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51. A CONTRACORRIENTE.
Diógenes solía entrar al teatro cuando la función había terminado,
topándose así con la gente que salía. Cuando le preguntaban por qué entraba a
contracorriente, él respondía:
-Para que entendáis lo que he tratado de hacer toda mi vida.
52. LOS MUERTOS NO SUFREN.
Cuando le preguntaron si la muerte era un mal, Diógenes,
anticipándose al célebre argumento de Epicuro, respondió:
-¿Cómo va a ser un mal si cuando uno se muere ni siente ni padece?
53. SOL Y NADA MÁS.
Según la leyenda, Alejandro Magno había oído hablar de Diógenes y lo
admiraba mucho. Un día se presentó ante él y le dijo:
-Yo soy Alejandro, el gran rey.
-Pues yo soy Diógenes, el gran can.
Como Alejandro le preguntara por qué lo apodaban así, Diógenes respondió:
-Porque halago a los que dan, ladro a los que no dan, y muerdo a los malos.
Parece ser que Alejandro quedó impresionado por Diógenes y le dijo que podía pedirle
lo que quisiera, que se lo concedería.
Y Diógenes le pidió:
-Lo que quiero es que te apartes porque me estás tapando el sol.
54. ¿QUIÉN TEME A ALEJANDRO MAGNO?
Cuando Alejandro le dijo que si no lo temía, Diógenes le preguntó:
-Depende, ¿tú eres un bien o un mal?
-Un bien, naturalmente -respondió Alejandro. Y Diógenes se despachó diciendo:
-¿Y por qué iba a temerte entonces?
Un hombre rico invitó a Diógenes a su lujosa mansión, pero una vez allí le
prohibió que escupiera en aquel suelo reluciente. Diógenes se aclaró la
garganta y escupió en la cara de su anfitrión.
-¿Por qué has hecho eso? -le preguntó su anfitrión.
-Porque es el único sitio sucio de la casa -le espetó Diógenes.
55. LA SEGURIDAD AL LADO DE LA DIANA.
Un día, presenciaba Diógenes las prácticas de tiro de un arquero
que no daba una. Al percatarse de la poca pericia del tirador, Diógenes fue a
sentarse junto al blanco.
-Aparta de ahí o saldrás herido -le increpó el arquero.
-Al contrario -replicó Diógenes-, con lo malo que eres disparando es el único
lugar donde me encuentro seguro.
56. EL PELIGRO DEL DARDO EN EL TRASERO.
En cierta ocasión, se topó Diógenes con un joven apuesto que dormía
despreocupado, con las nalgas en pompa, y lo despertó, parodiando un verso de la
Ilíada (aquel que dice «Cuídate de que nadie te clave en tu huida una lanza
detrás») con estas palabras:
Levántate, amigo,
no sea que, dormido,
te claven por detrás un dardo
y acabes con el trasero herido.
Un hombre que era conocido en Atenas por sus maldades grabó en el dintel de su
casa una sentencia que decía: «Nada malo entre por aquí».
Diógenes, al enterarse, comentó:
-¿Y dónde dormirá ahora el dueño de la casa?
57. LA MEJOR HORA PARA COMER.
Le preguntaron un día a Diógenes cuál era la mejor hora para
comer, y respondió:
-Si eres rico, cuando quieras; si eres pobre cuando puedas.
58. TARDE DE PIEDRAS, DÍA DEL PADRE.
Viendo que el hijo de una meretriz andaba entretenido en tirarle
piedras a la gente, Diógenes le gritó:
-Muchacho, no tires piedras a los desconocidos, no le vayas a dar a tu padre.
59. COMER EN MITAD DEL AGORA.
Diógenes comía, bebía y hacía sus necesidades donde le placía.
Cuando le preguntaban que por qué comía en mitad del ágora, él respondía:
-Porque tenía hambre en mitad del ágora.
Iba Diógenes a meterse en un baño para adecentarse cuando reparó en lo sucia que
estaba la tina, y le preguntó al propietario:
-Los que se bañan aquí, ¿dónde se lavan luego?
60. EL LADRÓN DE MANTOS.
Al reconocer a un ladrón de mantos en los baños públicos, le preguntó:
-¿Tú vienes a desnudarte o a vestirte?
61. COLGADO DEL NOMBRE.
Al enterarse de que un tal Dídimo (traducido: testículo) había
sido sorprendido en adulterio, sentenció:
-Dídimo se merece que lo cuelguen por su nombre.
62. LA CARIDAD DE LAS ESTATUAS.
Cierto día, Diógenes pedía dinero a una estatua.
-¿Por qué haces eso? -le preguntó, extrañado, alguien que pasaba por allí.
Y él respondió:
-Para acostumbrarme a los que se quedan como estatuas cuando les pido limosna.
