cuentas, de que NO PODAMOS viajar en una máquina del tiempo a verificar si Cristo existió, predicó, fue martirizado, crucificado y al tercer día resucitó de entre los muertos. Depende, en suma, de la solidez de los evangelios que afirman esos hechos.
De ahí el problema con éste, el llamado evangelio "de Judas". De súbito lo relativiza todo. Ya no serían cuatro los evangelistas, sino cinco. ¿Y por qué no seis, siete, quién sabe cuántos más que hayan podido escribir sobre Cristo? ¿Y qué versiones o visiones sobre su vida pudieran haber tenido? Pero lo peor es esto: el relato de este nuevo e inédito evangelista desdice parte sustancial de la esencia del drama cristológico. No habría habido traición, sino una suerte de plan para forzar al Sanhedrín a tomar cartas en el asunto y poner a Cristo en el escenario. Habría habido no agonía en el monte de los Olivos, sino cálculo político.
Y hay más; si fuera verdad que Cristo fuerza a Judas a denunciarlo para poner en marcha el proceso judicial que terminaría con él en la cruz, ¿no pudo también "arreglar" convenientemente lo de su cuerpo? Si su cadáver fue simplemente retirado por otro Judas o acaso el mismo Judas, ¿qué resta de la redención al tercer día, de esa resurrección de la carne que está en la base de la fe cristiana?
Todo esto, claro, genera un descomunal intríngulis. Si se declara a este nuevo evangelio como inválido, los otros pueden serlo también pues ninguno tiene más sustento material, histórico o científico para superar a los otros en validez.
Y si es válido, los otros dejan de serlo. Este hallazgo y publicación no ha sido, entonces, una mera anécdota arqueológica. Afecta o puede afectar la identidad misma de una importante religión. Siga en nuestra sintonía.
Fernando Villegas
Fecha edición: 16-04-2006
F!:
Tienen razón; toca el meollo de aquella y es capaz de infligirle una herida sustantiva. En efecto, siendo el cristianismo una religión basada en hechos concretos presuntamente acaecidos y únicos en la historia humana, depende por lo mismo en grado esencial de preservar la descripción e interpretación ahora imperante de esos acontecimientos. Para esa descripción la Iglesia ha dependido no de referencias "profesionales" -los historiadores contemporáneos o algo posteriores, como Suetonio, Tácito, Flavio Josefo, no se refieren a la existencia de un Jesús de Nazaret- sino de sólo cuatro narradores anónimos que hicieron su trabajo bastante después de la muerte de Cristo.
Sus escritos, llamados "evangelios", fueron, es cierto, coincidentes o muy cercanos en su descripción de la vida, enseñanza y muerte de Jesús. Debido a eso y pese a no tenerse noticia de la calidad académica y agenda de sus autores, se convirtieron en pilares fundacionales de la teología cristiana. Todo lo demás se ha construido y discutido a base de esos escritos.
En otras palabras, sin otro cimiento que la obra de cuatro autores desconocidos -sólo a partir del siglo II la comunidad cristiana les asignó nombres para identificar sus distintos escritos y los llamó evangelios según San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan- se ha erigido la cristiandad y también las divisiones que la hirieron.
Llega la Caballería
Dicho sea de paso, esta fragilidad del conocimiento acerca de los orígenes del cristianismo sucede con casi todas las instituciones, organizaciones y movimientos de larga historia y gran calado. La longevidad ofrece amplia oportunidad para el olvido, la confusión y la simple pérdida de antecedentes. Recordemos además que dichas historias exitosas no lo han sido desde el principio; fueron, en sus comienzos, emprendimientos de unos pocos convencidos a los que casi todo el mundo desdeñó y quizás luego persiguió. Por lo mismo hay pocos documentos a mano -nadie se interesaba en documentarlos- y se ha perdido el hilo de la tradición oral o se ha distorsionado gravemente.
Es entonces cuando la historia oficial llega al rescate. Toda institución posee la suya. En el caso de la cristiandad, son los evangelios. Escrita post factum, la historia oficial relata lo que pudo ser de acuerdo a lo que tal vez fue, pero también considerando el interés de lo que es y quiere seguir siendo. Es historia menos interesada en la verdad que en lo conveniente, esto es, en la legitimidad y salud de la institución desde la que se narra.
