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¡Un asadito para nuestros compatriotas en España!

Offtopic6/27/2009

¡Un asadito para nuestros compatriotas en España, por el amor de Dios!


Por Sebastian Iglesias.


Me he enterado que en España, país del llamado “Primer Mundo” hay discriminación, y discriminación hacia nosotros, los argentinos, que es aun peor. ¡Porque ellos sí que van a la vanguardia! En España imprimen los euros en braille para que a los cieguitos no los estafen con el vuelto, te subtitulan el noticiero de la tele para que los sordos se informen, te construyen una mezquita si hay más de treinta y dos moros a la redonda, etc etc etc. pero si un típico hombre argentino va a dicho país ibérico (o vive) con su familia y se le antoja pasar el día en un camping, no hay una mísera parrilla de cemento por ningún lado. ¿No es eso también discriminación?

Si a un árabe le traban la construcción de un templo ya están todos los zurditos mandando cartas a los diarios; si al ecuatoriano le impiden abrirse un locutorio, ya salen los defensores de los derechos del inmigrante en manifestación, si un minusválido se topa con una esquina sin rampa, vienen todos los canales de la tele a armar escándalo... ¿Y las parrillas? ¿A dónde están las parrillas comunales? ¿Alguien las vio, algún canciller argento se ha rasgado las vestiduras ante esta ausencia xenófoba en los espacios públicos al aire libre?

Averiguando y haciendo cálculos descubrí que en España hay muchos más argentinos que paralíticos: nosotros somos medio millón, y ellos cuatrocientos mil (los rengos de una pata no cuentan, como así tampoco los uruguayos, que son tan rioplatenses como nosotros, para equilibrar). Y como todos deben imaginar, y están en lo cierto, rampas de discapacitados hay por todos lados, ascensores con manubrio los hay en multitud en cines y teatros, hasta taxis especiales con sistema hidráulico, pero platos de madera, pan de galleta, parrillas de hormigón, ají molido para el chimichurri y vino en damajuana no vas a encontrar nunca en la puta vida.

Y no solamente nos obstaculizan la logística necesaria para llevar a cabo un asadito, sino que además nos corrompen la materia prima: la manipulan, nominal y físicamente. Con el objetivo rastrero de enloquecer a nuestros conciudadanos de estadía europea, de hambrearlos hasta extinguirnos o por lo menos extirparlos, han bautizado ‘chuletón’ a la costeleta, le dicen ‘churrasco’ al bife de chorizo, nombran ‘solomillo’ al lomo, y además pretenden que a las achuras, uno de los mas importantes emblemas argentinos que Dios nuestro señor nos dio, les dicen ‘menudencias’, igualándolas en nombre a la porquería que viene adentro del pollo en bolsitas de plástico, que se mezcla con arroz u otras cosas ya que es incomible ingerir sola, a diferencia de nuestras honrosas achuras de vaca.

Y como si todo eso fuera poco, no existe sinónimo alguno para ‘chinchulines’; ninguna palabra, ningún sonido, ni siquiera una onomatopeya para nombrar a una de las mas importantes entradas de todo asado rioplatense. Diga cualquier criollo la palabra “chinchulín” en territorio español y nadie sabrá de qué estás hablando, o peor aun te confundirán con un chino y te mandarán a trabajar a un sótano. Quién sabe cómo cagarán las vacas en ese país, si tendrán una sonda de goma o algo, pero a los chinchulines nadie los conoce. Hay una grieta legal en el intestino delgado del vacuno, señor presidente de la Real Academia Española, hay una cosa blandita adentro de los cuadrúpedos que según usted no tiene derecho a identidad.

De todos modos, el juego de palabras o "inexistencia de nombres" que utilizan es la menos preocupante de las desgracias que debe soportar cualquier argentino que haya elegido ir a probar suerte a ese país. Lo realmente peligroso es que los españoles han organizado un plan secreto, milimétrico y preocupante, para que no logren juntarse en paz a comer un asadito, que es nuestra forma de sociabilizar como nación, de reponer energía dominguera para sobrellevar la semana, de no perder la argentinidad y seguir firmes en la re-educación moral de este pueblo.

-¿Así que vosotros no podéis vivir sin vuestra famosa carne asada?- habrá pensado, un buen día, el Ministro del Interior español, ¡y zácate!: le cambió el nombre a todos los cortes de res, les impuso una dieta de carne dura y nerviosa, quitó todas las parrillas de los campings y pretendió conformar a todo inmigrante argentino con un símil al que llaman ‘barbacoa’, que es un artefacto enclenque, de veinte centímetros de diámetro, que calcina la carne en diez minutos. La barbacoa se parece, mirada con buena voluntad, a la parrilla portátil de un enanito apurado.

¿Y si nuestros compatriotas en ese pais quieren construir una de cemento en el balconcito que da a la calle? ¡Jamás!: los vecinos llaman a la policía por hacer fuego en zona común y el ayuntamiento les pone una multa de 150 euros la primera vez, y prisión preventiva si reinciden poniendo una chapa para que pase desapercibida. Lo tienen todo calculado.

Es por estas razones que, cuando vuelven unos días a nuestro terruño, cuando una vez cada tanto regresan a la Argentina, lloran a moco tendido si un amigo les pone un pedazo de vacío crujiente en el plato de madera, y siguen llorando cuando huelen el olor de un parsimonioso chorizo asandose, o cuando le ofrecen una morcilla cruda recien cortada, y no paran de llorar hasta que promedia el truco de seis o la ronda de mate.

No es nostalgia, ni es melancolía, ni es amor a las costumbres: es que tienen el llanto atragantado desde que se fueron a España, es la bronca de ese racismo invisible, de las noches y noches en que se han despertado soñando con un asado que no era... Pero no van a llorar en cancha de ellos, no van a darles el gusto de que los vean flaquear.

La tienen complicada, es cierto. Y es claro: para nosotros el vacuno es un animal irrepetible, único, dador de infinitos manjares tiernos; mientras que para ellos la vaca es solamente… la mujer del toro. Y viendo lo que le hacen al marido, tampoco se puede esperar que a la esposa la traten con cariño.



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