Cuando le preguntaron qué razón encontraba él para explicar el hecho de que la
mayoría de la gente socorra con una limosna a los pobres, pero no a los
filósofos necesitados de ella, Diógenes respondió:
-Es que la mayoría de los hombres creen que alguna vez podrían verse en la
situación de los pobres, pero no se imaginan en la de los filósofos.
63. UN AVISO TARDÍO.
A uno que le golpeó sin querer con un madero que portaba y que tras
ello le dijo: «¡Cuidado!», Diógenes le replicó:
-¿Por qué?, ¿es que vas a golpearme de nuevo?
64. LA VENTA DE DIÓGENES.
Diógenes fue hecho prisionero y puesto a la venta como esclavo.
Cuando el pregonero le preguntó qué sabía hacer, él respondió:
-Sé mandar. Mira a ver si alguien quiere comprar un amo.
65. EL COLOR DE LA VIRTUD.
Viendo Diógenes que un joven se ruborizaba, le dijo:
-Enhorabuena, muchacho, ése es el color de la virtud.
Le preguntaron qué mordedura de animal hacía más daño, y él respondió:
-De los salvajes, la del calumniador; de los domésticos, la del adulador.
66. LA LÁMPARA DE DIÓGENES.
Diógenes pensaba que la verdadera naturaleza humana estaba
corrompida por los usos sociales.
De ahí que, según se cuenta, caminara un día por las calles de Atenas
portando una lámpara encendida y diciendo:
«Busco un hombre».
Cuando en otra ocasión clamaba:
«¡Hombres, hombres!», y se le acercaron unos cuantos, los apartó con su báculo gritando:
-¡He dicho hombres, no desperdicios!
67. LA TINAJA DE DIÓGENES.
Como ya dijimos, Diógenes vivía en una tinaja, a la que también
daba otros usos. Así, cierto día en que los habitantes de Corinto andaban
afanados ante el inminente ataque de las tropas de Filipo de Macedonia, Diógenes
hizo rodar su tinaja por las calles de la ciudad. Como alguien le preguntara
por qué hacía eso, él respondió:
-Porque, andando todos tan ajetreados, no querría ser yo el único que no hiciera
nada.
Cuando le preguntaron quién le daría entierro al morir, careciendo como carecía
de familiares y siervos, Diógenes contestó:
-Aquel que quiera quedarse con mi morada.
68. FIDELIDAD A LOS PERROS.
Sobre la muerte de Diógenes circularon muchas versiones. Según una
de ellas, murió de un cólico provocado por la ingestión de un pulpo vivo; según
otra, fue como consecuencia de una caída, tras haberle mordido un tendón uno de
los perros entre los que trataba de repartir un pulpo; y según otra más, murió
por propia voluntad, reteniendo la respiración. También circula una leyenda
según la cual sus últimas palabras fueron:
-Cuando me muera echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado.
69. CURTIRSE ENTRE PUTAS.
A Crates, discípulo de Diógenes, sus conciudadanos lo llamaban el
Abrepuertas, porque tenía la costumbre de colarse en las casas sin llamar, sólo
para soltar alguna de sus máximas y frases ingeniosas. También le gustaba rondar
por los burdeles para insultar a las prostitutas, las cuales no se quedaban
cortas en sus réplicas. Cuando alguien le preguntaba a qué se debía esa actitud,
él respondía:
-Lo hago para curtirme en las disputas. Así sé cómo responder luego a los
insultos de los filósofos.
Pero no siempre Crates sabía responder con certeza a lo que se le preguntaba,
pues cuenta Diógenes Laercio que, habiéndole preguntado Estilpón algo a Crates,
a éste se le escapó una ventosidad, y Estilpón le dijo:
-Ya sabía yo, Crates, que todo lo hablas, menos lo que conviene oír.
70. HASTA CUÁNDO FILOSOFAR.
Cuando un discípulo le preguntó a Crates hasta cuándo se debe
filosofar, Crates le contestó:
-Hasta que veamos a los generales como lo que realmente son: conductores de asnos.
71. DEMASIADOS ALEJANDROS EN EL MUNDO.
Crates era oriundo de Tebas, ciudad que había sido arrasada por las
tropas de Alejandro Magno. Un día Alejandro le preguntó si le gustaría ver
reconstruida su ciudad natal. Y Crates le contestó:
-¿Para qué? ¿Para que venga pronto otro Alejandro y la arrase de nuevo?
72. EL DERECHO A LA BOFETADA.
Hiparquia, la bella hermana de Metrocles, discípulo de Crates, se
enamoró del maestro de su hermano, a pesar de que Crates era medio jorobado.
Despreciando las convenciones sociales, Hiparquia y Crates satisfacían sus
necesidades allí donde les apetecía (más de una vez se les vio haciendo el amor
en público). Pero no sólo les gustaba provocar de esta manera a sus
conciudadanos, sino que también solían desafiarlos con ingeniosos dardos
verbales, como aquella ocasión en la que Hiparquia arremetió contra Teodoro el
Ateo con estas palabras:
-Puesto que tú reconoces que tenemos los mismos derechos -le dijo-, admitirás
que si tú, Teodoro, haces algo que no puede considerarse delito, tampoco deberá
ser considerado delito si eso mismo lo hago yo.
-Conforme -admitió Teodoro.
-Entonces -concluyó Hiparquia-, puesto que Teodoro no comete ningún delito si se
da un guantazo a sí mismo, tampoco lo comete Hiparquia si le arrea idéntico guantazo.
Y tras esto, Hiparquia le propinó una bofetada.
73. LA DIFÍCIL PROPORCIÓN DE UNA LIMOSNA.
Como ya hemos dicho, los filósofos cínicos se caracterizaban por su
austeridad.
Pues bien, se cuenta que un cínico pedía un día limosna al rey Antígono:
-Sólo pido una dracma -imploró el filósofo cínico.
-Imposible, eso sería indigno de un rey como yo -le dijo Antígono.
-Dame un talento entonces -rogó el filósofo.
-¡Ni hablar! Eso sería demasiado para un cínico como tú.
74. LA ESCUELA DE MEGARA.
La escuela de Megara (fundada por Euclides de Megara, a quien no
hay que confundir con el matemático), que combinaba las enseñanzas de Sócrates
con las de Parménides, destacó sobre todo por sus investigaciones de carácter
lógico. Pero tampoco faltaba entre sus miembros el sentido del humor, como el de
aquel que una vez le preguntaba al estoico Zenón si había dejado ya de dar
palizas a su padre, comprometiendo con ello al pobre Zenón, pues no se puede
salir bien parado de esta pregunta ni contestando que sí ni contestando que no:
porque, quien contesta que sí, está reconociendo que en el pasado ha dado
palizas a su padre, y quien contesta que no está admitiendo que se las sigue
dando todavía.
A otro de los miembros de la escuela, Eubúlides de Mileto, se le atribuyen un
buen número de paradojas, entre ellas la famosa del mentiroso, según la cual la
verdad o falsedad de una oración como: «Estoy mintiendo», resulta siempre
paradójica, pues si la oración es verdadera, al mismo tiempo ha de ser falsa (ya
que será verdad que «estoy mintiendo»), y si la oración es falsa, al mismo
tiempo tendrá que ser verdadera (ya que, si es falso que estoy mintiendo,
entonces estoy diciendo la verdad). También parece ser el autor de argumentos
sofísticos como el del cornudo, que dice así:
Tienes lo que no has perdido, no has perdido los cuernos, luego tienes los cuernos.
75. LAS COCES DE ARISTÓTELES.
Aristóteles fue el discípulo más aventajado de Platón, superando
muchas veces en sabiduría a su maestro. Por otra parte, había ciertas cosas en
la filosofía de Platón con las que no comulgaba, especialmente su teoría de las
Ideas, que consideraba errónea.
Aristóteles no veía motivo para admitir la existencia de las Ideas, de las
esencias como realidades separadas de las cosas sensibles. Cuando Aristóteles
tuvo que elegir entre la fidelidad a la verdad y la fidelidad al maestro, sentenció:
«Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad».
Platón debió de sentirse molesto por el distanciamiento de Aristóteles, o, al
menos, así lo refiere una leyenda según la cual Platón habría afirmado en alguna
ocasión:
Aristóteles nos tira coces, como hacen los potrillos con sus madres, olvidando
que los han parido.
Filosofía para Bufones. Pedro González Calero.
Anécdotas sobre filósofos. (3ra. parte)
51. A CONTRACORRIENTE.
Diógenes solía entrar al teatro cuando la función había terminado,
topándose así con la gente que salía. Cuando le preguntaban por qué entraba a
contracorriente, él respondía:
-Para que entendáis lo que he tratado de hacer toda mi vida.

52. LOS MUERTOS NO SUFREN.
Cuando le preguntaron si la muerte era un mal, Diógenes,
anticipándose al célebre argumento de Epicuro, respondió:
-¿Cómo va a ser un mal si cuando uno se muere ni siente ni padece?

53. SOL Y NADA MÁS.
Según la leyenda, Alejandro Magno había oído hablar de Diógenes y lo
admiraba mucho. Un día se presentó ante él y le dijo:
-Yo soy Alejandro, el gran rey.
-Pues yo soy Diógenes, el gran can.
Como Alejandro le preguntara por qué lo apodaban así, Diógenes respondió:
-Porque halago a los que dan, ladro a los que no dan, y muerdo a los malos.
Parece ser que Alejandro quedó impresionado por Diógenes y le dijo que podía pedirle
lo que quisiera, que se lo concedería.
Y Diógenes le pidió:
-Lo que quiero es que te apartes porque me estás tapando el sol.

54. ¿QUIÉN TEME A ALEJANDRO MAGNO?
Cuando Alejandro le dijo que si no lo temía, Diógenes le preguntó:
-Depende, ¿tú eres un bien o un mal?
-Un bien, naturalmente -respondió Alejandro. Y Diógenes se despachó diciendo:
-¿Y por qué iba a temerte entonces?
Un hombre rico invitó a Diógenes a su lujosa mansión, pero una vez allí le
prohibió que escupiera en aquel suelo reluciente. Diógenes se aclaró la
garganta y escupió en la cara de su anfitrión.
-¿Por qué has hecho eso? -le preguntó su anfitrión.
-Porque es el único sitio sucio de la casa -le espetó Diógenes.

55. LA SEGURIDAD AL LADO DE LA DIANA.
Un día, presenciaba Diógenes las prácticas de tiro de un arquero
que no daba una. Al percatarse de la poca pericia del tirador, Diógenes fue a
sentarse junto al blanco.
-Aparta de ahí o saldrás herido -le increpó el arquero.
-Al contrario -replicó Diógenes-, con lo malo que eres disparando es el único
lugar donde me encuentro seguro.

56. EL PELIGRO DEL DARDO EN EL TRASERO.
En cierta ocasión, se topó Diógenes con un joven apuesto que dormía
despreocupado, con las nalgas en pompa, y lo despertó, parodiando un verso de la
Ilíada (aquel que dice «Cuídate de que nadie te clave en tu huida una lanza
detrás») con estas palabras:
Levántate, amigo,
no sea que, dormido,
te claven por detrás un dardo
y acabes con el trasero herido.
Un hombre que era conocido en Atenas por sus maldades grabó en el dintel de su
casa una sentencia que decía: «Nada malo entre por aquí».
Diógenes, al enterarse, comentó:
-¿Y dónde dormirá ahora el dueño de la casa?

57. LA MEJOR HORA PARA COMER.
Le preguntaron un día a Diógenes cuál era la mejor hora para
comer, y respondió:
-Si eres rico, cuando quieras; si eres pobre cuando puedas.

58. TARDE DE PIEDRAS, DÍA DEL PADRE.
Viendo que el hijo de una meretriz andaba entretenido en tirarle
piedras a la gente, Diógenes le gritó:
-Muchacho, no tires piedras a los desconocidos, no le vayas a dar a tu padre.

59. COMER EN MITAD DEL AGORA.
Diógenes comía, bebía y hacía sus necesidades donde le placía.
Cuando le preguntaban que por qué comía en mitad del ágora, él respondía:
-Porque tenía hambre en mitad del ágora.
Iba Diógenes a meterse en un baño para adecentarse cuando reparó en lo sucia que
estaba la tina, y le preguntó al propietario:
-Los que se bañan aquí, ¿dónde se lavan luego?

60. EL LADRÓN DE MANTOS.
Al reconocer a un ladrón de mantos en los baños públicos, le preguntó:
-¿Tú vienes a desnudarte o a vestirte?

61. COLGADO DEL NOMBRE.
Al enterarse de que un tal Dídimo (traducido: testículo) había
sido sorprendido en adulterio, sentenció:
-Dídimo se merece que lo cuelguen por su nombre.