No necesariamente es una invención de cabo a rabo, pero casi nunca es verdad de tomo y lomo. La verdad histórica químicamente pura se rehúye incluso al historiador investigativo que sólo anhela saber qué y cómo pasó. En manos del historiador oficial, es aun más huidiza. Por consiguiente, sea lo que sea que dijeron o quisieron decir los evangelistas, sus dichos han sido interpretados, editados y corregidos por siglos y siglos de afanosa elaboración teológica. Son, entonces, libros cuyo contenido, de modificarse o rozarse, toca y roza el entero edificio de la fe. Veamos por qué.
Euangelicon
La palabra "evangelio" deriva de la palabra griega euangelicon, que significa "buenas noticias". ¿Y cuáles fueron en este caso dichas buenas noticias? Pues que Dios decidió encarnarse en un hijo nacido sin mácula para dar a la humanidad posibilidad de redimirse. Esto significa que desde entonces rige un New Deal disponible para toda la humanidad en vez del viejo trato en exclusiva -depositado en el arca- de Jehová con su pueblo elegido, los judíos. Y este nuevo trato gira alrededor de la persona de Jesús.
Es el principal signatario. Su importancia radica no sólo en lo que predicó, sino esencialmente en su naturaleza como Dios y Hombre. No sólo en esto, sino en su martirio. Y no sólo en eso sino en su redención, al tercer día elevado de entre los muertos. Es diciendo que todo eso sucedió y cambió la historia del hombre de ahí para adelante que el cristianismo existe.
Es en esos eventos que reclama su unicidad y su validez, no en tal o cual doctrina metafísica sobre Dios. Jesús como persona es la identidad misma del cristianismo. Hace la diferencia con otros credos monoteístas como el Islam o el judaísmo. En Cristo, en sus manos, está la redención; en su sacrificio y resurrección se encarna la agonía humana, que experimenta su condición de portador del pecado original a la de salvado por gracia divina; sin Cristo como persona naciendo y muriendo en un momento del tiempo y en un lugar del espacio, no hay cristiandad. En la historia de esos hechos reside aquélla y por tanto radica entera en los evangelios, esto es, en lo que ellos cuentan que sucedió.
El Problema de Judas
Esa, su base fundacional, es simultánea y paradójicamente el punto débil del cristianismo.
Como ya lo vimos, su legitimación depende no de un evento probado por la ciencia histórica, sino sólo atestiguado por cuatro desconocidos cuyo trabajo fue luego editado por funcionarios de la Iglesia. Depende, a fin de cuentas, de que NO PODAMOS viajar en una máquina del tiempo a verificar si Cristo existió, predicó, fue martirizado, crucificado y al tercer día resucitó de entre los muertos. Depende, en suma, de la solidez de los evangelios que afirman esos hechos.
De ahí el problema con éste, el llamado evangelio "de Judas". De súbito lo relativiza todo. Ya no serían cuatro los evangelistas, sino cinco. ¿Y por qué no seis, siete, quién sabe cuántos más que hayan podido escribir sobre Cristo? ¿Y qué versiones o visiones sobre su vida pudieran haber tenido? Pero lo peor es esto: el relato de este nuevo e inédito evangelista desdice parte sustancial de la esencia del drama cristológico. No habría habido traición, sino una suerte de plan para forzar al Sanhedrín a tomar cartas en el asunto y poner a Cristo en el escenario. Habría habido no agonía en el monte de los Olivos, sino cálculo político.
Y hay más; si fuera verdad que Cristo fuerza a Judas a denunciarlo para poner en marcha el proceso judicial que terminaría con él en la cruz, ¿no pudo también "arreglar" convenientemente lo de su cuerpo? Si su cadáver fue simplemente retirado por otro Judas o acaso el mismo Judas, ¿qué resta de la redención al tercer día, de esa resurrección de la carne que está en la base de la fe cristiana?
Todo esto, claro, genera un descomunal intríngulis. Si se declara a este nuevo evangelio como inválido, los otros pueden serlo también pues ninguno tiene más sustento material, histórico o científico para superar a los otros en validez.
Y si es válido, los otros dejan de serlo. Este hallazgo y publicación no ha sido, entonces, una mera anécdota arqueológica. Afecta o puede afectar la identidad misma de una importante religión. Siga en nuestra sintonía.
Fernando Villegas
Fecha edición: 16-04-2006
F!: