El arte de la oración
Oración: diálogo del hombre con Dios, de corazón a corazón. Una relación en la que el hombre puede poner cada vez más empeño, como se sugiere en este texto editorial.
«Si el cristianismo –decía Juan Pablo II– ha de distinguirse en nuestro tiempo, sobre todo, por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!».
Queremos amar a Dios Padre con todas nuestras fuerzas, poner el alma en la oración, con todas sus potencias: la inteligencia y la voluntad, la memoria, la imaginación y los sentimientos. El Señor se sirve de ellas, sucesiva o simultáneamente, como cauces para entrar en diálogo con nosotros.
No hay dos ratos de oración iguales. El Espíritu Santo, fuente de continua novedad, toma la iniciativa, actúa y espera. A veces espera una lucha a palo seco, cuando parece que no llega ninguna respuesta: se nota entonces más el esfuerzo de la voluntad, sereno y tenaz, por hacer actos de fe y de amor, por contarle cosas, por aplicar la inteligencia y la imaginación a la Sagrada Escritura, a textos de la liturgia o de autores espirituales; buscándole con palabras o sólo mirando. La actitud de búsqueda es ya diálogo que transforma, aunque parezca, a veces, que no encuentra eco.
Otras veces irrumpen ideas o afectos que dan fluidez a los ratos de oración y ayudan a percibir la presencia de Dios. En unos casos y otros –con afectos, ideas, con ganas o sin ellas– se trata de que pongamos nuestras potencias en manos del Espíritu Santo. Somos suyos y Él ha dicho: ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero?[2] Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida diaria corriente[3].
La única regla que Dios ha querido seguir es la que se impuso al crearnos libres: esperar nuestra filial colaboración. Al disponernos para la oración, lo haremos como hijos, luchando por mantener la atención en este Padre que quiere hablarnos. Al fin y al cabo, lo que está de nuestra parte no es que haya facilidad en la inteligencia, o que se encienda el corazón con afectos. Lo importante es la determinación por mantener la apertura al diálogo, sin dejar que decaiga esa actitud por rutina o desaliento.
Oración: diálogo del hombre con Dios, de corazón a corazón. Una relación en la que el hombre puede poner cada vez más empeño, como se sugiere en este texto editorial.
«Si el cristianismo –decía Juan Pablo II– ha de distinguirse en nuestro tiempo, sobre todo, por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!».
Queremos amar a Dios Padre con todas nuestras fuerzas, poner el alma en la oración, con todas sus potencias: la inteligencia y la voluntad, la memoria, la imaginación y los sentimientos. El Señor se sirve de ellas, sucesiva o simultáneamente, como cauces para entrar en diálogo con nosotros.
No hay dos ratos de oración iguales. El Espíritu Santo, fuente de continua novedad, toma la iniciativa, actúa y espera. A veces espera una lucha a palo seco, cuando parece que no llega ninguna respuesta: se nota entonces más el esfuerzo de la voluntad, sereno y tenaz, por hacer actos de fe y de amor, por contarle cosas, por aplicar la inteligencia y la imaginación a la Sagrada Escritura, a textos de la liturgia o de autores espirituales; buscándole con palabras o sólo mirando. La actitud de búsqueda es ya diálogo que transforma, aunque parezca, a veces, que no encuentra eco.
Otras veces irrumpen ideas o afectos que dan fluidez a los ratos de oración y ayudan a percibir la presencia de Dios. En unos casos y otros –con afectos, ideas, con ganas o sin ellas– se trata de que pongamos nuestras potencias en manos del Espíritu Santo. Somos suyos y Él ha dicho: ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero?[2] Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida diaria corriente[3].
La única regla que Dios ha querido seguir es la que se impuso al crearnos libres: esperar nuestra filial colaboración. Al disponernos para la oración, lo haremos como hijos, luchando por mantener la atención en este Padre que quiere hablarnos. Al fin y al cabo, lo que está de nuestra parte no es que haya facilidad en la inteligencia, o que se encienda el corazón con afectos. Lo importante es la determinación por mantener la apertura al diálogo, sin dejar que decaiga esa actitud por rutina o desaliento.
Jesús, en vos confío