62. LA CARIDAD DE LAS ESTATUAS.
Cierto día, Diógenes pedía dinero a una estatua.
-¿Por qué haces eso? -le preguntó, extrañado, alguien que pasaba por allí.
Y él respondió:
-Para acostumbrarme a los que se quedan como estatuas cuando les pido limosna.
Cuando le preguntaron qué razón encontraba él para explicar el hecho de que la
mayoría de la gente socorra con una limosna a los pobres, pero no a los
filósofos necesitados de ella, Diógenes respondió:
-Es que la mayoría de los hombres creen que alguna vez podrían verse en la
situación de los pobres, pero no se imaginan en la de los filósofos.

63. UN AVISO TARDÍO.
A uno que le golpeó sin querer con un madero que portaba y que tras
ello le dijo: «¡Cuidado!», Diógenes le replicó:
-¿Por qué?, ¿es que vas a golpearme de nuevo?

64. LA VENTA DE DIÓGENES.
Diógenes fue hecho prisionero y puesto a la venta como esclavo.
Cuando el pregonero le preguntó qué sabía hacer, él respondió:
-Sé mandar. Mira a ver si alguien quiere comprar un amo.

65. EL COLOR DE LA VIRTUD.
Viendo Diógenes que un joven se ruborizaba, le dijo:
-Enhorabuena, muchacho, ése es el color de la virtud.
Le preguntaron qué mordedura de animal hacía más daño, y él respondió:
-De los salvajes, la del calumniador; de los domésticos, la del adulador.

66. LA LÁMPARA DE DIÓGENES.
Diógenes pensaba que la verdadera naturaleza humana estaba
corrompida por los usos sociales.
De ahí que, según se cuenta, caminara un día por las calles de Atenas
portando una lámpara encendida y diciendo:
«Busco un hombre».
Cuando en otra ocasión clamaba:
«¡Hombres, hombres!», y se le acercaron unos cuantos, los apartó con su báculo gritando:
-¡He dicho hombres, no desperdicios!

67. LA TINAJA DE DIÓGENES.
Como ya dijimos, Diógenes vivía en una tinaja, a la que también
daba otros usos. Así, cierto día en que los habitantes de Corinto andaban
afanados ante el inminente ataque de las tropas de Filipo de Macedonia, Diógenes
hizo rodar su tinaja por las calles de la ciudad. Como alguien le preguntara
por qué hacía eso, él respondió:
-Porque, andando todos tan ajetreados, no querría ser yo el único que no hiciera
nada.
Cuando le preguntaron quién le daría entierro al morir, careciendo como carecía
de familiares y siervos, Diógenes contestó:
-Aquel que quiera quedarse con mi morada.

68. FIDELIDAD A LOS PERROS.
Sobre la muerte de Diógenes circularon muchas versiones. Según una
de ellas, murió de un cólico provocado por la ingestión de un pulpo vivo; según
otra, fue como consecuencia de una caída, tras haberle mordido un tendón uno de
los perros entre los que trataba de repartir un pulpo; y según otra más, murió
por propia voluntad, reteniendo la respiración. También circula una leyenda
según la cual sus últimas palabras fueron:
-Cuando me muera echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado.

69. CURTIRSE ENTRE PUTAS.
A Crates, discípulo de Diógenes, sus conciudadanos lo llamaban el
Abrepuertas, porque tenía la costumbre de colarse en las casas sin llamar, sólo
para soltar alguna de sus máximas y frases ingeniosas. También le gustaba rondar
por los burdeles para insultar a las prostitutas, las cuales no se quedaban
cortas en sus réplicas. Cuando alguien le preguntaba a qué se debía esa actitud,
él respondía:
-Lo hago para curtirme en las disputas. Así sé cómo responder luego a los
insultos de los filósofos.
Pero no siempre Crates sabía responder con certeza a lo que se le preguntaba,
pues cuenta Diógenes Laercio que, habiéndole preguntado Estilpón algo a Crates,
a éste se le escapó una ventosidad, y Estilpón le dijo:
-Ya sabía yo, Crates, que todo lo hablas, menos lo que conviene oír.

70. HASTA CUÁNDO FILOSOFAR.
Cuando un discípulo le preguntó a Crates hasta cuándo se debe
filosofar, Crates le contestó:
-Hasta que veamos a los generales como lo que realmente son: conductores de asnos.

