La fe mueve montañas.
Es una afirmación muy vieja, ya aceptada sin prestarle atención, y quizá sea tiempo de remodelarla.
Es una afirmación muy vieja, ya aceptada sin prestarle atención, y quizá sea tiempo de remodelarla.
Que la fe tenga la suficiente fuerza para mover una montaña, cada día suena más falso. Imaginar a la ya agotadísima fe masiva, a la fe anciana, esa que en algún tiempo pudo haber tenido el poder de mover piedras, haciendo tanta fuerza hoy, es una falacia.
Todavía hay quienes siguen viendo en ella algo de juventud; basándose en la fe como un punto fijo, algo grande e inamovible, ven pasar a las piedras, árboles y arbustos que conforman la montaña a su lado y se les vuelve una certeza que efectivamente sí, la fe la está moviendo: la montaña se mueve. Quienes tienen ese punto fijo anclado en la fe desconocen principios básicos de la cinemática, y el punto fijo es relativo.
Porque si por el contrario colocamos como referencia a la montaña, podemos decir que la montaña mueve la fe, y ésta cambia de posición a medida que avanza el tiempo; pero seguiríamos estando equivocados, las montañas no se mueven.
Analicemos ahora qué pasa si volvemos a poner el punto fijo en la montaña, pero acordándonos que esta es algo inmóvil, y que salvo grandes terremotos no va a moverse de donde está, podemos ver a la fe cambiar de lugar respecto a la montaña, a medida que transcurre el tiempo (se mueve, sí).
La montaña está quieta, la fe se mueve. Pero se mueve hacia abajo, cae por una fuerza mayor, parecida a la gravedad. La fe está cayendo por la ladera de la montaña, y la Razón y el pensamiento la empujaron hacia la tierra. La fe esta cabeza abajo, viendo pasar la montaña sobre sí, y todavía piensa que la mueve. “Eppur si muove”
Reconozcamos que esta fe ya se encuentra mayor, está cayendo por una ladera, y es tiempo de actualizar el perfil que tenemos de ella, la fe es una pobre anciana.
La fe no mueve montañas.
Porque si por el contrario colocamos como referencia a la montaña, podemos decir que la montaña mueve la fe, y ésta cambia de posición a medida que avanza el tiempo; pero seguiríamos estando equivocados, las montañas no se mueven.
Analicemos ahora qué pasa si volvemos a poner el punto fijo en la montaña, pero acordándonos que esta es algo inmóvil, y que salvo grandes terremotos no va a moverse de donde está, podemos ver a la fe cambiar de lugar respecto a la montaña, a medida que transcurre el tiempo (se mueve, sí).
La montaña está quieta, la fe se mueve. Pero se mueve hacia abajo, cae por una fuerza mayor, parecida a la gravedad. La fe está cayendo por la ladera de la montaña, y la Razón y el pensamiento la empujaron hacia la tierra. La fe esta cabeza abajo, viendo pasar la montaña sobre sí, y todavía piensa que la mueve. “Eppur si muove”
Reconozcamos que esta fe ya se encuentra mayor, está cayendo por una ladera, y es tiempo de actualizar el perfil que tenemos de ella, la fe es una pobre anciana.
La fe no mueve montañas.
Madera.