El lunes fui a ver Ángeles y demonios, la nueva película de Ron Howard basada en la novela homónima de Dan Brown, que continúa la saga de El código Da Vinci (en la versión fílmica, al menos). No voy a spoilear la película (¿no es genial decir “spoilear”?), fundamentalmente porque tampoco hay mucho para spoilear: una centenaria secta, los Illuminati, se roba un artilugio de antimateria recién creado en el CERN con el propósito de volar el Vaticano justo cuando se lleva a cabo el Cónclave para elegir un nuevo Papa y la muchedumbre se agolpa para observar si el humito de la chimenea es blanco o negro. Llaman al profesor Robert Langdon (Tom Hanks) para que resuelva los rompecabezas y salve al Papa, a la Iglesia Católica y, en fin, al mundo. Hay cruces, estatuas, sotanas, muertos, sellos, tiros, manuscritos, alta tecnología, explosiones, helicópteros, buenos que son malos y malos que son buenos. Fin del spoiler.
Pues tampoco hay mucho más. Ángeles y demonios consiste, básicamente, en Tom Hanks corriendo por las calles de Roma al grito de “¡Oh! ¡Ese es un símbolo del siglo XIV y nos dice que sigamos corriendo en esta dirección!”. Así, durante más de dos horas. Al igual que con El código Da Vinci, el problema no reside en determinar si el film es revelador, blasfemo u ofensivo; el problema es que una y otra película son aburridas.
Sospecho que sucede siempre que una baratija de mercado se toma tan en serio a sí misma. No hay otra forma de explicarlo. Si se meten en una misma bolsa una secta centenaria, una super-bomba, una conspiración, acertijos, explosiones y corridas por las calles de Roma, el resultado debería ser un par de horas de sólido entretenimiento. Ingredientes y recursos no faltan. Sin embargo, la solemnidad termina devorándose a estas películas. Dicen que uno no puede culpar a un parque temático por no ser una catedral, pero uno debería decir algo cuando un parque temático pretende hacerse pasar por catedral. Ante todo, porque el resultado termina siendo trivial. Aburrido.
Ahora bien, se trata de una superproducción hollywoodense, con todos los imbatibles ingredientes mencionados, y uno puede mirarla de buena gana si la pasan un domingo por la tarde en la tele. Si la película es denigratoria o no, si es ofensiva o no, a la larga no es más que aritmética de mercadotecnia. En las últimas semanas escuché a numerosos teólogos explicando los “errores” de Ángeles y demonios, por ejemplo, en relación a los Illuminati; pero no escuché que dijeran nada cuando Umberto Eco los incluyó en su novela El péndulo de Foucault, de 1988, o cuando tuvieron que vérselas con Lara Croft (Angelina Jolie) en Tomb raider (2001). Lo mismo con numerosos físicos y expertos en tecnología, explicando por qué la antimateria no puede convertirse en una bomba. ¿Dónde estaban cuando estrenaban películas donde las lagartijas se convertían en monstruos gigantes por la radiación atómica? ¿O cuando un arma de rayos láser reducía a la gente a polvo? ¿Es que allí no había “errores”?
Pero de nuevo, ése no es el problema. Parto de esta premisa: una vida llena de misterios es mucho mejor que una vida carente de ellos. Nos atraen los misterios, nos atraen las cosas que han permanecido ocultas durante mucho tiempo, los libros que aguardaron cincuenta años antes de que uno los extrajera del estante de la biblioteca, las historias que parecían perdidas y que vemos renacer de repente. Nos gustan las intrigas. Los sigilos palaciegos. Los secretos y todas las mañas que permiten que esos secretos sigan siendo secretos.
Acaso de todas las rutinas destinadas a mantener determinados secretos, las más llamativas provengan de la industria del entretenimiento. Uno ha llegado a asumir como corrientes los silencios y exclusiones de las cúpulas religiosas, los gobiernos, las industrias médicas o tecnológicas, pero todavía siguen sorprendiendo las trabas legales y burocráticas para hacer una cosa tan trivial como es ver una película.
Los controles se han vuelto extremos. Asistir a una función de una película antes de su estreno oficial asume muchas veces la forma de intensas negociaciones entre grandes corporaciones, restricciones, detectores de metales, bandejitas donde dejar el teléfono celular, formularios que llenar, declaraciones que firmar.
El lunes caminaba hacia las oficinas de Sony pensando en todo esto. Teniendo en cuenta el lío que armó la distribución ilegal de un workprint de X-men origins: Wolverine, hace unas cuantas semanas, me imaginé la multitud de controles que debería sortear para ver Ángeles y demonios. Sumando, además, que no la estaba viendo sólo unos días sino unas cuantas semanas antes de su estreno.
Había algo excitante en todo eso, como si nuestra sociedad secular hubiese producido un nuevo tipo de secretos y entresijos; como si la industria del entretenimiento hubiese construido sus propios misterios, sus propias pruebas y revelaciones. Acceder un rato antes a las baratijas de mercado puede ser casi tan problemático como acceder a los secretos de alguna centenaria sociedad clandestina. Tan problemático, pero igual de excitante.
Fue una decepción. Simplemente llegué, hablé un rato con la simpática señorita de marketing, me senté en el microcine, un tipo accionó el proyector y vi la película. Fin. No me pidieron que dejara el celular; no me obligaron a atravesar un detector de metales; no debí firmar cláusulas de confidencialidad; no juré no emitir opinión sobre la película bajo la presión de tremendos cargos penales. Sólo me senté en la butaca y vi la película. Nada más.
Para peor, cuando terminó, ya caída la noche, no quedaba nadie en el edificio. Los oficinistas se habían marchado a su casa, los cubículos estaban vacíos. Bajé las escaleras y husmeé por ahí, a la búsqueda de alguien que me abriera la puerta. Una señora de limpieza se encargó de eso.
Fue tan... trivial, que me amargó.
Mientras caminaba hacia el bar de la esquina, quise pensar en sociedades secretas, símbolos enigmáticos, secretos guardados bajo siete llaves por comunidades religiosas o profesionales de la industria cultural. Al final, sólo pensé en que no había nadie en el edificio de Sony y pude haberme robado discos, películas, monitores, cajas fuertes, escritorios, el proyector, la pantalla del microcine, las copias de Terminator 4.
La vida contemporánea es demasiado trivial, concluí. Necesitamos más secretos. Y mejores misterios.
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