71. DEMASIADOS ALEJANDROS EN EL MUNDO.
Crates era oriundo de Tebas, ciudad que había sido arrasada por las
tropas de Alejandro Magno. Un día Alejandro le preguntó si le gustaría ver
reconstruida su ciudad natal. Y Crates le contestó:
-¿Para qué? ¿Para que venga pronto otro Alejandro y la arrase de nuevo?

72. EL DERECHO A LA BOFETADA.
Hiparquia, la bella hermana de Metrocles, discípulo de Crates, se
enamoró del maestro de su hermano, a pesar de que Crates era medio jorobado.
Despreciando las convenciones sociales, Hiparquia y Crates satisfacían sus
necesidades allí donde les apetecía (más de una vez se les vio haciendo el amor
en público). Pero no sólo les gustaba provocar de esta manera a sus
conciudadanos, sino que también solían desafiarlos con ingeniosos dardos
verbales, como aquella ocasión en la que Hiparquia arremetió contra Teodoro el
Ateo con estas palabras:
-Puesto que tú reconoces que tenemos los mismos derechos -le dijo-, admitirás
que si tú, Teodoro, haces algo que no puede considerarse delito, tampoco deberá
ser considerado delito si eso mismo lo hago yo.
-Conforme -admitió Teodoro.
-Entonces -concluyó Hiparquia-, puesto que Teodoro no comete ningún delito si se
da un guantazo a sí mismo, tampoco lo comete Hiparquia si le arrea idéntico guantazo.
Y tras esto, Hiparquia le propinó una bofetada.

73. LA DIFÍCIL PROPORCIÓN DE UNA LIMOSNA.
Como ya hemos dicho, los filósofos cínicos se caracterizaban por su
austeridad.
Pues bien, se cuenta que un cínico pedía un día limosna al rey Antígono:
-Sólo pido una dracma -imploró el filósofo cínico.
-Imposible, eso sería indigno de un rey como yo -le dijo Antígono.
-Dame un talento entonces -rogó el filósofo.
-¡Ni hablar! Eso sería demasiado para un cínico como tú.

74. LA ESCUELA DE MEGARA.
La escuela de Megara (fundada por Euclides de Megara, a quien no
hay que confundir con el matemático), que combinaba las enseñanzas de Sócrates
con las de Parménides, destacó sobre todo por sus investigaciones de carácter
lógico. Pero tampoco faltaba entre sus miembros el sentido del humor, como el de
aquel que una vez le preguntaba al estoico Zenón si había dejado ya de dar
palizas a su padre, comprometiendo con ello al pobre Zenón, pues no se puede
salir bien parado de esta pregunta ni contestando que sí ni contestando que no:
porque, quien contesta que sí, está reconociendo que en el pasado ha dado
palizas a su padre, y quien contesta que no está admitiendo que se las sigue
dando todavía.
A otro de los miembros de la escuela, Eubúlides de Mileto, se le atribuyen un
buen número de paradojas, entre ellas la famosa del mentiroso, según la cual la
verdad o falsedad de una oración como: «Estoy mintiendo», resulta siempre
paradójica, pues si la oración es verdadera, al mismo tiempo ha de ser falsa (ya
que será verdad que «estoy mintiendo»), y si la oración es falsa, al mismo
tiempo tendrá que ser verdadera (ya que, si es falso que estoy mintiendo,
entonces estoy diciendo la verdad). También parece ser el autor de argumentos
sofísticos como el del cornudo, que dice así:
Tienes lo que no has perdido, no has perdido los cuernos, luego tienes los cuernos.
75. LAS COCES DE ARISTÓTELES.
Aristóteles fue el discípulo más aventajado de Platón, superando
muchas veces en sabiduría a su maestro. Por otra parte, había ciertas cosas en
la filosofía de Platón con las que no comulgaba, especialmente su teoría de las
Ideas, que consideraba errónea.
Aristóteles no veía motivo para admitir la existencia de las Ideas, de las
esencias como realidades separadas de las cosas sensibles. Cuando Aristóteles
tuvo que elegir entre la fidelidad a la verdad y la fidelidad al maestro, sentenció:
«Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad».
Platón debió de sentirse molesto por el distanciamiento de Aristóteles, o, al
menos, así lo refiere una leyenda según la cual Platón habría afirmado en alguna
ocasión:
Aristóteles nos tira coces, como hacen los potrillos con sus madres, olvidando
que los han parido.

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