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El silencio




Entender hoy los procesos políticos de los años 70 sin que la lente deformadora de la retrospectiva altere la realidad de las concepciones, estímulos y motivaciones de entonces, sin que el presente prepotente nos nuble el entendimiento y nos contamine la postal, es tarea difícil o tal vez imposible. Entender lo actuado por la iglesia en aquellos años de acción revolucionaria y reacción represiva, requiere paciencia, razón y tripas fuertes, en particular para aquellos que practican el culto católico. No es mi caso: he salido inmune de bautismos y catecismos, prácticas culturales que se sostienen desde lo social más allá del cumplimiento efectivo del dogma cristiano (Los niños deben ser bautizados, aun cuando desconozcan cuantos evangelios contiene el nuevo testamento o no puedan precisar un solo detalle de la buena nueva cristiana).
La Iglesia es una estructura política asociada al poder, y uno de los puntales de cualquier sistema de poder que se perpetúa es lograr hacerlo como algo de contenido naturalizado, no cuestionado ni variable, firme y absoluto. Cuando en los años 70 se hablaba de “cultura occidental y cristiana”, se estaba dando a entender dos cosas: por un lado, la existencia de una cultura antagonista, “ateo-comunista”, por usar una denominación dura y extrema. Por otro lado, se demostraba que capitalismo e iglesia constituían un núcleo cultural indisoluble, amenazado en su naturalidad, cuestionado en su noción de único-absoluto. Este mundo fue el que la dictadura militar vino a salvar. En realidad -como señala en un libro posterior Verbitsky y como marca Casullo también- iglesia y doctrina liberal se aliaron a principios del siglo XX, luego del alejamiento y crisis que la revolución francesa había supuesto durante el siglo XVIII. El motivo del reencuentro no fue otro que la irrupción del fantasma comunista y su posterior triunfo bolchevique.
La iglesia enfrentó el proceso revolucionario de los años 60 y 70 como a un hecho disolvente que la amenazaba profundamente: lo mismo entendió la burguesía nacional e internacional. Por eso no es nada extraño que liberalismo económico conjugara con cristianismo ferviente y nacionalismo simbólico en la mente de aquellos militares decididos al genocidio. Porque la iglesia era uno de los puntales ideológicos más fuertes en la lucha represiva. Y fue también parte protagonista, legitimadora en aquel entonces, y cómplice del silencio aun hoy. Razón, pasión y acción: para apuntalar los argumentos con nociones absolutistas que todo lo justificaban, para atizar el núcleo de fanatismo violento latente en la historia de nuestras fuerzas armadas y para brindar infraestructura y recursos humanos al proceso represivo. Todo esto es perceptible en el libro de Verbitsky: una obra breve que antecede a su tetralogía (Cristo vence, La violencia evangélica, Vigilia de Armas y Doble Juego), cuyo título tiene un doble significado: por un lado, es el nombre de una quinta ubicada en el delta, propiedad de la iglesia, que la marina utilizó como campo de concentración provisorio para esconder a los detenidos durante la visita de la comisión interamericana de derechos humanos de la OEA. Por otro lado, es una denuncia contra la complicidad deliberada de una cúpula eclesiástica que ya no puede ocultar sus manos manchadas de sangre.







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